«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía

beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque

dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos

detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á

sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo

comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero

modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre

comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar

aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo

que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante

toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle

entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo

que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y,

sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un

sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él

el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez,

que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente

alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación

razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración

exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano

no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia.

Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo

empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto

que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen

_un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son

inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase

que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de

reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi

hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean

no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor

distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento,

que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y

corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad?

¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza

que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo

mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el

punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de

mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente

tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al

parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma

naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor

Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.

«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la

puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó

al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para

dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo,

no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La

pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose

al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora

Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario

que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos

al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que

bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la

Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta

piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi

hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á

los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango

de marfil, del que me sirvo en la mesa.

«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar

nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos

cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».

V

=Calma=

Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor

Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y

entregando el otro á su huésped, le dijo:

--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.

El hombre le siguió.

Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones

estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba

la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio

del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora

Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la

cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.

El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia

le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.

--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la

mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de

leche de nuestras vacas; calentita.

--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.

Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin

transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de

espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy

mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel

momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía

simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él

mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y,

fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:

--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto

á vos; ¿cómo es eso?

Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa

especial, en la que se encerraba algo monstruoso:

--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un

asesino?

El obispo respondió:

--Esto basta con que lo sepa Dios.

Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla

consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al

hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar

tras sí, entró nuevamente en su cuarto.

Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de

parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al

pasar delante de esta cortina, y oró un momento.

Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el

alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra

Dios á los ojos que continúan abiertos.

En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni

siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban.

Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á

hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama,

y quedando enseguida profundamente dormido.

Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su

cuarto.

Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y

santa casa.

VI

=Juan Valjean=

Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.

Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie.

Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó

á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba

Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo

probablemente y contracción de _voilà Jean_.

Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual

es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto,

naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había

perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto

de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de

una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana

mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras.

Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le

tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los

siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á

cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su

vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un

simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan.

Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie

le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le

dejaba su trabajo tiempo para el amor.

Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir

palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente

de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de

tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él

comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el

plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de

su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en

Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de

la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean,

generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su

madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de

una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente

el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el

delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este

abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean,

brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á

María Claudia, y los niños no eran castigados.

Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios,

después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun

de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba

también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?

Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando

poco á poco.

Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo

por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!

Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de

la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando

oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda.

Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de

haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un

pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo

correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el

pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.

Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales

de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada».

Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del

mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe

contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador

furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador.

No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta

clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador

furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el

mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen

hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen

sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su

parte humana.

Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran

terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas

los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre

instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable

abandono un ser pensador!

Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.

El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de

Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que

el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del

año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en

Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte

en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca

de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado

cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte

del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse

cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable

que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante

del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos

detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le

ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando

con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después,

sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si

tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía

querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo

había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.

Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y

siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le

vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su

nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el

número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos?

¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del

árbol aserrado por el tronco?

La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes,

aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin

asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual

por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría

bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las

que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas

cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que

abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les

olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también;

y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez

el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una

llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el

tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez.

Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de

todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez

alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana.

Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San

Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño,

el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella

misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de

la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora

y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las

seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma

imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que

tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en

el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era

preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en

abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre!

No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo,

decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre

criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces

entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía,

una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en

su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno

y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón,

arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete

se abría la escuela y el niño entraba.

He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.

Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una

ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él

había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás

á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los

volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta

historia llegará á encontrarlos.

Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de

evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel

triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es

ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y

al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre

que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que

suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada,

del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del

segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir

treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito

á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á

tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su

objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol,

le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los

buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron.

Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué

castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena.

Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo

también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva

tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo

tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino

que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas

cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en

libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y

tomado un pan.

Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que

en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal,

el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de

partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan

Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que

en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.

Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de

allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.

¿Qué es lo que había pasado por su alma?

VII

=La desesperación por dentro=

Probemos de explicarnos.

Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella

quien las hace.

Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La

luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su

luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el

palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente

sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí

mismo y reflexionó.

Él se constituyó en tribunal.

Empezó por juzgarse á sí mismo.

Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó

haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera,

tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera

sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un

argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre?

Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de

hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho

de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente,

sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido

más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de

locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente

al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la

miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para

salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en

fin, que había faltado.

Luego se preguntó:

¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal

historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien

como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese

de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el

castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la

pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había

exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la

expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito

y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la

falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor

el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo

que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones

sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una

especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de

la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo

diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.

Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer

sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión

irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para

siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso;

defecto de trabajo, exceso de castigo.

Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así

precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición

de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de

conmiseración y respeto.

Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la

condenó.

La condenó á su odio.

Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de

pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no

existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se

le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido,

en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.

La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por

equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra

la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.

Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás

había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama

ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no

le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él

había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su

hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada

de benevolencia.

De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la

convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta

lucha él era el vencido.

No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y

llevarla consigo á su salida.

Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos

_Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos

desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos

hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta

años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su

inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la

instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.

Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había

hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad,

condenándola también.

Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud,

elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz

por una parte y las tinieblas por otra.

Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era

todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió

que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía

impío.

Aquí es casi imposible no meditar un instante.

¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre

bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser

el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala

si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir

defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha

desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja?

¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan

Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino,

incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede

desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y

que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 8 / 64 段