en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No
intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba
engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho
fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se
pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el
fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar
al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado,
y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que
contempla una estrella.
V
=De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo
sus sotanas=
La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos
que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera
saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella
pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía
poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la
mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa,
unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se
desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se
ponía á trabajar.
El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba
diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un
canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares.
Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda
una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos,
rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas
y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su
correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la
Santa Sede; en fin, negocios á millares.
El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus
oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados,
á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los
afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo.
Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer.
Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo
_jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.
Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á
pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas
pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los
ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando
medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero
chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su
paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos
salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á
ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo
señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y
sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y
cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase,
jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba,
en verano, de ser incómodo.
Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la
señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más
frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces
aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún
pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura
servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así
fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más
que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la
ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina
y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir,
ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era
instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos
muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del
Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_.
Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban
los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se
precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de
Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz
de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de
Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y
consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos
publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro
que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación
profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los
márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que
ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita
por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia
de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes
de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París,
librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._
He aquí la nota:
--«¡Oh, vos! ¿quién sois?
«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador;
la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos,
Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia;
el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y
el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más
bello de todos vuestros nombres».
Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus
habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el
día siguiente.
Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor
obispo de D***.
VI
=Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=
La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja
y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y
encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión
de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo
los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de
comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía
salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin
atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada,
con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama
á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les
llevaban á D***.
La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la
casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y
en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de
leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital.
_Debo pagar este diezmo_, decía.
La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de
calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D***
imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con
tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las
veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su
_salón de invierno_.
No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles,
que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja.
El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de
color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con
sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de
adorno y altar del oratorio.
Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes
suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su
Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero
destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El
altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en
oración de gracias».
Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón,
de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su
Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general,
la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes
del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de
invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón
del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos
para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una
pieza.
Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del
paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó
paseando por el jardín, si en verano.
Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi
despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no
podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina
tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido
dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo
sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la
estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en
casos apurados.
Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con
poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con
marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera
costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había
podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos
francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su
ideal!
Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una
puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas
camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo
obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador,
revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo;
dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y
otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario,
cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes;
la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre,
y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas
florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo
episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido
plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco
de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un
tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante
de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio
perteneciente al oratorio.
Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro
lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo
perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos
representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro
el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la
orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en
aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos
retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos,
probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los
respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos
habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para
su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar
los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el
obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito
de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del
retrato del abad de Gran-Champ.
Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la
cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra
nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido
precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El
obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del
principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están
generalmente todos los cuarteles y hospitales.
No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como
veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban
el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había
sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los
suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas,
con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella
casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una
limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía
decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.
Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído
en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora
Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre
el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo
de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de
una vez:
--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que
procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban
colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera,
pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las
velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama,
una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora
Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que
jamás se quitaba la llave.
El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado
anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un
pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le
cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por
bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y
en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto,
un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es
tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez
más.
Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba
casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido
diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra,
aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos
como hubiese exigido un jardinero.
Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los
grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre
Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas
contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba
las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios,
respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos
respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de
verano con una regadera de lata, pintada de verde.
No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza
de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus
cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo
había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de
día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase,
á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio
mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se
cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos
á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar
de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban.
Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus
temorcillos.
En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento
indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al
margen de una Biblia:
«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada
jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había
escrita esta otra observación:
«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis
enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos,
en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
Había además escrito en otra parte:
«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien
mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para
decir su nombre».
Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de
Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora
Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría
estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando
día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar,
y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa
tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad
diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui
custodiunt meam_.
Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el
del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser
tranquilo».
VII
=Cravatte=
Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de
aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de
D***.
Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había
infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes,
Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus
bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza;
pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo
por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en
Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí
descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye
y de Ubayette.
Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba
cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país.
Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se
escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un
mismo tiempo.
En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba
haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro
para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta
el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése
escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.
--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.
--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y
voy á salir dentro de una hora.
--¿Salir?
--Salir.
--¿Solo?
--Solo.
--¡Monseñor! no haréis lo que decís.
--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he
visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y
honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que
guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y
tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros.
Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios.
¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si
yo no fuése allí?
--Pero monseñor, ¿y los ladrones?
--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo
encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que
se les hable de Dios.
--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de
lobos!
--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su
pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
--Os van á desvalijar, monseñor.
--Si no tengo nada.
--Os matarán.
--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah!
¿Y á qué objeto?
--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
--Les pediré limosna para mis pobres.
--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo
no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
No hubo más remedio que dejarle hacer.
Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho
que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su
obstinación, causando mucho miedo.
No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria.
Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie,
llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores.
Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y
moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un
_Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo?
careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura
poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con
algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y
deslucidos.
--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro
_Te Deum_. Y todo se andará.
Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de
aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á
vestir convenientemente un chantre de catedral.
Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en
casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes
desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse
la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra
guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en
una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á
la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un
papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor
Bienvenido_.
--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después
añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le
manda Dios una capa de arzobispo.
--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo
también:--¡Dios ó el diablo!
El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
--¡Dios!
Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino
salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de
Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo
á su hermana:
--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los
pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos
llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el
tesoro de una catedral.
Por la noche, antes de acostarse dijo todavía: