NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado
entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado
=así= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
Real Academia Española.
En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
del texto.
Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso
de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha
acentuación era correcta según las reglas de la lengua.
En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
en mayúsculas.
El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.
El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
principio de la obra.
La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de
la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes
que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión
electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el
frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras
que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista
posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.
Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
tipográficos y de ortografía.
La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
transcriptor y se concede al dominio público.
El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus
opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos
importantes.
* * * * *
LOS MISERABLES
[Ilustración: =Víctor Hugo=]
[Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=]
LOS MISERABLES
POR
VÍCTOR HUGO
_Edición adornada con láminas al cromo y
grabados intercalados en el texto_
VERSIÓN ESPAÑOLA
DE
J. A. R.
TOMO I
BARCELONA
Casa Editorial «MAUCCI»
296, CONSEJO DE CIENTO, 296
1897
ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO
PRIMERA PARTE
FANTINA
LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO
Pág.
I El señor Myriel 5
II El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido 8
III Á buen obispo, mal obispado 12
IV Obras como palabras 14
V De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado
tiempo sus sotanas 20
VI Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa 22
VII Cravatte 27
VIII Filosofía después de beber 30
IX El hermano explicado por la hermana 33
X El obispo en presencia de una luz desconocida 36
XI Una restricción 46
XII Aislamiento de monseñor Bienvenido 49
XIII Sus creencias 52
XIV Lo que él pensaba 55
LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA
I La tarde de un día de marcha 57
II La prudencia aconseja á la sabiduría 67
III Heroísmo de la obediencia pasiva 71
IV Detalles acerca de las queserías de Pontarlier 75
V Calma 78
VI Juan Valjean 79
VII La desesperación por dentro 83
VIII Ola y sombra 89
IX Nuevos agravios 91
X El hombre desvelado 92
XI Lo que hacía 94
XII El obispo trabaja 97
XIII Gervasillo 100
LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817
I El año 1817 107
II Doble cuarteto 112
III Cuatro y cuarto 115
IV Tholomyés está tan alegre, que canta una canción
española 118
V En casa de Bombarda 120
VI Capítulo de amor 122
VII Sabiduría de Tholomyés 124
VIII Muerte de un caballo 128
XI Gracioso fin de la alegría 130
LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE
I Una madre que se encuentra con otra 133
II Primer esbozo de dos figuras sombrías 140
III La alondra 141
LIBRO QUINTO.--DESCENSO
I Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios
negros 144
II Magdalena 145
III Sumas depositadas en casa Laffitte 148
IV El señor Magdalena de luto 150
V Vagos relámpagos en el horizonte 152
VI Fauchelevent 156
VII Fauchelevent, jardinero en París 158
VIII La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 159
IX Triunfo de la señora Victurnien 162
X Prosigue el triunfo 164
XI Christus nos liberavit 168
XII La ociosidad del señor Bomatabois 169
XIII Solución de algunas cuestiones de policía municipal 171
LIBRO SEXTO.--JAVERT
I Principio del reposo 178
II De cómo Juan puede llegar á ser champ 181
LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU
I Sor Simplicia 189
II Perspicacia de Maese Scaufflaire 191
III Una tempestad bajo un cráneo 195
IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño 210
V Los rayos de las ruedas 213
VI Sor Simplicia puesta á prueba 222
VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 228
VIII Entrada de favor 231
IX Lugar en el cual van formándose las convicciones 234
X El sistema de negativas 239
XI Champmathieu más y más asombrado 245
LIBRO OCTAVO.--RETROCESO
I En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos 249
II Fantina dichosa 251
III Javert contento 254
IV La autoridad recobra sus derechos 257
V Tumba apropiada 260
SEGUNDA PARTE
COSETTE
LIBRO PRIMERO.--WATERLOO
I Lo que se encuentra viniendo de Nivelles 265
II Hougomont 266
III El 18 de junio de 1815 272
IV A 274
V El quid obscurum de las batallas 275
VI Cuatro horas después del medio día 278
VII Napoleón de buen humor 280
VIII El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste 285
IX Lo inesperado 287
X La meseta de Mont-Saint Jean 290
XI Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow 294
XII La guardia 295
XIII La catástrofe 296
XIV El último cuadro 298
XV Cambronne 299
XVI ¿Quot libras induce? 301
XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo? 305
XVIII Recrudescencia del derecho divino 306
XIX El campo de batalla por la noche 308
LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN
I El número 24601 se trueca en el 9430 313
II Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo 316
III De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido
