respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en
Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas
de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún
cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir
que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo,
paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado
de la civilización, que miraba severamente al cielo.
Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista
observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria;
hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera
tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando
la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y
como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella
existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de
todos los hombres: _¡Esperanza!_
El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y
patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo
para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de
su formación, y había visto también distintamente, á medida que se
formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel
hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión
de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando
hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el
horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de
todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es
lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no
podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que,
á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad.
Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba.
Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en
tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante.
Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un
visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente
de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un
acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su
alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los
resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las
sombrías perspectivas de su destino.
Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo
ignoraba.
Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la
crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco
por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal
salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean,
sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo
operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado
aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le
hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado,
ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como
el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate!
La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta,
el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto.
La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas
crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su
furia.
Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física
superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de
arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan
Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre
sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado
vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de
_orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la
calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le
llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando
el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables
cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan
Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide
dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.
Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores
perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza
combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura.
Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los
penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por
una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un
ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de
un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y
talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia
hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos
del penal.
Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción
para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del
penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.
Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.
Estaba efectivamente absorto.
Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta
y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo
monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se
encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su
mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse
hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles,
una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de
precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba
á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa
pirámide que nosotros llamamos civilización.
Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme
unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles,
algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su
vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado;
en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y
radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar
su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza
mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía
sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que
imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con
no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas
en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en
lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos
senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre
su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra
fuera como implacable con quien está debajo.
En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la
naturaleza de sus meditaciones?
Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar,
pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.
Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas
de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado
interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en
el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura
y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por
él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible.
Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos
pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma
le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No
sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni
hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras
de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo
para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados
positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer
constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador
de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser
capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de
dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida,
irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de
represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria,
calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden
engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres
fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente
recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la
indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de
las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos,
los inocentes y los justos, si los hay.
El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos,
era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su
desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo
determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género
humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago,
incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que
sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto,
no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan
Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella
alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á
corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado
diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.
VIII
=Ola y sombra=
¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el
viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir.
Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se
remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie
le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su
maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su
miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío.
Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el
de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente.
Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento,
formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como
tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era
un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído,
ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo
sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y
rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén
del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al
rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él;
mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé
nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas
vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente
abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas
á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la
enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.
Él lucha por lo tanto.
Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella
pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.
¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas
tinieblas del horizonte.
Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y
no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa
demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos
extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no
se sabe qué espantosas exterioridades.
Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre
las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar,
cantar y llorar y él estertorea.
Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el
cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.
La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan;
la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él
está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece,
se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y
exclama:
--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?
Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue
exclamándose:
--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á
sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no
obedece más que al infinito.
Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto
tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces
olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni
un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre
la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se
crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos,
resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse
desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja
hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres
profundidades de la absorción.
¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y
de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja
caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!
El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus
condenados. El mar es la miseria inmensa.
El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en
cadáver. ¿Quién la resucitará?
IX
=Nuevos agravios=
Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto
á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él
inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera
luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó
bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea
de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que
venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada
naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante
su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un
francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en
sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que,
en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro
francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances
habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de
ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su
salida.
No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho,
robado.
Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta
de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que
descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía
y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y
diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho.
Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió
sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo.
Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes,
había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban
diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta
sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su
marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la
fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar,
no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le
contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica
le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_
Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.
La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en
grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba,
también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se
sale del penal, pero sigue la condena.
Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido
recibido en D***.
X
=El hombre desvelado=
Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral
Juan Valjean despertó.
Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como
veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo
hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva
para no turbar su sueño.
Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado.
Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.
Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí;
luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.
Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas
que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á
dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que
vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse,
se puso á pensar.
Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el
espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del
cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en
él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose
desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada
de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero
había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba
todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase
fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que
la señora Magloria había puesto sobre la mesa.
Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.
--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto
contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta
los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la
cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando
por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón,
bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había
ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más
si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».
Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones,
en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió
nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la
mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba,
después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero
enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez
sobre el lecho.
Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de
siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo,
vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja
caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente
sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente
su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación
imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su
cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él
una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con
aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado
Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el
pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando
cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.
Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido
indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese
dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada
le dijese: ¡Anda!
Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en
la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la
ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna
llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento.
Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de
claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante
crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de
las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero
de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado
á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía
reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre
del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como
penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió
á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de
examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una
pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra
parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias
regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de
una alameda ó de una calle arbolada.
Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se
dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él
un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos,
volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su
gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y
lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió
resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de
hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo
podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una
palanqueta? ¿era una clava?
Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una
barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en
extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues
extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas
de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en
punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso
quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como
sabemos, la del obispo.
Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no
había cuidado de cerrarla.
XI
=Lo que hacía=
Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
Empujó la puerta.
Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva
é inquieta del gato que desea entrar.
La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el
silencio, ensanchando un poco la abertura.
Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez,
con mayor fuerza.
Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante
grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que
formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura
se ensanchara más.
Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor
energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de
repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído
como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín
del juicio final.