Nuestro personaje se hallaba en ese estado particular de exaltación y
desvarío en que aparecen los héroes de las novelas amatorias. _Su
cerebro hervía; en su corazón se enrroscaban culebras mordedoras; su
pensamiento era un volcán; deseaba la muerte; aborrecía la vida; hablaba
sin cesar consigo mismo; miraba á la luna; se remontaba al quinto
cielo_, etc.
¡Cuántas veces le sorprendió la noche en melancólico éxtasis delante del
cristal, olvidado de todo, hasta de su propio comercio y modo de vivir!
Mas no era por cierto muy desairada la situación del buen Migajas,
quiero decir, que era hasta cierto punto correspondido en su loca
pasión. ¿Quién puede medir la intensidad amorosa de un corazón de estopa
ó serrín? El mundo está lleno de misterios. La ciencia es vana y jamás
llegará á lo íntimo de las cosas. ¡Oh, Dios! ¿será posible algún día
demarcar fijamente la esfera de lo inanimado? ¿Lo inanimado, dónde
empieza? Atrás los pedantes que, deteniéndose delante de una piedra ó de
un corcho, le dicen: «Tú no tienes alma.» Sólo Dios sabe cuáles son las
verdaderas dimensiones de ese Limbo invisible donde yace todo lo que no
ama.
Bien seguro estaba Pacorrito de haber hecho tilín á la dama. Esta le
miraba, y sin moverse ni pestañear ni abrir la boca, decíale mil cosas
deleitables, ya dulces como la esperanza, ya tristes como el
presentimiento de sucesos infaustos. Con esto se encendía más y más en
el corazón del amigo Migajas la llama que le devoraba, y su atrevida
mente concebía dramáticos planes de seducción, rapto y aun de
matrimonio.
Una noche, el amartelado galán acudió puntual á la cita. La señora
estaba sentada al piano, las manos suspendidas sobre las teclas, y el
divino rostro vuelto hacia la calle. El granuja y ella se miraron. ¡Ay!
¡Cuánto idealismo, cuánta pasión en aquella mirada! Los suspiros
sucedieron á los suspiros, y las ternezas á las ternezas, hasta que un
suceso imprevisto cortó el hilo de tan dulce comunicación, truncando de
un golpe la felicidad de los amantes. Fué como esas súbitas catástrofes
que hieren mortalmente los corazones, originando suicidios, tragedias y
otros lamentables casos.
Una mano penetró en el escaparate, por la parte de la tienda, y
cogiendo á la señora por la cintura, se la llevó dentro. Al asombro de
Migajas sucedió una pena tan viva, que deseó morirse en aquel mismo
instante. ¡Ver desaparecer al objeto amado, cual si se lo tragara la
insaciable tumba, y no poder detener aquella existencia que se escapa, y
no poder seguirla aunque fuera al mismo infierno! ¡Desgracia superior á
las fuerzas de un mortal! Migajas estuvo á punto de caer al suelo; pensó
en el suicidio; invocó á Dios y al diablo....
--¡La han vendido!--murmuró sordamente.
Y se arrancó los cabellos, y se arañó el rostro; y en las pataletas de
su desesperación, se le cayeron al suelo los fósforos, los periódicos y
los billetes de Lotería. ¡Intereses del mundo, no valéis lo que un
suspiro!
V
Repuesto al cabo de su violenta emoción, el rapaz miró hacia el interior
de la tienda, y vio á unas niñas y á dos ó tres personas mayores
hablando con el alemán. Una de las chicas sostenía en sus brazos á la
dama de los pensamientos de Migajas. Hubiérase lanzado éste con ímpetu
salvaje dentro del local; pero se detuvo, temeroso de que, viendo su
facha estrambótica, le adjudicaran una paliza ó le entregasen á una
pareja.
Fijo en la puerta, consideraba los horrores de la trata de blancos, de
aquella nefanda institución tirolesa, en la cual unos cuantos duros
deciden la suerte de honradas criaturas, entregándolas á la destructora
ferocidad de niños mal criados. ¡Ay! ¡Cuán miserable le parecía á
Pacorrito la naturaleza humana!
Los que habían comprado á la señora salieron de la tienda y entraron en
un coche de lujo. ¡Cómo reían los tunantes! Hasta el más pequeño, que
era el más mimoso, se permitía tirar de los brazos á la desgraciada
muñeca, á pesar de tener él para su exclusivo goce variedad de
juguetillos propios de su edad. Las personas mayores también parecían
muy satisfechas de la adquisición.
Mientras el lacayo recibía órdenes, Pacorrito, que era hombre de
resoluciones heróicas y audaces, concibió la idea de colgarse á la zaga
del coche. Así lo hizo, con la agilidad cuadrumana que emplean los
granujas cuando quieren pasear en carruaje de un cabo á otro de la
villa.
Alargando el hocico hacia la derecha, veía asomar por la portezuela uno
de los brazos de la dama sacrificada al vil metal. Aquel brazo rígido y
aquel puño de rosa hablaban enérgico lenguaje á la imaginación de
Migajas, que en medio del estrépito de las ruedas oía estas palabras:
--¡Sálvame, Pacorrito mío, sálvame!