VII

Vino la noche, y Pacorrito vió con placer las dulces sombras que

envolvían el atrevido rapto, protegiendo sus honestos amores. Examinando

atentamente las heridas del descalabrado cuerpo de su adorada, observó

que no eran de gravedad, aunque por los agujeros del cráneo se le verían

los sesos, si los tuviera, y toda la estopa del corazón se salía á

borbotones por diferentes heridas. El traje estaba hecho girones, y

parte de la cabellera se había quedado en el camino durante la veloz

corrida. Inundósele el alma de pena al considerar que carecía de fondos

para hacer frente á situación tan apurada. Con el abandono de su

comercio se le habían vaciado los bolsillos, y una mujer amada,

mayormente si no está bien de salud, es fuente inagotable de gastos.

Migajas se tentó aquella parte de su andrajosa ropa donde solía tener

la calderilla, y no halló ni tampoco un triste ochavo.

--Ahora--pensó--ahora necesitaré casa, cama, la mar de médicos y

cirujanos, modista, mucha comida, un buen fuego... y nada tengo.

Pero como estaba tan fatigado, recostó la cabeza sobre el cuerpo de su

ídolo, y se durmió como un ángel.

Entonces, ¡oh prodigio! la señora se fué reanimando, y levantándose al

fin, mostró á Pacorrito su risueño semblante, su noble frente sin

ninguna herida, su cuerpo esbelto sin la más leve rotura, su vestido

completo y limpio, su cabellera rizosa y perfumada, su sombrero

coquetón, que adornaban diminutas flores; en suma, se mostró perfecta y

acabadamente hermosa, tal como la conoció el muchacho en la vitrina.

¡Ay! Migajas se quedó deslumhrado, atónito, suspenso, sin habla. Púsose

de rodillas y adoró á la señora como á una divinidad. Entonces ella tomó

la mano al granuja, y con voz entera, más dulce que el canto de los

ruiseñores, le dijo:

--Pacorrito, sígueme, ven conmigo. Quiero demostrarte mi agradecimiento

y el sublime amor que has sabido inspirarme. Has sido constante, leal,

generoso y heróico, porque me has salvado del poder de aquellos vándalos

que me martirizaban. Mereces mi corazón y mi mano. Ven, sígueme y no

seas bobo, ni te creas inferior á mí porque estás vestido de pingos.

Observó Migajas la deslumbradora apostura de la dama, el lujo con que

vestía, y lleno de pena exclamó:

--Señora, ¿á dónde he de ir yo con esta facha?

La hermosa dama no contestó, y tirando de la mano á Pacorrito, le llevó

por misteriosa región de sombras.

Torquemada en la hoguera · 第 51 / 64 题