Sabed cómo la conoció Pacorro y quién era aquélla celestial hermosura.
Extendía el chico la esfera de sus operaciones mercantiles por la mitad
de una de las calles que afluyen á la Puerta del Sol, calle muy
concurrida y con hermosas tiendas, que de día ostentan en sus
escaparates mil prodigios de la industria, y por las noches se iluminan
con la resplandeciente claridad del gas. Entre estas tiendas, la más
bonita es una que pertenece á un alemán, siempre llena de bagatelas
preciosísimas destinadas á grandes y pequeños. Es el bazar de la
infancia infantil y de la adulta. Por Carnaval se llena de caretas
burlescas; en Semana Santa de figuras piadosas; hacia Navidad de
Nacimientos y árboles cargados de juguetes, y por Año Nuevo de
magníficos objetos para regalos.
La pasión frenética de Pacorrito empezó cuando el alemán puso en su
vitrina una encantadora colección de damas vestidas con los ricos trajes
que imagina la fantasía parisiense. Casi todas tenían más de media vara
de estatura. Sus rostros eran de fina y purificada cera, y ningún carmín
de frescas rosas se igualaba al rubor de sus castas mejillas. Sus azules
ojos de vidrio brillaban inmóviles con más fulgor que la pupila humana.
Sus cabellos, de suavísima lana rizada, podían compararse, con más razón
que los de muchas damas, á los rayos del sol; y las fresas de Abril, las
cerezas de Mayo y el coral de los hondos mares, parecían cosa fea en
comparación de sus labios rojos.
Eran tan juiciosas, que jamás se movían del sitio en que las colocaban.
Sólo crujía el gozne de madera de sus rodillas, hombros y codos, cuando
el alemán las sentaba al piano, ó las hacía tomar los lentes para mirar
á la calle. De resto, no daban nada que hacer, y jamás se les oyó decir
esta boca es mía.
Entre ellas había ¡ay qué hembra! la más hermosa, la más alta, la más
simpática, la más esbelta, la mejor vestida, la más señora. Debía de ser
mujer de elevada categoría, á juzgar por su ademán grave y pomposo, y
cierto airecillo de protección que á maravilla le sentaba.
--¡Gran mujer!--dijo Pacorrito la primera vez que la vió; y más de una
hora estuvo plantado ante el escaparate, contemplando tan seductora
belleza.