En el pórtico de la casa grande, donde se detuvo el coche, cesaron las
ilusiones del granuja, porque un criado le dijo que si manchaba el piso
con sus pies enlodados, le rompería el espinazo. Ante esta abrumadora
razón, Migajas se retiró, lleno el corazón de un ardiente anhelo de
venganza.
Su fogoso temperamento le impulsaba á seguir adelante, arrojándose en
brazos de la fortuna, y en las tinieblas de lo imprevisto. Su alma se
adaptaba á las ruidosas y dramáticas aventuras. ¿Qué hizo el muy pillo?
Pues concertarse con los que iban á recoger la basura á la casa donde
estaba en esclavitud su adorada, y por tal medio, que podrá no ser
poético, pero que revela agudeza de ingenio, y un corazón como la copa
de un pino, Migajas se introdujo en el palacio.
¡Cómo le palpitaba el corazón cuando subía y penetraba en la cocina! La
idea de estar cerca de _ella_ le confundía de tal suerte, que más de una
vez se le cayó la espuerta de la mano, derramándose en la escalera. Pero
de ningún modo podía saciar la ardiente sed de sus ojos, que anhelaban
ver á la hermosa dama. Sintió lejanos chillidos de niños juguetones;
pero nada más. La gran señora por ninguna parte aparecía.
Los criados de la casa, viéndole tan pequeño y tan feo, le hacían mil
burlas; más uno de ello, que era algo compasivo, le daba golosinas. Una
mañana muy fría, el cocinero, ya fuese por lástima, ya por maldad, le
dio á beber de un vino áspero y picón como demonios. El granuja sintió
dulcísimo calor en todo el cuerpo, y un vapor ardiente que á la cabeza
le subía. Sus piernas flaqueaban; sus brazos desmayados caían con
abandono voluptuoso. Del pecho le brotaba una risa juguetona, que iba
afluyendo de su boca, cual arroyo sin fin, y Pacorrito reía y se
agarraba con ambas manos á la pared para no caer.
Un puntapié vigoroso, aplicado en semejante parte, modificó un tanto la
risa, y puesta la mano en la parte dolorida, Pacorrito salió de la
cocina. Su cabeza seguía trastornada. Él no sabía á dónde le conducían
sus pasos. Corrió tambaleándose y riendo de nuevo; pisó fríos ladrillos,
y después suave entarimado, y luego tibias alfombras.
De repente sus ojos se detuvieron en un objeto que en el suelo yacía.
¡Cielos!... Migajas exhaló un rugido de dolor, y cayó de rodillas.
Allí, tendida como un cadáver, los vestidos rasgados y en desorden,
partida la frente alabastrina, roto uno de los brazos, desgreñado el
pelo, estaba la señora de sus pensamientos ¡Lastimoso cuadro que partía
el corazón!
Nuestro héroe, durante un rato, no pudo articular palabra. La voz se
ahogaba en su garganta. Estrechó contra su corazón aquél frío cuerpo
inanimado, cubriéndolo de besos ardientes. La señora tenía abiertos los
ojos, y miraba con melancólica dulzura á su fiel adorador. A pesar de
sus horribles heridas y del lastimoso estado de su cuerpo, la noble dama
vivía. Pacorrito lo conoció en la luz singular de sus quietos ojos
azules, que despedían llamaradas de amor y gratitud.
--Señora, ¿quién os trajo á tan triste estado?--exclamó en tono
patético, angustioso.
Pero pronto al dolor agudísimo sucedió la ira, y Pacorrito pensó tomar
venganza de aquel descomunal agravio.
Como en el mismo instante sintiera pasos, cargó en sus brazos á la
gentil dama, echando á correr con ella fuera de la casa. Bajó la
escalera, atravesó el patio, salió á la calle con tanta velocidad. Su
carrera era como la del pájaro que, al robar su grano, oye el tiro del
cazador, y sintiéndose ileso, quiere poner entre su persona y la
escopeta toda la distancia posible.
Corrió por una, dos, tres, diez calles, hasta que creyéndose bastante
lejos, descansó, poniendo sobre sus rodillas el precioso objeto de su
insensato amor.