CANTO CUARTO

Dieron vueltas alrededor del templo, que era ojival y de sorprendente

hermosura, y al fin, hallando un vidrio roto, se colaron dentro sin

pedir permiso al sacristán. Soberbio espectáculo se ofreció á las

miradas de nuestros dos viajeros. La vasta nave y sus haces de columnas

delicadísimas, que remataban en palmeras, entretejiéndose para formar la

bóveda; las ventanas rasgadas en toda la extensión del pavimento y

cubiertas con el diáfano muro de cristales de colores; la multitud de

figuras representativas; la fauna, la flora; la riqueza de los altares,

las luces, los resplandecientes trajes de los sacerdotes; el incienso,

formando azuladas nubes; el son del órgano, á veces suave y apagado como

la respiración de un niño que duerme, después fuerte y estentóreo como

el resoplido de un gigante colérico; el coro grave, y los rezos

quejumbrosos, todo esto impresionó de tal modo á nuestra viajera, que

estuvo un buen rato pegada á la bóveda, sin, atreverse á descender,

sobrecogida de admiración, piedad y respeto.

«Me falta poco para llorar, amigo vientecillo--dijo.--Aunque un poco

tardío, mi arrepentimiento es seguro. ¡Con cuánto gozo abro mis ojos á

la luz de la verdad! ¿Y habrá quien sostenga que puede haber dicha,

reposo y paz fuera de la religión sacratísima? Santa y sublime fe: á tí

vengo fatigada de las luchas del mundo, el alma llena de congojas y

atormentada por el recuerdo de mis pasados extravíos. Inexperta y

alucinada, juzgué que el mejor empleo y ocupación de mi ser era el amor,

los goces ó la incitante gloria, cosas ¡ay! de liviana realidad que se

desvanecen pasada la ilusión primera. Mi alma está pura, y anhela

reposarse en el bien. Aborrezco el mundo; pienso sólo en Dios, imán de

nuestros corazones, fuente de toda salud, principio de toda

inteligencia. Aquí, en este santo y bello asilo, creado por el arte y la

fe, he de pasar lo que me resta de vida. Segurísima estoy ahora de no

variar de inclinaciones ni de pensamiento. Aquí, siempre aquí. Dulce es,

entre todas las dulzuras, zambullir el pensamiento en la idea de Dios,

adorarle, contemplarle, confundirnos ante su presencia como granos de

polvo ó frágiles plumas que somos las criaturas Vientecillo, puedes

marcharte, que yo me quedo aquí para toda la vida. ¡Cuán feliz soy!»

Calló la pluma y se acurrucó con devota compostura en la punta de una de

las espinas que ceñían la frente del dorado Cristo suspendido en lo más

alto del retablo. Cesaron los cantos, apagáronse las luces. Rumores

extraños de misales que se cierran, de goznes rechinantes, de papeles de

música que se arrollan, de cortinas que se corren tapando un santo, de

llaves que crujen en la enmohecida cerradura, de acólitos que tropiezan

corriendo hacia la sacristía, de rosarios que se guardan, sustituyeron á

la imponente salmodia de antes; y las pisadas de los hombres y las

faldas de las mujeres levantaron ligera nube de polvo que subió á

confundirse con los desgarrados celajes del incienso, vagabundos aún por

las altas bóvedas, como los jirones de nubes que corren por el cielo

después de una tempestad.

Vino la noche, y los vidrios se obscurecieron, tomando tintas suaves y

misteriosas. La gran nave quedó por fin en completa sombra; mas en lo

alto de sus muros velaban, como espectros de moribundo resplandor, las

pintadas efigies de cristal. En el centro del lóbrego santuario lucía un

punto de luz: era la lámpara del altar, que como un alma despierta y

vigilante oraba en el recinto. Su débil claridad apenas iluminaba los

pies del Santo Cristo próximo, y el blanco cuerpo de un obispo de

mármol que, tendido en su mausoleo, parecía como que á ratos abría la

boca para bostezar.

Pasaron horas y más horas, que por lo largas parecían noches empalmadas,

sin días que las separasen, y la pluma acabó sus rezos y los volvió á

empezar, y acabados de nuevo, y agotado todo el repertorio de oraciones

que sabía, dijo otras que sacaba de su cabeza, hasta que al fin, no

ocurriéndosele nada, aburrida de aburrirse, se dejó decir:

«Vientecillo, me alegro de que no te hayas ido. Ven acá un momento:

¿sabes que siento así como ganas de dar un paseíto por ahí fuera? No es

que quiera abandonar este sitio, pues lo dicho dicho: aquí he de estarme

toda la vida. Es que, hablando con sinceridad, esto es bastante triste,

no sé, no sé... las horas tienen una longitud desmesurada. Si me

apuras, te diré con mi habitual franqueza que me aburro soberanamente.

¿Por qué no hemos de salir á refrescarnos la cabeza y a ver el cielo?

pues por mucha que sea nuestra devoción, no hemos de estar siempre reza

que te reza, y conviene dar al ánimo esparcimiento para cobrar fuerzas y

... ya me entiendes. Salgamos, que en realidad no tiene maldita gracia

que nos estemos aquí hechos unos pasmarotes. Y repara que después que

aquellos señores acabaron de cantar, esto está tan solo y obscuro que

antes impone miedo que piedad. Larguémonos fuera un ratito, que una cosa

es la fe y otra el saludable recreo del cuerpo y del alma.

Torquemada en la hoguera · 第 39 / 64 题