¿Pero creerá el pío lector que Pacorrito se acobardó al verse solo? Ni
por pienso. Había tenido ocasión, en su breve existencia, de conocer los
vaivenes del mundo, y algo de lo falso y mentiroso que encierra esta
vida miserable. Llenándose de energía, afrontó la situación como un
héroe. Afortunadamente, tenía buenas relaciones con diversa gente de su
estofa y aun con hombres barbudos que parecían dispuestos á protegerle,
y bulle que bulle, aquí me meto y allí me saco, consiguió dominar su
triste estado.
Vendía fósforos, periódicos y algún billete de Lotería, tres ramos
mercantiles que, explotados con inteligencia, podían asegurarle honradas
ganancias; así es que á Pacorrito nunca le faltaban cuatro cuartos en el
bolsillo para sacar de un apuro á un compañero, ó para obsequiar á las
amigas.
No le inquietaban gran cosa ni las molestias del domicilio ni las
exigencias del casero. Sus palacios eran el Prado en verano, y en
invierno los portales de la casa Panadería. Varón sobrio y enemigo de
pompas mundanas, se contentaba con un rincón cualquiera donde pasar la
noche. Comía, como los pájaros, lo que encontraba, sin que jamás se
apurase por esto, á causa de la conformidad religiosa que existía en su
alma, y de su instintiva fe en los misteriosos auxilios de la
Providencia, que á ningún ser grande ni chico desampara.
Los que esto lean creerán que Migajas era feliz. Parece natural que lo
fuese. Si carecía de familia, gozaba de preciosísima libertad, y como
sus necesidades eran escasas, vivía holgadamente de su trabajo, sin
deber nada á nadie, sin que le quitaran el sueño cuidados ni ambiciones;
pobre, pero tranquilo; desnudo el cuerpo, pero lleno de paz sabrosa el
espíritu. Pues á pesar de esto, el señor de Migajas no era feliz. ¿Por
qué? Porque estaba enamorado hasta las gachas, como suele decirse.
Sí, señores: aquel Pacorrito tan pequeño y tan feo y tan pobre y tan
solo, amaba. ¡Ley inexorable de la vida, que no permite á ningún sér,
cualquiera que sea, redimirse del despótico yugo del amor.
Amaba nuestro héroe con soñador idealismo, libre de todo pensamiento
impuro, á veces con ardoroso fuego que en sus venas ponía un hervor de
todos los demonios. Su corazón volcánico tenía sensaciones de todas
clases para el objeto amado, ora dulces y platónicas como las de
Petrarca, ora arrebatadas como las de Romeo.
¿Y quién había inspirado á Pacorrito pasión tan terrible? Pues una dama
que arrastraba vestidos de seda y terciopelo con vistosas pieles; una
dama de cabellos rubios, que en bucles descendían sobre su alabastrino
cuello. La tal solía gastar quevedos de oro, y á veces estaba sentada al
piano tres días seguidos.