El granuja vió al cabo una gran sala iluminada y llena de preciosidades,
cuya forma no pudo precisar bien en el primer momento. Al poco rato,
comenzó á percibir con claridad mil figurillas diversas, como las que
poblaban la tienda donde había conocido á su adorada. Lo que más llamó
su atención fué ver que salieron á recibirles, luciendo sus flamantes
vestidos, todas las damas que acompañaban en el escaparate á la gran
señora.
La cual contestó con una grave y ceremoniosa cortesía á los saludos de
todas ellas. Parecía ser de superior condición, algo como princesa,
reina ó emperatriz. Su gesto soberano y su gallardo continente, sin
altanería, revelaban dominio sobre las demás. Al instante presentó á
Pacorrito. Este se quedó todo turbado y más rojo que una amapola cuando
la Princesa, tomándole de la mano, dijo:
--Presento á ustedes al Sr. D. Pacorro de las Migajas, que viene á
honrarnos esta noche.
Al pobre chico se le cayeron las alas del corazón cuando observó el
desmedido lujo que allí reinaba, comparándolo con su pobreza, sus pies
desnudos, sus calzones sujetos con un tirante y su chaqueta cortada por
los codos.
«Ya adivino lo que piensas--manifestó la Princesa con disimulo.--Tu
traje no es el más conveniente para una fiesta como la de esta noche. En
rigor, de verdad, no estás presentable.
--Señora, mi pícaro sastre--murmuró Pacorrito, creyendo que una
mentirilla pondría á salvo su decoro,--no me ha acabado la condenada
ropa.
--Aquí te vestiremos--indicó la noble dama.
Los lacayos de aquella extraña mansión eran monos pequeños y
graciosísimos. De pajes hacían unos loros diminutos, de esos que llaman
_Pericos_, y varias pajaritas de papel. Estas no se apartaban un momento
de la señora.
La servidumbre se ocupó al punto de arreglar un poco la desgraciada
figura del buen Migajas. Con unas fosforeras doradas y muy monas en
forma de zapatos, le calzaron al momento. Por gorguera le pusieron
medio farolillo de papel encarnado, y de una jardinera de mimbres
hiciéronle una especie de sombrerete pastoril, con graciosas flores
adornado. Al cuello le colgaron, á modo de condecoraciones, la chapa de
un kepis elegantísimo, una fosforera redonda que parecía reloj y el
tapón de cristal de un frasquito de esencias. Las pajaritas tuvieron la
buena ocurrencia de ponerle en la cintura, á guisa de espada ó daga, una
lujosa plegadera de marfil. Con éstas y otras invenciones para ocultar
sus haraposos vestidos, el vendedor de periódicos quedó tan guapo que no
parecía el mismo. Mucho se vanaglorió de su persona cuando le pusieron
ante el espejo de un estuche de costura para que se mirase. Estaba el
chico deslumbrador.