IX

En seguida principió el baile. Varios canarios cantaban en sus jaulas

walses y habaneras, y las cajas de música tocaban solas, así como los

clarinetes y cornetines, que se movían á sí mismos sus llaves con gran

destreza. Los violines también se las componían de un modo extraño para

pulsarse á sí propios sus cuerdas, y las trompetas se soplaban unas á

otras. La música era un poco discordante; pero Migajas, en la exaltación

de su espíritu, la hallaba encantadora.

No es necesario decir que la Princesa bailó con nuestro héroe. Las otras

damas tenían por pareja á militares de alta graduación, ó á soberanos

que habían dejado sus caballos á la puerta. Entre aquellas figuras

interesantísimas se veía á Bismarck, al Emperador do Alemania, á

Napoleón y á otros grandes hombres. Migajas no cabía en su pellejo de

puro orgulloso.

Pintar las emociones de su alma cuando se lanzaba á las vertiginosas

curvas del wals con su amada en brazos, fuera imposible. La dulce

respiración de la Princesa y sus cabellos de oro acariciaban blandamente

la cara de Pacorrito, haciéndole cosquillas y causándole cierta

embriaguez. La mirada amorosa de la gentil dama ó un suave quejido de

cansancio acababan de enloquecerle.

En lo mejor del baile, los monos anunciaron que la cena estaba servida,

y al punto se desconcertó el cotarro. Ya nadie pensó más que en comer, y

al bueno de Migajas se le alegraron los espíritus, porque, sin perjuicio

de la espiritualidad de su amor, tenía un hambre de mil demonios.

X

El comedor era precioso, y la mesa magnífica; las vajillas y toda la

loza de lo mejor que se ha fabricado para muñecas, y multitud de

ramilletes esparcían su fragancia y mostraban sus colores en pequeños

búcaros, en hueveras, y algunos en dedales.

Pacorrito ocupó el asiento á la derecha de la Princesa. Empezaron á

comer. Servían los pericos y las pajaritas tan bien y con tanta

precisión como los soldados que maniobran en una parada á la orden de su

General. Los platos eran exquisitos, y todos crudos ó fiambres. Si la

comida no disgustó á Migajas al comenzar, pronto empezó á producirle

cierto empacho, aun antes de haber tragado como un buitre. Componían el

festín pedacitos de mazapán, pavos más chicos que pájaros y que se

engullían de un solo bocado, filetes y besugos como almendras, un rico

principio de cañamones y un pastel de alpiste _á la canaria_, albóndigas

de miga de pan á la _perdigona_, fricasé de ojos de faisán en salsa de

moras silvestres, ensalada de musgo, dulces riquísimos y frutas de todas

clases, que los pericos habían cosechado en un tapiz donde estaban

bordadas, siendo los melones como uvas y las uvas como lentejas.

Durante la comida, todos charlaban por los codos, excepto Pacorrito, que

por ser muy corto de genio no desplegaba sus labios. La presencia de

aquellos personajes de uniforme y entorchados le tenían perplejo, y se

asombraba mucho de ver tan charlatanes y retozones á los que en el

escaparate estaban tiesos y mudos cual si fuesen de barro.

Principalmente el llamado Bismarck no paraba. Decía mil chirigotas, daba

manotadas sobre la mesa, y arrojaba á la Princesa bolitas de pan. Movía

sus brazos como atolondrado, cual si los goznes de éstos tuviesen un

hilo, y oculta mano tirase de él por debajo de la mesa.

«¡Cómo me estoy divirtiendo!--decía el Canciller.--Querida Princesa,

cuando uno se pasa la vida adornando una chimenea, entre un reloj, una

figura de bronce y un tiesto de begonia, estas fiestas le rejuvenecen y

le dan alegría para todo el año.

--¡Ay! dichosos mil veces--dijo la señora con melancólico acento--los

que no tienen otro oficio que adornar chimeneas y entredoses. Esos se

aburren, pero no padecen como nosotras, que vivimos en continuo

martirio, destinadas á servir de juguete á los hombres chicos. No podré

pintar á usted, señor de Bismarck, lo que se sufre cuando uno nos tira

del brazo derecho, otro del izquierdo; cuando éste nos rompe la cabeza y

aquél nos descuartiza, ó nos pone de remojo, ó nos abre en canal para

ver lo que tenemos dentro del cuerpo.

--Ya lo supongo--contestó el Canciller abriendo los brazos; cerrándolos

repetidas veces.

--¡Oh, desgraciados, desgraciados!--exclamaron en coro los Emperadores,

Espartero y demás personajes.

--Y menos desgraciada yo--añadió la dama,--que encontré un protector y

amigo en el valeroso y constante Migajas, que supo librarme del bárbaro

suplicio.»

Pacorro se puso colorado hasta la raíz del pelo.

«Valeroso y constante--repitieron á una las muñecas todas, en tono de

admiración.

--Por eso--continuó la Princesa--esta noche, en que nuestro Genio

Creador nos permite reunimos para celebrar el primer día del año, he

querido obsequiarle, trayéndole conmigo, y dándole mi mano de esposa, en

señal de alianza y reconciliación entre el linaje muñequil y los niños

juiciosos y compasivos.

Torquemada en la hoguera · 第 53 / 64 题