los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las
preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los
asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa
lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos
preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el
prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á
rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por
nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta
por causa nuestra.
Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su
existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente,
se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas
horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos
veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos
muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho
de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura
era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección
del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada
podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota
bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida
en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser
devuelto á la catedral ó al hospital_.
VIII
=Filosofía después de beber=
El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente,
que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como
obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber;
había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un
punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo
procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando
cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á
sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la
existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía
estúpido.
Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de
Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun.
Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas,
como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces,
con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de
Monseñor Myriel de lo que este decía.
No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde***
(dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto.
Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un
obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy
á seros franco. Tengo mi filosofía.
--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus
filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en
un lecho de púrpura.
El senador envalentonado, repuso:
--Seamos buenos chicos.
--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.
--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon,
Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi
biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.
--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.
Prosiguió el senador:
--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario:
en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se
rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban
la inutilidad de Dios.
Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple
perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y
bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.
El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?
Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para
producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo
que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por
decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando
llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por
vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes,
el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de
pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué?
Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos
salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos
por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si
no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás?
Vivamos alegremente. La vida es el todo.
Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en
lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra.
¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto
tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la
cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el
_fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones.
¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya
quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra.
Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le
hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no
hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes.
Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las
profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis
reir.
Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre
es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya
un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y
podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué
Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro?
Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta
ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.
Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero
puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra
al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del
infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde
Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de
mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo.
¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó
disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré
sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado.
Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más
vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya
todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros;
todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el
término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien
que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de
estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para
los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no
hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente
de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo.
Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo,
señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado
ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja
de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con
los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles
de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos
comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen
Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á
Noigeón.
El buen Dios, es bueno para el pueblo.
El obispo batió palmas.
--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este
materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee,
no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como
Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco.
Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen
la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que
pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas,
las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones
lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de
conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué
cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me
es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores,
tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro
gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los
ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las
necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades
y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes
buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la
filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con
castañas sea el pavo trufado de los pobres.
IX
=El hermano explicado por la hermana=
Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D***
y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus
acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas
por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que
él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas,
no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita
Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la
infancia. Esta carta está en nuestras manos.
D*** 16 diciembre de 18...
«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de
vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra
razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes
y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos;
ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por
la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el
vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había
otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos
para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y
ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y
artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que
fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del
tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La
señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos,
pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden
muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está
también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí
donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más?
Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda
la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano
piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto
será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del
granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos
escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á
los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de
caoba.
«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo
lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha
estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer
algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos
alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.
«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello,
dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa
no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida
con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su
valentía, según él dice.
«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco.
Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos
apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.
«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le
asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.
«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le
acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta,
nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud.
Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas
las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los
ladrones.
«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin
embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que
nadie pudiera enterarse.
«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es
terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas
á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura
como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi
cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy
bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con
el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria
ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba
sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas;
las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo
podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué
hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es
más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.
«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le
comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.
«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.
«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre
la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que
conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista.
Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la
generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un
Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de
Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y
no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa,
casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par
de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los
ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.
«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo
pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho
bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para
escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre;
es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por
vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy
enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga
á despedirme. Tantas cosas á todos.
«BATISTINA.
«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco
años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y
dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura
encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo
de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».
Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse
á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la
mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí
mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no
desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas
sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le
dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su
oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se
le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una
obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo,
cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez,
presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran
ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si
era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.
Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de
solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole
en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su
naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.
Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su
hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.
X
=El obispo en presencia de una luz desconocida=
En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las
páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que
se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las
montañas de los bandidos.
Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario.
Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo
convencional, llamado G.
Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto
horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en
tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel
hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey,
pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido
terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían
hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso
cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se
le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento!
Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.
Habladurías de gansos sobre el buitre.
¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que
había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey,
no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer
en Francia.
Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda
y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase
que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de
vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda
que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel
sitio como de la casa del verdugo.
Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y
de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo
de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí
existe un alma que está sola!».
Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».
Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al
principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña
é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la
impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase
á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la
frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.
No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No.
¡Pero qué oveja!
El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel
punto, pero luego retrocedía.
Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una
especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera,
había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que
la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios
gracias! añadían algunos.
El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su
sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del
aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.
El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo
al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se
encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto,
atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos
pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos
abrojos, percibió la caverna.
Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un
emparrado.
Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un
hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.
Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo,
sirviendo al anciano una taza de leche.
Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz
diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse
en el sol para dirigirse al chico.
Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo
sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda
sentir después de una larga vida.
--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que
un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?
El obispo respondió:
--Yo me llamo Bienvenido Myriel.
--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso
aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?
--Yo soy.
El viejo repuso con ligera sonrisa:
--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?
--¡Puede!
--Entrad, señor.
El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó,
limitándose á decir únicamente:
--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis
enfermo.
--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.
Hizo una pausa, y dijo:
--Voy á morir dentro de tres horas.
Luego repuso:
--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora...
Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las
rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando
llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho
que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las
cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy
bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este
momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido
llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será
de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay
necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.
El anciano se volvió hacia el pastor:
--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.
El muchacho entró nuevamente en la cabaña.
El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo
mismo:
--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos
vecinos.
El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía
él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las
pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas
como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de
su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se
le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano.
Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y
eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de
todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido
un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se
sintió el obispo inclinado á la severidad.
El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en
la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al
individuo próximo á convertirse en polvo.