Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto

en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No

intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba

engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho

fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se

pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el

fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.

Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar

al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado,

y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que

contempla una estrella.

V

=De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo

sus sotanas=

La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos

que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera

saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella

pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.

Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía

poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la

mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa,

unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se

desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se

ponía á trabajar.

El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba

diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un

canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares.

Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda

una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos,

rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas

y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su

correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la

Santa Sede; en fin, negocios á millares.

El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus

oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados,

á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los

afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo.

Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer.

Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo

_jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.

Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á

pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas

pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los

ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando

medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero

chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.

Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su

paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos

salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á

ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo

señalaba la casa del obispo á los menesterosos.

Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y

sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y

cuando lo había acabado visitaba á los ricos.

Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase,

jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba,

en verano, de ser incómodo.

Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.

Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la

señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más

frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces

aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún

pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura

servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así

fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más

que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la

ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».

Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina

y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir,

ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era

instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos

muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del

Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_.

Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban

los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se

precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de

Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz

de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de

Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y

consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos

publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.

Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro

que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación

profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los

márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que

ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita

por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia

de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes

de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París,

librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._

He aquí la nota:

--«¡Oh, vos! ¿quién sois?

«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador;

la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos,

Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia;

el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y

el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más

bello de todos vuestros nombres».

Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus

habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el

día siguiente.

Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor

obispo de D***.

VI

=Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=

La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja

y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y

encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión

de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo

los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de

comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía

salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin

atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada,

con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama

á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les

llevaban á D***.

La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la

casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.

Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y

en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de

leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital.

_Debo pagar este diezmo_, decía.

La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de

calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D***

imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con

tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las

veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su

_salón de invierno_.

No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles,

que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja.

El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de

color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con

sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de

adorno y altar del oratorio.

Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes

suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su

Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero

destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El

altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en

oración de gracias».

Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón,

de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su

Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general,

la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes

del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de

invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón

del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos

para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una

pieza.

Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del

paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó

paseando por el jardín, si en verano.

Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi

despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no

podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina

tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido

dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo

sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la

estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en

casos apurados.

Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con

poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con

marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera

costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había

podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos

francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su

ideal!

Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una

puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas

camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo

obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador,

revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo;

dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y

otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario,

cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes;

la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre,

y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas

florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo

episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido

plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco

de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un

tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante

de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio

perteneciente al oratorio.

Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro

lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo

perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos

representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro

el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la

orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en

aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos

retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos,

probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los

respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos

habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para

su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar

los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el

obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito

de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del

retrato del abad de Gran-Champ.

Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la

cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra

nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido

precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El

obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.

Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del

principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están

generalmente todos los cuarteles y hospitales.

No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como

veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban

el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había

sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los

suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas,

con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella

casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una

limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía

decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.

Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído

en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora

Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre

el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo

de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de

una vez:

--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.

Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que

procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban

colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera,

pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las

velas y ponía los candeleros sobre la mesa.

Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama,

una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora

Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que

jamás se quitaba la llave.

El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado

anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un

pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le

cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por

bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y

en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.

Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:

--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto,

un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?

--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es

tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez

más.

Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba

casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido

diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra,

aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos

como hubiese exigido un jardinero.

Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los

grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre

Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas

contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba

las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios,

respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos

respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de

verano con una regadera de lata, pintada de verde.

No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.

La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza

de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus

cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo

había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de

día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase,

á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio

mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se

cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos

á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar

de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban.

Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus

temorcillos.

En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento

indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al

margen de una Biblia:

«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada

jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».

En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había

escrita esta otra observación:

«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis

enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos,

en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».

Había además escrito en otra parte:

«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien

mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para

decir su nombre».

Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de

Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora

Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría

estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando

día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar,

y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa

tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad

diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui

custodiunt meam_.

Pasando enseguida á hablar de otra cosa.

Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el

del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser

tranquilo».

VII

=Cravatte=

Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de

aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de

D***.

Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había

infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes,

Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus

bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza;

pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo

por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en

Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí

descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye

y de Ubayette.

Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba

cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país.

Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se

escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un

mismo tiempo.

En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba

haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro

para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta

el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése

escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.

--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.

--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.

--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y

voy á salir dentro de una hora.

--¿Salir?

--Salir.

--¿Solo?

--Solo.

--¡Monseñor! no haréis lo que decís.

--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he

visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y

honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que

guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y

tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros.

Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios.

¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si

yo no fuése allí?

--Pero monseñor, ¿y los ladrones?

--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo

encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que

se les hable de Dios.

--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de

lobos!

--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su

pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?

--Os van á desvalijar, monseñor.

--Si no tengo nada.

--Os matarán.

--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah!

¿Y á qué objeto?

--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!

--Les pediré limosna para mis pobres.

--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.

--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo

no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.

No hubo más remedio que dejarle hacer.

Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho

que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su

obstinación, causando mucho miedo.

No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria.

Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie,

llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores.

Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y

moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un

_Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo?

careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura

poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con

algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y

deslucidos.

--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro

_Te Deum_. Y todo se andará.

Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de

aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á

vestir convenientemente un chantre de catedral.

Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en

casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes

desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse

la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra

guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en

una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á

la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un

papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor

Bienvenido_.

--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después

añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le

manda Dios una capa de arzobispo.

--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo

también:--¡Dios ó el diablo!

El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:

--¡Dios!

Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino

salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de

Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo

á su hermana:

--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los

pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos

llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el

tesoro de una catedral.

Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 2 / 64 段