alguna operación preparatoria para romperse de un solo
martillazo 319
LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA
I La cuestión del agua en Montfermeil 326
II Dos retratos completados 329
III Los hombres necesitan vino, los caballos agua 333
IV Entrada en escena de una muñeca 335
V La chiquilla sola 336
VI Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle 340
VII Cosette en la sombra junto al desconocido 344
VIII Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez
sea un rico 347
IX Thénardier maniobrando 361
X Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 367
XI Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á
la lotería 371
LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU
I Maese Gorbeau 372
II Nido para búho y curruca 377
III Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 378
IV Lo que observó la inquilina principal 381
V Una moneda de cinco francos que cae al suelo
hace ruido 383
LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
I Las sinuosidades de la estrategia 386
II Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz
pasen carruajes 388
III Véase el plano de París en 1727 390
IV Tentativas de evasión 392
V Lo que sería imposible con el alumbrado por gas 394
VI Principio de un enigma 397
VII Continuación del enigma 399
VIII Auméntase el enigma 400
IX El hambre del cascabel 402
X Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente 405
LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS
I Callejuela de Picpus, núm. 62 412
II La obediencia de Martín Verga 414
III Severidades 420
IV Alegrías 421
V Distracciones 424
VI El convento pequeño 428
VII Algunas siluetas en aquella sombra 430
VIII Post corda lapides 431
IX Un siglo bajo una toca 433
X Origen de la adoración perpetua 434
XI Fin del pequeño Picpus 436
LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS
I El convento: idea abstracta 437
II El convento: hecho histórico 438
III Con qué condición puede respetarse lo pasado 440
IV El convento bajo el punto de vista de los principios 442
V La oración 443
VI Bondad absoluta de la oración 444
VII Precauciones indispensables para condenar 446
VIII Fe, ley 446
LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
I Donde se trata de la manera de entrar en un convento 448
II Fauchelevent ante la dificultad 454
III La madre Inocente 456
IV Donde parece que Juan Valjean había leído á
Agustín Castillejo 464
V No basta ser borracho para ser inmortal 469
VI Entre cuatro tablas 474
VII Donde se verá el origen de la frase:
no pierdas el billete 475
VIII Interrogatorio feliz 482
IX Clausura 484
TERCERA PARTE
MARIO
LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO
I Parvulus 490
II Algunas de sus señas particulares 491
III Es divertido 492
IV Puede ser útil 492
V Sus fronteras 493
VI Un poco de historia 495
VII El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de
la lucha 496
VIII Donde se leerá una buena frase del último rey 498
IX El antiguo espíritu de los galos 499
X Ecce París, ecce homo 499
XI Reir es reinar 502
XII El latente porvenir del pueblo 503
XIII El niño Gavroche 504
LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS
I Noventa años, y treinta y dos dientes 506
II Á tal amo, tal casa 508
III Lucas Espíritu 509
IV Aspirante á centenario 509
V Vasco y Nicolasita 510
VI Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos 511
VII Regla: no recibir á nadie más que de noche 513
VIII Las dos no hacen pareja 513
LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO
I Una tertulia antigua 515
II Uno de los espectros rojos de aquel tiempo 518
III Requiescant 523
IV Fin del bandido 529
V Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario 532
VI Consecuencias de haber encontrado á un capillero 533
VII Algún amorcillo 538
VIII Mármol contra granito 542
LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C
I Un grupo que le ha faltado poco para llegar á
ser histórico 546
II Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet 557
III Admiraciones de Mario 559
IV La sala interior del café Musain 561
V Dilatación del horizonte 567
VI Res augusta 570
LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA
I Mario indigente 572
II Mario pobre 574
III Mario crecido 576
IV El señor Mabeuf 580
V Pobreza muy próxima á la miseria 583
VI El sustituto 585
LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS
I El apodo; manera de formar nombres de familia 589
II Lux facta est 591
III Efecto de primavera 593
IV Principio de una grande enfermedad 594
V Caen varios rayos sobre la tía Bougón 596
VI Aprisionado 597
VII Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas 599
VIII Hasta los inválidos pueden ser felices 600
IX Eclipse 602
PLANTILLA
Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º
Pág.
Víctor Hugo frontis.
Portada 3
El obispo bendijo la mesa 74
Thénardier robando á los cadáveres, etc. 312
Ya me dormía--dijo Juan Valjean 479
PREFACIO
_Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las
costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos
artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad
humanas la divinidad del destino; mientras los problemas
del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la
decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño
por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible
en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y
hablando en términos más claros: mientras exista sobre la
tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros
de la naturaleza presente._
_Víctor Hugo._
HAUTEVILLE HOUSE, 1862.
