Cuando esto decía, el señor de Bismarck miraba á Pacorrito con expresión
de burla tan picante y maligna, que nuestro insigne héroe se llenó de
coraje. En el mismo instante, el tuno del Canciller disparó una bolita
de pan con tanta puntería, que por poco deja ciego á Migajas. Pero éste,
como era tan prudente y el prototipo de la circunspección, calló y
disimuló.
La Princesa le dirigía miradas de amor y gratitud.
«¡Cómo me estoy divirtiendo!--repitió Bismarck dando palmadas con sus
manos de madera.--Mientras llega la hora de volver junto al reloj y de
oir su incesante tic-tac, divirtámonos, embriaguémonos, seamos felices.
Si el caballero Pacorrito quisiera pregonar _La Correspondencia_, nos
reiríamos un rato.
--El señor de Migajas--dijo la Princesa mirándole con benevolencia--no
ha venido aquí á divertirnos. Eso no quita que le oigamos con gusto
pregonar _La Correspondencia_ y los fósforos si quiere hacerlo.»
Hallaba el granuja esta proposición tan contraria á su dignidad y
decoro, que se llenó de aflicción y no supo qué contestar á su adorada.
«¡Qué baile!--gritó el Canciller con desparpajo,--que baile encima de la
mesa. Y si no lo quiere hacer, pido que se le quiten los adornos que se
le han puesto, dejándole cubierto de andrajos y descalzo, como cuando
entró aquí.»
Migajas sintió que afluía toda su sangre al corazón. Su cólera impetuosa
no le permitió pronunciar una sola sílaba.
«No seáis cruel, mi querido Príncipe--dijo la señora sonriendo.--Por lo
demás, yo espero quitarle al buen Migajas esos humos que está echando.»
Una carcajada general acogió estas palabras, y allí era de ver todas las
muñecas, y los más celebres generales y emperadores del mundo, dándose
simultáneamente cachiporrazos en la cabeza como las figuras de Guignol.
«¡Qué baile! ¡Que pregone _La Correspondencia_»--clamaron todos.
Migajas se sintió desfallecer. Era en él tan poderoso el sentimiento de
la dignidad, que antes muriera que pasar por la degradación que se le
proponía. Iba á contestar, cuando el maligno Canciller tomó una paja
larga y fina, sacada al parecer de una costilla de labores, y mojando la
punta en saliva se la metió por una oreja á Pacorrito con tanta
presteza, que éste no se enteró de la grosera familiaridad hasta que
hubo experimentado la sacudida nerviosa que tales chanzas ocasionan.
Ciego de furor, echó mano al cinto y blandió la plegadera. Las damas
prorrumpieron en gritos, y la Princesa se desmayó. Pero no aplacado con
esto el fiero Migajas, sino, por el contrario más rabioso, arremetió
contra los insolentes, y, empezó á repartir estacazos á diestra y
siniestra, rompiendo cabezas que era un primor. Oíanse alaridos, ternos,
amenazas. Hasta los pericos graznaban, y las pajaritas movían sus colas
de papel en señal de pánico.
Un momento después, nadie se burlaba del bravo Migajas. El Canciller
andaba recogiendo del suelo sus dos brazos y sus dos piernas (caso raro
que no puede explicarse), y todos los emperadores se habían quedado sin
nariz. Poco á poco, con saliva y cierta destreza ingénita, se iban
curando todos los desperfectos; que esta ventaja tiene la cirugía
muñequil. La Princesa, repuesta de su desmayo con las esencias que en un
casco de avellana le trajeron sus pajes, llamó aparte al granuja, y
llevándole á su camarín reservado, le habló á solas de esta manera: