II

=La prudencia aconseja á la Sabiduría=

Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la

ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba

ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó

desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente

todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan

grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba

de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada

uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los

grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes

para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29,

30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las

criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo

encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para

los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los

magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para

los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios;

para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas,

en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de

todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería

presentar á las almas.

Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente

en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las

rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar

la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después,

comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana

le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir

y entró en el comedor.

Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la

calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.

La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.

Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.

Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en

la cual ardía una gran llama.

Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas

atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta,

vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco

más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de

moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le

duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el

mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta

á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y

la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba

gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya

de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de

un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de

tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con

una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres;

calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de

Marsella.

El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806,

tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y

botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada

_de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y

bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el

labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto

carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba,

hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero

desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una

obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir

una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer.

Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al

nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su

fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba

inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre;

pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan

dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre

hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja;

la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce

recuerdo desvanecido!

La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo

lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven

todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.

En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba

hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la

señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba

Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de

entrada.

Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído

hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un

vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso

acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad,

y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los

que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la

policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor

Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse

mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen

sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar

por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y

teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las

puertas_.

La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que

venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante

de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy

distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria

acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita

Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su

hermano, se aventuró á decir tímidamente:

--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?

--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.

Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus

rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire

cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama

del hogar:

--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?

Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola

algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un

descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón

en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín

Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después

por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un

hombre de morral y garrote, de horrible catadura.

--¿De veras?--exclamó el obispo.

Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues

ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse;

prosiguió entonces en ademán triunfante:

--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia

en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan

descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste,

y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la

seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...

--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano

es lo bien hecho.

La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:

--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite

monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que

venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están

ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos

aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta

que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer

recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor

de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío!

no hay necesidad de pedir permiso...

En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.

--Adelante,--dijo el obispo.

III

=Heroísmo de la obediencia pasiva=

La puerta se abrió.

Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con

resolución y energía.

Entró un hombre.

Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar

en busca de un asilo.

Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta

abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su

expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego

de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra

aparición.

La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un

grito. Estremecióse, quedando inmóvil.

La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se

levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia

la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su

fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.

El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.

Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le

ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una

mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que

el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:

--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en

presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me

dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde

Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la

población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de

mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era

mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra

parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la

cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca

de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera

un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo

para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche.

Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera

la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una

puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena

mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado.

¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances.

Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con

mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero.

Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.

El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la

mesa.

--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es

esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de

presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo,

que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo.

Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer

también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que

quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean,

presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha

estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura.

Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es

hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis

vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis

caballerizas?

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama

de la alcoba.

Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos

mujeres.

La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.

El obispo se volvió hacia el hombre:

--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se

os arreglará la cama mientras...

El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y

dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría,

de asombro, tartamudeando como un loco:

¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis

amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como

me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he

dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido

aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo

el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en

ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo

demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo

os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois

posadero, no es verdad?

--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.

--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me

pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran

iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro

solideo.

Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había

vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La

señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:

--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un

buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?

--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo

que me habéis dicho ciento nueve francos?

--Y quince sueldos,--añadió el hombre.

--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis

empleado para ganar eso?

--Diez y nueve años.

--¡Diez y nueve años!

El obispo suspiró profundamente.

El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he

gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar

unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que

en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo,

un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de

Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si

me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo!

Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una

cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba

aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados

y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de

nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el

fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.

Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta

que había quedado abierta del todo.

La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.

--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más

cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la

noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad

de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con

su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se

iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un

náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones.

--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.

La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la

chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que

encendió y puso sobre la mesa.

--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me

recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no

os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.

El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais

no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de

Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su

nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre

y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo

en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo

os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo

mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber

vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que

ya me lo sabía yo.

El hombre abrió los ojos admirado.

--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?

--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.

--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al

entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo

que se me ha pasado.

El obispo le miró de nuevo y dijo:

--¿Habéis sufrido mucho?

--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el

calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por

cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun

en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más

felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte

amarillo. Ya lo veis.

--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe

más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la

blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y

de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois

digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas,

de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.

Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha

de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero,

higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la

comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.

La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría

propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con

viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba

con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina,

perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.

El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa,

conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.

[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la

sopa]

De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.

La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres

cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa,

siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban

sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta

chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil,

verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que

elevaba la pobreza hasta la dignidad.

La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin

decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados

por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados

delante de cada uno de los tres comensales.

IV

=Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=

Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos

hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que

la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la

conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa

sencillez:

«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con

hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:

«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para

mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme

comer con ellos, lo hacen mejor que vos.

«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le

contestó:

«--También se cansan más que yo.

«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde

luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo!

si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.

«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.

«Un instante después añadió:

«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?

«--Con itinerario obligado.

«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:

«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba.

Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los

días calurosos.

«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante

la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el

Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo

manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No

había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías,

destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones

de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las

hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.

«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi

hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme

la palabra.

«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?

«Yo le contesté:

«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe

de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.

«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes

que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier,

donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente

patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó

fruteras, como allí las llaman.

«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó

muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las

cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen

á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen

siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_,

que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que

reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á

jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de

los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble

tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería,

hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la

montaña.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 7 / 64 段