Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo

que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido

y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su

oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón

omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los

poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el

combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á

los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la

última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad,

debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el

solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene

la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos.

En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo

taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que

de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814,

ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno

en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella

idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver

la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire,

como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como

se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la

dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino,

nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del

obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al

borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande

hombre.

Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero,

equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y

benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio

y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política

que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi

severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros

mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto

por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia,

que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las

mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo,

exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de

_dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de

la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no

verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano,

con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había

dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había

querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre

mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo

gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su

salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas

que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que

acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y

rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y

acabó por nombrarle guardián de la catedral.

En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves

maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad

de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta

con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el

pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba

igualmente á su obispo.

XII

=Aislamiento de monseñor Bienvenido=

Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas,

lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de

subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales

llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus

aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder

que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los

buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente.

Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo

influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines

seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio

episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima.

Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un

subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de

despreciar las canonjías.

Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos,

tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los

obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran

mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar;

poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una

diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes

clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á

ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor,

sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella

juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas,

los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las

dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también

sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones

empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la

esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el

prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma.

Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue

á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya

tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la

grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia

y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier

solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el

único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey

supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario.

¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros,

llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se

llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella

misma se engaña, por gorrona ó beata.

Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número

de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa

ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos

visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se

acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición

en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios

generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto

silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al

cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola

diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase

tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que

apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían

recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida.

Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo

que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que

podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la

enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin,

mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se

aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de

monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he

aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.

Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al

verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro

tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso

sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo

señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial,

ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta

servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí

está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien

triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el

resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco

ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la

admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un

advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre

el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo,

aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre

es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón,

la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á

su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en

diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco

entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por

casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente

las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con

el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras;

que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos

siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por

gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le

convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso

Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y

Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del

abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las

patas de los gansos.

XIII

=Sus creencias=

Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor

obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos

casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo

su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el

posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro

creencias distintas de la nuestra.

¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos

del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las

almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las

dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante

no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_,

exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la

cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice

por lo bajo: Estás con Dios.

Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún

más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual

_quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres

serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones

favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe

el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de

amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya

hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las

cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios.

Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se

la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de

semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar

de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del

Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad

del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le

indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le

enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá

de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar

pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera

y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad

de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones

arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su

jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin

que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo;

era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:

--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.

¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su

bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como

ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día

sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.

De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba

dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.

Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía

sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal

vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de

la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su

corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento

por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser

agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles;

tales labores son indestructibles.

En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y

cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo

grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos

á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle

del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los

ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un

mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una

cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de

menos.

Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez

infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado,

por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda

su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos

sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de

manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar

de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen

hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á

Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez,

no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de

pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo,

íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto

imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola

de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad

se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar

por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que

debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas

sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba,

iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como

absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la

cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.

Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos,

la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo

de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el

desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á

uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que

los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos

pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era

el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear,

luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas

de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como

una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en

presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora

muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le

oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo,

consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad

de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las

tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los

resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones

que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo

su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus

perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche,

esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación,

no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su

espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba

de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa

reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos

inmensos del universo!

Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura,

misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos

explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus

ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible,

lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los

magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia,

revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades

en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo

infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y

desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.

Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita,

contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas

siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de

terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le

era estimado y suficiente.

¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su

existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero

durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido

cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para

poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era

efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear,

y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello

que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á

la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las

estrellas del cielo.

XIV

=Lo que él pensaba=

La última palabra.

Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que

nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente,

dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea

en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías

personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los

espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de

reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola

de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás

autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en

aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste

producía.

Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas

encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los

apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser

tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á

fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados

espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma;

aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le

dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.

Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de

la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas,

proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la

discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena

de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus

escabrosidades.

La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y

escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta

reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso

que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los

contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra

hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el

fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto,

y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor

Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era

un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales,

algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se

han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones

tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos

acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que

abrevia: el Evangelio.

No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto

de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa

marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama

al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago.

Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.

Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es

probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás;

que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa

Teresa y San Jerónimo serían herejes.

Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo

se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la

calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer

adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.

El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda

ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los

demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para

aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que

procuraba consolar.

Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba

en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El

dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los

unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más,

y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se

creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:

--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos;

el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los

otros_, es una barbaridad.

--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una

barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 5 / 64 段