En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse

que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible,

y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar

á los que dormían.

Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el

talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de

fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del

viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible

clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como

la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había

alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres

iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la

población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento

se creyó perdido.

Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no

atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos.

La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del

cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa.

El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.

El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí

mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No

pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.

En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y

allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles

esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre

un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que

á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios

blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar

con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la

respiración tranquila y regular del obispo dormido.

Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que

creía.

La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos

á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é

inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de

una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el

preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la

nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta

ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones

del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi

vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de

invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le

cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la

almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer

fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que

practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante

bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza

y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola.

Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta.

El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un

cielo misterioso.

Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.

Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo

estaba dentro de él; era su conciencia.

En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por

así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como

en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por

una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza

adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el

momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible

al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de

aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados;

aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella

cabeza de anciano en el sueño de un niño.

Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el

punto de ignorarlo.

Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en

la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable

y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le

aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más

imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á

cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.

Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su

lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo

imperiosamente.

Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él.

Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda

existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión

no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro

salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido

imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y

trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?

Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía

claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una

extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era

el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía

dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.

Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta

la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual

lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la

mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su

feroz cabeza.

El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella

espantosa mirada.

Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el

crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno

y perdonar al otro.

De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra,

atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo,

dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó

el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la

llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los

cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse

apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en

el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho,

guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el

jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.

XII

=El obispo trabaja=

Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando

por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda

azorada.

--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está

la canastilla de los cubiertos?

--Sí,--dijo el obispo.

--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á

parar.

El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los

paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.

--Aquí está.

--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?

--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro

dónde está.

--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha

robado.

En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora

Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde

estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una

mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al

ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora

Magloria.

--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!

Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos

del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El

cabriol de la cerca había sido arrancado.

--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de

Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!

El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos,

dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:

--¿Es verdad que esta plata era nuestra?

La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio;

enseguida continuó el obispo:

--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos

cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre,

indefectiblemente.

--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la

señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué

vais á comer ahora?

El obispo se fijó en ella con aire de asombro.

--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?

La señora Magloria se encogió de hombros.

--El estaño despide olor.

--Entonces, de hierro.

La señora Magloria hizo un gesto expresivo.

--El hierro sabe peor.

--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.

Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa

en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el

almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que

nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que

no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de

palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.

--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros

yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir

á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que

robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!

Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la

puerta.

--Entrad,--dijo el obispo.

Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral.

Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el

cuarto, Juan Valjean.

El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto

á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole

militarmente:

--Monseñor...--dijo el sargento.

Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al

parecer, levantó la cabeza con aire admirado.

--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?

--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.

Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa

que le permitían sus años.

--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.

Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo

demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué

no os los habéis llevado con los cubiertos?

Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una

expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.

--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este

hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos

detenido para ver. Llevaba esta plata...

--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la

había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la

noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha

sido un error.

--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?

--Naturalmente,--respondió el obispo.

Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.

--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y

como en sueños.

--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme.

--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros

candeleros. Recogedlos.

Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los

entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción

sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que

pudiese disgustar al obispo.

Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros

maquinalmente y en ademán dudoso.

--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose

á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el

jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de

la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de

día.

Luego, volviéndose á los gendarmes:

--Señores, os podéis retirar.

Los gendarmes salieron.

Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.

El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.

---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de

esta plata para haceros bueno y honrado.

Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada,

seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al

pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:

--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es

vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para

entregársela á Dios.

XIII

=Gervasillo=

Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse

precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se

le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus

pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir

necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una

especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar

si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado

por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el

endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le

fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo

en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le

había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla.

Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los

gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues,

de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación

estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que

otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha,

le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le

eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.

Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante

todo el día.

Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la

sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de

un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta.

No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario

de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á

unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á

pocos pasos del matorral.

En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á

hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese

encontrado, oyó una especie de ruido alegre.

Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de

unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un

costado y la caja de su marmota á la espalda.

Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro,

enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.

Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha,

jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna

probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta

sueldos[2].

El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando

al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas,

con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.

Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué

rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.

Juan Valjean le puso el pie encima.

Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió

perfectamente donde había ido.

Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.

Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la

mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo

se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á

grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía

sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento

las salvajes facciones de Juan Valjean.

--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la

niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza!

--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean.

--Gervasillo, señor.

--Vete,--dijo Valjean.

--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda.

Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.

El niño repitió:

--¡Mi moneda, señor!

La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.

--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!

Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del

cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto

podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato

claveteado que cubría su tesoro.

--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!

El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no

obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló

al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote,

gritando con acento terrible:

--¿Quién anda ahí?

--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo!

¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!

Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:

--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!

--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y

en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:

--¡Quieres irte de aquí!

El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar

de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á

correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni

lanzar un grito.

No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan

Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.

Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.

El sol se había puesto.

Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido

en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.

Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que

había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á

largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce

pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de

un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De

pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de

la noche.

Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó

maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó

para tomar su garrote del suelo.

En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio

hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras.

Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.

--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos,

parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había

sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en

medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase

fijamente.

Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella

moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo

lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia

todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera

que busca un asilo.

Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga,

algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.

--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada

dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de

haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada

vió.

Entonces gritó con todas sus fuerzas:

--¡Gervasillo! ¡Gervasillo!

Callóse y escuchó.

No le respondió nadie.

El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la

extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que

se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.

Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una

especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas

con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á

alguien.

Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de

cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con

una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y

desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».

Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera

guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy

lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:

--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?

--No,--contestó el clérigo.

--¿Uno que se llama Gervasillo?

--No he visto á nadie.

Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al

cura.

--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos

diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de

paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...

--No, no le he visto.

--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?

--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos

extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.

Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se

las dió también al cura.

--Para vuestros pobres,--dijo.

Después añadió como azorado:

--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.

El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.

Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado

antes.

Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y

gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió

por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida

ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor

de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se

paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando

por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos

se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró

todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste

fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su

peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su

siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los

puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando

desolado:

«¡Soy un miserable!».

Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera

vez que lloró después de diez y nueve años.

Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto,

estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No

podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra

la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me

habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se

la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo

estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el

orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía

él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el

mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que

su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella

clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el

cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante

tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer

ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba

entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 10 / 64 段