curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía
abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo
originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia
conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le
hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la
caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de
esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La
Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase
desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba
á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su
certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus
hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel
mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado
la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la
libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban
inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies
muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida,
aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba
al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su
base.
Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_.
--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado
nunca la muerte del rey.
El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que
ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber
desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:
--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.
Era el acento austero ante el tono severo.
--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.
--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el
fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la
autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad
tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la
ciencia.
--Y la conciencia,--añadió el obispo.
--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se
encierra en nosotros.
Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje
enteramente nuevo para él.
El convencional prosiguió:
--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar
á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el
fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el
fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el
niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la
concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los
errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce
la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso
de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en
cáliz de alegría.
--De alegría impura,--dijo el obispo.
--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso
fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La
obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el
antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las
ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las
costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.
--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me
fío de una demolición mezclada en cólera.
El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es
un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario,
la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde
el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha
despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus;
ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra
torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución
francesa es la consagración de la humanidad.
El obispo no pudo abstenerse de murmurar:
--¿Sí? ¡93!
El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi
lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo,
exclamó:
--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado
formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos
ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?
Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en
algo. Supo contenerse, y respondió:
--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre
de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no
debe jamás equivocarse.
Y añadió mirando fijamente al convencional:
--¿Luis XVII?
El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:
--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente?
Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico
que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente,
colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese
la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos
doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la
torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.
--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.
--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?
Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido
allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.
El convencional repuso:
--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo
gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su
látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando
exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los
niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás
al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su
corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente
augusta vistiendo andrajos que flordelisada.
--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.
--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII.
Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los
mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba?
Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba
del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras
lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que
vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.
--Por todos lloro,--dijo el obispo.
--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea
del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.
Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse
apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de
su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é
interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la
agonía. Casi fué una explosión.
--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid:
No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis
XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país,
vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á
nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad,
ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado;
pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de
hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el
ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del
soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito.
Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre
vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién
sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos
hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas;
el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales;
total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con
buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre
lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios,
y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo!
Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las
sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los
demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice
bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial,
de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á
quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?
El obispo inclinó la frente y respondió:
--_Vermis sum._
--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.
Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.
Éste repuso con dulzura:
--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos
pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua
que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como
mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que
la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.
El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una
nube.
--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de
cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os
debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros
argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra
vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os
prometo no valerme más de las tales.
--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.
G. replicó:
--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde
estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?
--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo
palmas á la guillotina?
--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los
acuchillados?
La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez
de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió
respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á
Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten
vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se
mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún
había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de
la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación
humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero
¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre
le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué
opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero
¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué
epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es
un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor,
compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco
también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado
de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste,
desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura,
colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el
corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo
aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y
nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de
su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de
Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria:
La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta
indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del
mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género
humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento
con estas sencillas palabras:
--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han
terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con
dureza, pero que ha marchado.
El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente
una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste
conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de
monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la
rudeza del principio:
--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores
impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido;
miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando
acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la
descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando
consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo,
y dijo:
--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería
el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero
es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.
El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en
el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó
de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por
completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas
horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado
á la muerte. El supremo instante había llegado.
Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como
sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la
emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella
mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:
--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el
habernos encontrado inútilmente?
El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que
había algo de sombrío, inundó su semblante.
--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor
de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he
pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía
yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en
sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían
tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé
y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se
veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí
uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban
atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del
edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata,
comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He
socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los
manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la
patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia
la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo
ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros.
Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes
merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la
abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido
con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he
sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido,
afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos
mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con
derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara
de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio
general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á
pedirme?
--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo.
Y se arrodilló.
Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le
presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.
El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables
pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.
Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del
convencional G.; concretóse á señalar el cielo.
Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los
infelices y desvalidos.
Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una
preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel
espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la
suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.
Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en
los mezquinos círculos de la localidad.
--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera
de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí
conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué
ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la
curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.
Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente
variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:
--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima
gorro encarnado.
--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los
que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.
XI
=Una restricción=
Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que
monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su
encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional
G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su
benignidad. He aquí todo.
Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre
político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su
actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor
Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.
Retrocedamos, pues, algunos años.
Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado,
el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que
á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo
el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión
fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de
Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra
Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la
presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa
y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión
y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis
montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la
desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes
eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea.
Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado
acerca de su precipitado regreso, respondió:
--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo,
haciéndoles el efecto de una puerta abierta._
Otra vez contestó:
--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no
pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._
Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas,
habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas
más calificados:
--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas,
todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda
esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo:
¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres!
¡hay pobres!
Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el
lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo,
en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las
ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco
caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe
hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar
noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las
miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de
su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero
sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en
un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una
gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de
caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.
Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.
No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos
delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco
en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de
compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado
mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que
á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por
lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con
frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió
todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al
emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de
ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.
Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos;
general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna
frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez
de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una
comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á
la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si
hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho
más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello
y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.
Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de
partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de
momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en
asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido
no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro
pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones
políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe
patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el
único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin
profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de
este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor
Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese
separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian
distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales,
sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces
purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.