[Ilustración]
PRIMERA PARTE
FANTINA
LIBRO PRIMERO
UN JUSTO
[Ilustración]
I
=El señor Myriel=
En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo
en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el
obispado de D*** desde 1806.
Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de
lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún
cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al
consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad
habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo
que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en
su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que
hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de
Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara
su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez
y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre
las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su
matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta
estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual;
la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la
galantería.
Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos,
dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de
la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras
jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí,
de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho
tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del
señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la
caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más
horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el
agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro
y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones
que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible
y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre
que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su
existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su
vuelta de Italia era sacerdote.
En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya
viejo y vivía completamente retraído.
Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de
su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras
personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses
contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido
á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se
encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen
anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:
--¿Quién es este buen hombre que me mira?
--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un
grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.
Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel
cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el
nombramiento de obispo de D***.
¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se
inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie
lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor
Myriel antes de la revolución.
El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una
pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy
pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo
y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba
mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos,
frases, palabras; menos que palabras, _palabrerías_, como diríamos en
el idioma enérgico del Mediodía.
Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia
en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer
momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña,
habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á
hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.
El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la
señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que
él.
No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la
señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después
de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título
de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida
y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra
«respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser
venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había
sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras
piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie
de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que
podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había
sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través
de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma.
Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para
encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes
ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma
viviese en ella.
La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada,
rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de
su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal,
con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca
al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el
presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su
visita primera al general y al prefecto.
Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus
obras.
II
=El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=
El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra
á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en
teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado
obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial.
Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones,
las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías
de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines
plantados de magníficos árboles.
En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo
con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de
1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart
de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny,
capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y
Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo
y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de
Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio,
obispo y señor de Senez.
Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al
par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de
oro sobre una lápida de mármol blanco.
El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un
jardín insignificante.
Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita
terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su
palacio.
Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el
siguiente diálogo:
--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este
momento?--le preguntó el obispo.
--Veintiséis, monseñor.
--Los mismos que yo había contado.
--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las
otras.
--Esto mismo he notado.
--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente
en ellas.
--Esto me parece.
--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño
para los convalescientes.
--También lo creo así.
--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos
años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho
que hacer.
--También pensé yo en ello.
--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es
preciso conformarse.
Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al
jardín.
El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales
dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el
director.
El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase
medidas y echase cálculos.
--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo
mismo;--luego, levantando la voz:
--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente
error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis
personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta.
Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro.
Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en
el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su
familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de
quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales.
Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince
mil francos.
El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel
emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma.
Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
Para el pequeño seminario Mil quinientas libras.
Congregación de la misión Cien libras.
Para los lazaristas de Montdidier Cien libras.
Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras.
Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras.
Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras.
Sociedades de caridad maternal Trescientas libras.
Además, para la de Arlés Cincuenta libras.
Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras.
Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras.
Para libertar á los padres de familia presos
por deudas Mil libras.
Suplemento al sueldo de los pobres maestros de
escuela de la diócesis Dos mil libras.
Pósito de los Altos Alpes Cien libras.
Congregación de señoras de D***, de Manosque y
de Sisterón, para la enseñanza gratuita de
niñas indigentes Mil quinientas libras.
Para los pobres Seis mil libras.
Mis gastos personales Mil libras.
Total Quince mil libras.
Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no
varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener
regulados los gastos de su casa_.
Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita
Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo
tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su
superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él
hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras.
Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que
mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina,
sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían
las dos ancianas y el anciano.
Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo
con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria;
y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha
reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus
gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según
costumbre de los obispos de otros tiempos.
--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.
Y presentó su reclamación.
Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la
solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil
francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para
gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_.
Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal
motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los
Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la
ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de
Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima,
de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro
mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes?
¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay
carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente
de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de
bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando
vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita
coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo.
¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como
deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el
papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi
parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por
los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo.
Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil
francos para nosotros. ¡Al fin!
Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una
nota, concebida en los siguientes términos:
GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
Para dar caldo de carne á los enfermos
del hospital Mil quinientas libras.
Para la sociedad de caridad maternal
de Aix Doscientas cincuenta libras.
Para la sociedad de caridad maternal
de Draguignan Doscientas cincuenta libras.
Para los niños expósitos Quinientas libras.
