IV

Nuestro personaje se hallaba en ese estado particular de exaltación y

desvarío en que aparecen los héroes de las novelas amatorias. _Su

cerebro hervía; en su corazón se enrroscaban culebras mordedoras; su

pensamiento era un volcán; deseaba la muerte; aborrecía la vida; hablaba

sin cesar consigo mismo; miraba á la luna; se remontaba al quinto

cielo_, etc.

¡Cuántas veces le sorprendió la noche en melancólico éxtasis delante del

cristal, olvidado de todo, hasta de su propio comercio y modo de vivir!

Mas no era por cierto muy desairada la situación del buen Migajas,

quiero decir, que era hasta cierto punto correspondido en su loca

pasión. ¿Quién puede medir la intensidad amorosa de un corazón de estopa

ó serrín? El mundo está lleno de misterios. La ciencia es vana y jamás

llegará á lo íntimo de las cosas. ¡Oh, Dios! ¿será posible algún día

demarcar fijamente la esfera de lo inanimado? ¿Lo inanimado, dónde

empieza? Atrás los pedantes que, deteniéndose delante de una piedra ó de

un corcho, le dicen: «Tú no tienes alma.» Sólo Dios sabe cuáles son las

verdaderas dimensiones de ese Limbo invisible donde yace todo lo que no

ama.

Bien seguro estaba Pacorrito de haber hecho tilín á la dama. Esta le

miraba, y sin moverse ni pestañear ni abrir la boca, decíale mil cosas

deleitables, ya dulces como la esperanza, ya tristes como el

presentimiento de sucesos infaustos. Con esto se encendía más y más en

el corazón del amigo Migajas la llama que le devoraba, y su atrevida

mente concebía dramáticos planes de seducción, rapto y aun de

matrimonio.

Una noche, el amartelado galán acudió puntual á la cita. La señora

estaba sentada al piano, las manos suspendidas sobre las teclas, y el

divino rostro vuelto hacia la calle. El granuja y ella se miraron. ¡Ay!

¡Cuánto idealismo, cuánta pasión en aquella mirada! Los suspiros

sucedieron á los suspiros, y las ternezas á las ternezas, hasta que un

suceso imprevisto cortó el hilo de tan dulce comunicación, truncando de

un golpe la felicidad de los amantes. Fué como esas súbitas catástrofes

que hieren mortalmente los corazones, originando suicidios, tragedias y

otros lamentables casos.

Una mano penetró en el escaparate, por la parte de la tienda, y

cogiendo á la señora por la cintura, se la llevó dentro. Al asombro de

Migajas sucedió una pena tan viva, que deseó morirse en aquel mismo

instante. ¡Ver desaparecer al objeto amado, cual si se lo tragara la

insaciable tumba, y no poder detener aquella existencia que se escapa, y

no poder seguirla aunque fuera al mismo infierno! ¡Desgracia superior á

las fuerzas de un mortal! Migajas estuvo á punto de caer al suelo; pensó

en el suicidio; invocó á Dios y al diablo....

--¡La han vendido!--murmuró sordamente.

Y se arrancó los cabellos, y se arañó el rostro; y en las pataletas de

su desesperación, se le cayeron al suelo los fósforos, los periódicos y

los billetes de Lotería. ¡Intereses del mundo, no valéis lo que un

suspiro!

V

Repuesto al cabo de su violenta emoción, el rapaz miró hacia el interior

de la tienda, y vio á unas niñas y á dos ó tres personas mayores

hablando con el alemán. Una de las chicas sostenía en sus brazos á la

dama de los pensamientos de Migajas. Hubiérase lanzado éste con ímpetu

salvaje dentro del local; pero se detuvo, temeroso de que, viendo su

facha estrambótica, le adjudicaran una paliza ó le entregasen á una

pareja.

Fijo en la puerta, consideraba los horrores de la trata de blancos, de

aquella nefanda institución tirolesa, en la cual unos cuantos duros

deciden la suerte de honradas criaturas, entregándolas á la destructora

ferocidad de niños mal criados. ¡Ay! ¡Cuán miserable le parecía á

Pacorrito la naturaleza humana!

Los que habían comprado á la señora salieron de la tienda y entraron en

un coche de lujo. ¡Cómo reían los tunantes! Hasta el más pequeño, que

era el más mimoso, se permitía tirar de los brazos á la desgraciada

muñeca, á pesar de tener él para su exclusivo goce variedad de

juguetillos propios de su edad. Las personas mayores también parecían

muy satisfechas de la adquisición.

Mientras el lacayo recibía órdenes, Pacorrito, que era hombre de

resoluciones heróicas y audaces, concibió la idea de colgarse á la zaga

del coche. Así lo hizo, con la agilidad cuadrumana que emplean los

granujas cuando quieren pasear en carruaje de un cabo á otro de la

villa.

Alargando el hocico hacia la derecha, veía asomar por la portezuela uno

de los brazos de la dama sacrificada al vil metal. Aquel brazo rígido y

aquel puño de rosa hablaban enérgico lenguaje á la imaginación de

Migajas, que en medio del estrépito de las ruedas oía estas palabras:

--¡Sálvame, Pacorrito mío, sálvame!

Torquemada en la hoguera · 第 49 / 64 题