Vino la noche, y Pacorrito vió con placer las dulces sombras que
envolvían el atrevido rapto, protegiendo sus honestos amores. Examinando
atentamente las heridas del descalabrado cuerpo de su adorada, observó
que no eran de gravedad, aunque por los agujeros del cráneo se le verían
los sesos, si los tuviera, y toda la estopa del corazón se salía á
borbotones por diferentes heridas. El traje estaba hecho girones, y
parte de la cabellera se había quedado en el camino durante la veloz
corrida. Inundósele el alma de pena al considerar que carecía de fondos
para hacer frente á situación tan apurada. Con el abandono de su
comercio se le habían vaciado los bolsillos, y una mujer amada,
mayormente si no está bien de salud, es fuente inagotable de gastos.
Migajas se tentó aquella parte de su andrajosa ropa donde solía tener
la calderilla, y no halló ni tampoco un triste ochavo.
--Ahora--pensó--ahora necesitaré casa, cama, la mar de médicos y
cirujanos, modista, mucha comida, un buen fuego... y nada tengo.
Pero como estaba tan fatigado, recostó la cabeza sobre el cuerpo de su
ídolo, y se durmió como un ángel.
Entonces, ¡oh prodigio! la señora se fué reanimando, y levantándose al
fin, mostró á Pacorrito su risueño semblante, su noble frente sin
ninguna herida, su cuerpo esbelto sin la más leve rotura, su vestido
completo y limpio, su cabellera rizosa y perfumada, su sombrero
coquetón, que adornaban diminutas flores; en suma, se mostró perfecta y
acabadamente hermosa, tal como la conoció el muchacho en la vitrina.
¡Ay! Migajas se quedó deslumhrado, atónito, suspenso, sin habla. Púsose
de rodillas y adoró á la señora como á una divinidad. Entonces ella tomó
la mano al granuja, y con voz entera, más dulce que el canto de los
ruiseñores, le dijo:
--Pacorrito, sígueme, ven conmigo. Quiero demostrarte mi agradecimiento
y el sublime amor que has sabido inspirarme. Has sido constante, leal,
generoso y heróico, porque me has salvado del poder de aquellos vándalos
que me martirizaban. Mereces mi corazón y mi mano. Ven, sígueme y no
seas bobo, ni te creas inferior á mí porque estás vestido de pingos.
Observó Migajas la deslumbradora apostura de la dama, el lujo con que
vestía, y lleno de pena exclamó:
--Señora, ¿á dónde he de ir yo con esta facha?
La hermosa dama no contestó, y tirando de la mano á Pacorrito, le llevó
por misteriosa región de sombras.