Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista

respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en

Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas

de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún

cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir

que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo,

paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado

de la civilización, que miraba severamente al cielo.

Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista

observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria;

hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera

tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando

la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y

como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella

existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de

todos los hombres: _¡Esperanza!_

El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y

patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo

para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de

su formación, y había visto también distintamente, á medida que se

formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel

hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión

de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando

hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el

horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de

todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es

lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no

podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que,

á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad.

Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba.

Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en

tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante.

Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un

visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente

de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un

acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su

alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los

resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las

sombrías perspectivas de su destino.

Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo

ignoraba.

Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la

crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco

por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal

salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean,

sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo

operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado

aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le

hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado,

ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como

el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate!

La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta,

el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto.

La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas

crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su

furia.

Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física

superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de

arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan

Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre

sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado

vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de

_orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la

calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le

llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando

el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables

cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan

Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide

dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.

Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores

perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza

combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura.

Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los

penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por

una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un

ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de

un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y

talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia

hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos

del penal.

Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción

para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del

penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.

Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.

Estaba efectivamente absorto.

Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta

y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo

monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se

encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su

mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse

hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles,

una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de

precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba

á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa

pirámide que nosotros llamamos civilización.

Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme

unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles,

algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su

vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado;

en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y

radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar

su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza

mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía

sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que

imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con

no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas

en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en

lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos

senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre

su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra

fuera como implacable con quien está debajo.

En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la

naturaleza de sus meditaciones?

Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar,

pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.

Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas

de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado

interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en

el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura

y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por

él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible.

Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos

pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma

le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No

sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni

hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras

de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo

para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados

positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer

constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador

de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser

capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de

dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida,

irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de

represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria,

calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden

engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres

fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente

recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la

indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de

las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos,

los inocentes y los justos, si los hay.

El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos,

era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su

desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo

determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género

humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago,

incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que

sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto,

no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan

Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella

alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á

corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado

diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.

VIII

=Ola y sombra=

¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el

viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir.

Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se

remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie

le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su

maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su

miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío.

Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el

de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente.

Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento,

formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como

tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era

un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído,

ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo

sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y

rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén

del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al

rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él;

mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé

nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas

vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente

abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas

á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la

enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.

Él lucha por lo tanto.

Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella

pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.

¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas

tinieblas del horizonte.

Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y

no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa

demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos

extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no

se sabe qué espantosas exterioridades.

Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre

las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar,

cantar y llorar y él estertorea.

Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el

cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.

La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan;

la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él

está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece,

se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y

exclama:

--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?

Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue

exclamándose:

--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.

Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á

sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no

obedece más que al infinito.

Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto

tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces

olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni

un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre

la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se

crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos,

resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse

desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja

hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres

profundidades de la absorción.

¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y

de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja

caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!

El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus

condenados. El mar es la miseria inmensa.

El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en

cadáver. ¿Quién la resucitará?

IX

=Nuevos agravios=

Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto

á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él

inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera

luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó

bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea

de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que

venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada

naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante

su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un

francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en

sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que,

en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro

francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances

habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de

ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su

salida.

No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho,

robado.

Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta

de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que

descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía

y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y

diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho.

Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió

sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo.

Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes,

había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban

diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta

sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su

marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la

fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar,

no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le

contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica

le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_

Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.

La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en

grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba,

también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se

sale del penal, pero sigue la condena.

Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido

recibido en D***.

X

=El hombre desvelado=

Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral

Juan Valjean despertó.

Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como

veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo

hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva

para no turbar su sueño.

Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado.

Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.

Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí;

luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.

Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas

que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á

dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que

vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse,

se puso á pensar.

Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el

espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del

cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en

él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose

desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada

de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero

había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba

todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase

fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que

la señora Magloria había puesto sobre la mesa.

Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.

--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto

contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta

los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la

cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando

por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón,

bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había

ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más

si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».

Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones,

en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió

nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la

mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba,

después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero

enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez

sobre el lecho.

Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de

siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo,

vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja

caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente

sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente

su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación

imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su

cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él

una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con

aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado

Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el

pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando

cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.

Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido

indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese

dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada

le dijese: ¡Anda!

Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en

la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la

ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna

llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento.

Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de

claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante

crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de

las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero

de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado

á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía

reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre

del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como

penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió

á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de

examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una

pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra

parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias

regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de

una alameda ó de una calle arbolada.

Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se

dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él

un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos,

volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su

gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y

lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió

resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de

hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.

Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo

podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una

palanqueta? ¿era una clava?

Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una

barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en

extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues

extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas

de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en

punta, por medio de la cual se clavan en la roca.

Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso

quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como

sabemos, la del obispo.

Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no

había cuidado de cerrarla.

XI

=Lo que hacía=

Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.

Empujó la puerta.

Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva

é inquieta del gato que desea entrar.

La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el

silencio, ensanchando un poco la abertura.

Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez,

con mayor fuerza.

Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante

grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que

formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.

Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura

se ensanchara más.

Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor

energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de

repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.

Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído

como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín

del juicio final.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 9 / 64 段