Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte

las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables

perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica;

todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó

hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de

los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo

meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de

las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de

amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el

Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad;

problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los

gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que

Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante

mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que

surjan del mismo las estrellas.

Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba

exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin

agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma

gran respeto á la sombra.

LIBRO SEGUNDO

LA CAÍDA

I

=La tarde de un día de marcha=

En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de

una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba

en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban

en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse

en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un

transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana

estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener

como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con

visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones

tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa

de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de

plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en

cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las

rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha

jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde

cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno

y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y

nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la

cabeza rapada y la barba larga.

El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un

tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.

Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto

que empezaban ya á crecer.

Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde

venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que

hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes

había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París.

Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado.

Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad,

le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y

beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza

tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse

á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la

plaza-mercado.

Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda

dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de

un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en

el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de

marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***,

la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete,

saludando humildemente al gendarme.

El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él,

siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la

ciudad.

Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de

Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy

considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en

Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido

en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había

dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general

Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes

durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á

los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es,

que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse

en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al

alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_:

instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de

_Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en

el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es

primo del de Grenoble_.

Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la

comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la

calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía

alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el

jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado

en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir

y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya

viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una

gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres,

volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos

estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha

del de Alloz.

El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo

huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:

--¿Qué se os ofrece?

--Comer y dormir,--dijo el hombre.

--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió

la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y

añadió:--En pagándolo...

El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y

contestó:

--Tengo dinero.

--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.

El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en

tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á

sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de

octubre son ya frías.

Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero

observando al nuevo huésped.

--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.

--Enseguida,--contestó el patrón.

Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al

posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera,

luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa

junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas,

doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le

servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico

unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.

EL viajero no vió nada de esto.

Volviendo á preguntar de nuevo:

--¿Comeremos pronto?

--Al momento,--repitió el hostelero.

Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló

precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció

leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar

como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien

parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.

--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.

El hombre se medio incorporó sobre su asiento.

--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya

os he dicho que tengo dinero.

--Nada de esto.

--¿Entonces qué?

--Tenéis dinero...

--Sí,--dijo el hombre.

--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.

--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.

--No puedo.

--¿Por qué?

--Porque los caballos la tienen ocupada.

--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco

de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.

--Es que tampoco puedo daros de comer.

Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy

grave al viajero, quien levantándose dijo:

--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el

día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.

--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.

El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos,

exclamó:

--¡Nada! ¿y todo esto?

--Es todo de encargo.

--¿Para quién?

--Para estos señores arrieros.

--¿Cuántos son?

--Doce.

--Aquí hay comida para veinte.

--Lo han encargado y pagado anticipadamente.

El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería,

tengo hambre y me quedo.

El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le

hizo estremecer:

--Salid de aquí.

El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas

hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver

la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el

hostelero, repitiendo en voz baja:

--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os

llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En

cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he

mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis

leer?

Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa

de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y

desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el

hostelero repuso, después de una pausa:

--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.

El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el

suelo y salió.

Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las

casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola

vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de

Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de

la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y

señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de

aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el

acontecimiento de la ciudad.

Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí.

Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.

Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y

cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece

á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por

el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un

asilo cualquiera.

La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde

taberna, cualquier miserable figón.

Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino

colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos

celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.

Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.

El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de

los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la

mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo.

El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita

de hierro colgado de las llares.

Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por

dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno

de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle.

Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó

tímidamente el pestillo y empujó la puerta.

--¿Quién va?--preguntó el tabernero.

--Alguien que quisiera cenar y dormir.

--Está bien. Aquí se cena y se duerme.

Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La

lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le

examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.

Díjole el tabernero:

--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os

calentareis, camarada.

Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies

estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente

marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su

encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al

doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.

Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella

fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por

parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo

sus cejas, como debajo de malezas la llama.

No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero

que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á

dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad

había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con

aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y...

(he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el

hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera

subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando

el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que

rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable

encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo

á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste

se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El

hombre estaba abismado en sus reflexiones.

El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano

sobre la espalda del hombre, y le dijo:

--Vete de aquí.

El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:

--¡Ah! ¿Sabéis vos?...

--Sí.

--¿Que me han despedido de otra posada?

--Como se te echa de ésta.

--¿Dónde queréis que vaya?

--Á otra parte.

El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.

En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde

_La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas

piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con

el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.

Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro

unida á una campana. Llamó.

Abrióse un postigo.

--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis

hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?

Una voz respondió:

--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.

El postigo volvió á cerrarse.

Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines.

Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual

embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una

casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces

por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una

grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de

indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una

escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba

el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel

de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena

de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la

mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial,

haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer

muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el

muchacho y sonreía la madre.

El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno

y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es

muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser

hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez,

un poco de piedad.

Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.

No fué oído.

Llamó por segunda vez.

Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.

--No,--contestó el marido.

Llamó entonces por tercera vez.

Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.

Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba

un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo,

debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un

martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros

objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió,

inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada,

dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy

pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el

resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire

inexplicable de quien se encuentra en su casa.

--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme

un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este

cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?

--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.

El hombre contestó:

--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de

camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...

--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando.

Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?

--No hay sitio en ella.

--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de

mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?

--Sí.

--¿Y qué?

El viajero turbado contestó:

--No sé, pero no me ha recibido.

--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?

La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:

--Tampoco han querido recibirme.

La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza;

y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de

súbito como extremecido:

--¿Seríais por ventura el hombre?...

Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos,

dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.

Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_...

habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se

refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero

horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo

bajo:--_Tso-maraude_[1].

Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para

figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al

hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó

nuevamente á la puerta y dijo:

--Vete.

--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.

--¡Un tiro!--exclamó el artesano.

Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos

grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de

la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las

afirmaba.

La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á

la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los

jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció

hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se

encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una

estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones

que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en

efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre;

estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel

abrigo contra el frío.

Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche.

Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse

dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho

de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder

hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral

entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de

almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En

aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza

de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la

barraca. Era aquella barraca una perrera.

El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de

su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los

jirones de su harapiento traje.

Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener

el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros

en semejante esgrima llaman _el molinete_.

Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió

á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin

abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella

miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y

parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:

--¡Soy menos que un perro!

Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la

esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le

diese abrigo.

Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió

lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor.

Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas

colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega,

cabezas rapadas.

Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la

noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían

apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo.

No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un

rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo

una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto

resplandor.

La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de

un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y

mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte

tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre

y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol

deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.

Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos

delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles

á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel

cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol,

algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de

inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el

camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece

hostil.

Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***,

que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba

todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones

cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se

encontró de nuevo en la ciudad.

Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas,

empezó nuevamente su paseo á la ventura.

Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar

junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.

Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron

impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia

imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por

Napoleón mismo.

Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco

de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.

Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel

hombre echado en la sombra.

--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.

Él contestó rudamente encolerizado:

--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.

La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora

marquesa de R.

--¿Sobre este banco?--repuso ella.

--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el

hombre;--hoy le tengo de piedra.

--¿Habéis sido soldado?

--Sí, buena mujer, soldado.

--¿Por qué no vais á la hostería?

--Porque no tengo dinero.

--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro

sueldos.

--Dádmelos.

El hombre tomó los cuatro sueldos.

La marquesa de R. continuó:

--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis

solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente

frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.

--Ya he llamado á todas las puertas.

--¿Y qué?

--De todas me han echado.

La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra

parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.

--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?

--Sí.

--¿Habéis llamado á aquélla?

--No.

--Llamad pues.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 6 / 64 段