En seguida principió el baile. Varios canarios cantaban en sus jaulas
walses y habaneras, y las cajas de música tocaban solas, así como los
clarinetes y cornetines, que se movían á sí mismos sus llaves con gran
destreza. Los violines también se las componían de un modo extraño para
pulsarse á sí propios sus cuerdas, y las trompetas se soplaban unas á
otras. La música era un poco discordante; pero Migajas, en la exaltación
de su espíritu, la hallaba encantadora.
No es necesario decir que la Princesa bailó con nuestro héroe. Las otras
damas tenían por pareja á militares de alta graduación, ó á soberanos
que habían dejado sus caballos á la puerta. Entre aquellas figuras
interesantísimas se veía á Bismarck, al Emperador do Alemania, á
Napoleón y á otros grandes hombres. Migajas no cabía en su pellejo de
puro orgulloso.
Pintar las emociones de su alma cuando se lanzaba á las vertiginosas
curvas del wals con su amada en brazos, fuera imposible. La dulce
respiración de la Princesa y sus cabellos de oro acariciaban blandamente
la cara de Pacorrito, haciéndole cosquillas y causándole cierta
embriaguez. La mirada amorosa de la gentil dama ó un suave quejido de
cansancio acababan de enloquecerle.
En lo mejor del baile, los monos anunciaron que la cena estaba servida,
y al punto se desconcertó el cotarro. Ya nadie pensó más que en comer, y
al bueno de Migajas se le alegraron los espíritus, porque, sin perjuicio
de la espiritualidad de su amor, tenía un hambre de mil demonios.
X
El comedor era precioso, y la mesa magnífica; las vajillas y toda la
loza de lo mejor que se ha fabricado para muñecas, y multitud de
ramilletes esparcían su fragancia y mostraban sus colores en pequeños
búcaros, en hueveras, y algunos en dedales.
Pacorrito ocupó el asiento á la derecha de la Princesa. Empezaron á
comer. Servían los pericos y las pajaritas tan bien y con tanta
precisión como los soldados que maniobran en una parada á la orden de su
General. Los platos eran exquisitos, y todos crudos ó fiambres. Si la
comida no disgustó á Migajas al comenzar, pronto empezó á producirle
cierto empacho, aun antes de haber tragado como un buitre. Componían el
festín pedacitos de mazapán, pavos más chicos que pájaros y que se
engullían de un solo bocado, filetes y besugos como almendras, un rico
principio de cañamones y un pastel de alpiste _á la canaria_, albóndigas
de miga de pan á la _perdigona_, fricasé de ojos de faisán en salsa de
moras silvestres, ensalada de musgo, dulces riquísimos y frutas de todas
clases, que los pericos habían cosechado en un tapiz donde estaban
bordadas, siendo los melones como uvas y las uvas como lentejas.
Durante la comida, todos charlaban por los codos, excepto Pacorrito, que
por ser muy corto de genio no desplegaba sus labios. La presencia de
aquellos personajes de uniforme y entorchados le tenían perplejo, y se
asombraba mucho de ver tan charlatanes y retozones á los que en el
escaparate estaban tiesos y mudos cual si fuesen de barro.
Principalmente el llamado Bismarck no paraba. Decía mil chirigotas, daba
manotadas sobre la mesa, y arrojaba á la Princesa bolitas de pan. Movía
sus brazos como atolondrado, cual si los goznes de éstos tuviesen un
hilo, y oculta mano tirase de él por debajo de la mesa.
«¡Cómo me estoy divirtiendo!--decía el Canciller.--Querida Princesa,
cuando uno se pasa la vida adornando una chimenea, entre un reloj, una
figura de bronce y un tiesto de begonia, estas fiestas le rejuvenecen y
le dan alegría para todo el año.
--¡Ay! dichosos mil veces--dijo la señora con melancólico acento--los
que no tienen otro oficio que adornar chimeneas y entredoses. Esos se
aburren, pero no padecen como nosotras, que vivimos en continuo
martirio, destinadas á servir de juguete á los hombres chicos. No podré
pintar á usted, señor de Bismarck, lo que se sufre cuando uno nos tira
del brazo derecho, otro del izquierdo; cuando éste nos rompe la cabeza y
aquél nos descuartiza, ó nos pone de remojo, ó nos abre en canal para
ver lo que tenemos dentro del cuerpo.
--Ya lo supongo--contestó el Canciller abriendo los brazos; cerrándolos
repetidas veces.
--¡Oh, desgraciados, desgraciados!--exclamaron en coro los Emperadores,
Espartero y demás personajes.
--Y menos desgraciada yo--añadió la dama,--que encontré un protector y
amigo en el valeroso y constante Migajas, que supo librarme del bárbaro
suplicio.»
Pacorro se puso colorado hasta la raíz del pelo.
«Valeroso y constante--repitieron á una las muñecas todas, en tono de
admiración.
--Por eso--continuó la Princesa--esta noche, en que nuestro Genio
Creador nos permite reunimos para celebrar el primer día del año, he
querido obsequiarle, trayéndole conmigo, y dándole mi mano de esposa, en
señal de alianza y reconciliación entre el linaje muñequil y los niños
juiciosos y compasivos.