II

¿Pero creerá el pío lector que Pacorrito se acobardó al verse solo? Ni

por pienso. Había tenido ocasión, en su breve existencia, de conocer los

vaivenes del mundo, y algo de lo falso y mentiroso que encierra esta

vida miserable. Llenándose de energía, afrontó la situación como un

héroe. Afortunadamente, tenía buenas relaciones con diversa gente de su

estofa y aun con hombres barbudos que parecían dispuestos á protegerle,

y bulle que bulle, aquí me meto y allí me saco, consiguió dominar su

triste estado.

Vendía fósforos, periódicos y algún billete de Lotería, tres ramos

mercantiles que, explotados con inteligencia, podían asegurarle honradas

ganancias; así es que á Pacorrito nunca le faltaban cuatro cuartos en el

bolsillo para sacar de un apuro á un compañero, ó para obsequiar á las

amigas.

No le inquietaban gran cosa ni las molestias del domicilio ni las

exigencias del casero. Sus palacios eran el Prado en verano, y en

invierno los portales de la casa Panadería. Varón sobrio y enemigo de

pompas mundanas, se contentaba con un rincón cualquiera donde pasar la

noche. Comía, como los pájaros, lo que encontraba, sin que jamás se

apurase por esto, á causa de la conformidad religiosa que existía en su

alma, y de su instintiva fe en los misteriosos auxilios de la

Providencia, que á ningún ser grande ni chico desampara.

Los que esto lean creerán que Migajas era feliz. Parece natural que lo

fuese. Si carecía de familia, gozaba de preciosísima libertad, y como

sus necesidades eran escasas, vivía holgadamente de su trabajo, sin

deber nada á nadie, sin que le quitaran el sueño cuidados ni ambiciones;

pobre, pero tranquilo; desnudo el cuerpo, pero lleno de paz sabrosa el

espíritu. Pues á pesar de esto, el señor de Migajas no era feliz. ¿Por

qué? Porque estaba enamorado hasta las gachas, como suele decirse.

Sí, señores: aquel Pacorrito tan pequeño y tan feo y tan pobre y tan

solo, amaba. ¡Ley inexorable de la vida, que no permite á ningún sér,

cualquiera que sea, redimirse del despótico yugo del amor.

Amaba nuestro héroe con soñador idealismo, libre de todo pensamiento

impuro, á veces con ardoroso fuego que en sus venas ponía un hervor de

todos los demonios. Su corazón volcánico tenía sensaciones de todas

clases para el objeto amado, ora dulces y platónicas como las de

Petrarca, ora arrebatadas como las de Romeo.

¿Y quién había inspirado á Pacorrito pasión tan terrible? Pues una dama

que arrastraba vestidos de seda y terciopelo con vistosas pieles; una

dama de cabellos rubios, que en bucles descendían sobre su alabastrino

cuello. La tal solía gastar quevedos de oro, y á veces estaba sentada al

piano tres días seguidos.

Torquemada en la hoguera · 第 47 / 64 题