Para los huérfanos Quinientas libras.
Total Tres mil libras.
Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones,
dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de
iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los
ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres
llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la
limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser
el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas
las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada
logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la
menor superfluidad á sus necesidades.
Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad
arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era
como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo
tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus
mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con
cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo,
aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es
que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro
tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el
que se le designase con este nombre le complacía.
--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.
No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos
concretamos á consignar que es parecido.
III
=Á buen obispo, mal obispado=
Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no
dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D***
es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas
montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y
dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco
agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor
obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto
cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios
le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban
generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas,
iba solo.
Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno.
Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro
vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de
semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en
derredor suyo.
--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me
alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un
pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo
por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos
que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los
habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En
los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á
las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus
prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas
gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En
todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
En los pueblos avaros y perezosos, decía:
--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un
padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas
sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura
le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas
las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre
infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye
cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere
en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la
hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los
labradores comprando papel sellado, solía decirles:
--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen
allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña
república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace
todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á
cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias
sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es
un hombre justo entre hombres sencillos.
En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también
el de Queiras:
--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince
chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados
por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días
en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á
las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas
de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente
enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y
contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo,
llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser
ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos
inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas
frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo,
convencida y persuasiva.
IV
=Obras como palabras=
Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos
ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de
un estudiante.
La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día
levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba
el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el
obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no
alcanza á esa tabla._
Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô,
desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo
que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal,
muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus
hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar
de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía
suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la
dignidad de par.
El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes
maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de
costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas
sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa,
diciendo con cierta impaciencia:
--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me
parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie
ha de suceder».
Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un
hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de
las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios
de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué
carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto
ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre
una lección moral.
Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la
catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la
caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno,
que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que
presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader
retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos
millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su
vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el
día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de
cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la
catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa,
siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de
la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico
y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo
ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á
él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._
Volvióse el marqués, y respondió secamente:
--_Monseñor, tengo ya mis pobres._
--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo.
Un día predicó en la catedral este sermón:
--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón
trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres
aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos,
la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil
chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una
cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de
familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas,
y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire
á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo
á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los
campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar
el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas
resinosas y pedazos de cuerda embreados.
«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para
seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á
hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo
para poder comerle.
«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece
en rededor nuestro!»
Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo
con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés
sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos
Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el
alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco
á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y
aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas
sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas,
penetraba fácilmente en todas las almas.
Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran
mundo como para las del pueblo.
Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las
circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha
pasado la falta.
Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no
poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas
elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de
los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos
términos:
«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su
tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer
esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta
naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída
sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad,
desfalleced, pecad, pero sed justos.
«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás
pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á
pecar. El pecado es la gravitación».
Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente
decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen
cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se
apresuran á protestar para estar á cubierto.
Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre
quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas
de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los
pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres,
de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la
sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por
lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en
tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino
el que produjo las sombras.
Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo
que la había sacado del Evangelio.
Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se
estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un
infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había,
y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa.
En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los
monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación
la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no
existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra
su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose
firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal)
tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de
cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa
de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces
exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo
todo.
Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser
juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose
todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por
haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la
verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la
venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el
mundo hubo concluido preguntó:
--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
--En el tribunal del jurado.
Y luego repuso:
--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte
por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante
del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente
público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La
víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo
el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir
al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó
diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que
ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es
este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó
inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino
mío._
Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde
estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le
habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y
del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por
la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas,
fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo
hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y
tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un
abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio
de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se
necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era
objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos
la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida.
Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas,
sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo.
Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y
su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable
aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco.
El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía
reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el
momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien
rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la
vida: el Padre está allí».
Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el
pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar
más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella
humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su
hermana: _vengo de oficiar de pontifical_.
Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas,
no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta
del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento
de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas,
enternecióse y admiró.
En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él
un golpe del que tardó mucho en reponerse.
Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene
algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la
pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni
no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si
llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente,
obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como
Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama
_vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento.
Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de
esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un
instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no.
Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase
que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo
comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen
voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el
alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte
en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come
carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez
y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable,
alimentada por todas las muertes que ha producido.
Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente
de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como
anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se
había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia
social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas
acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo
mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que
cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el
absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana.
La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los
hombres á lo desconocido?
Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron
también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo
pasar por el lugar de las ejecuciones.
Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los
enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y
su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad
de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse
y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer
amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.