Efectivamente, dos grandes y poderosas huestes iban a chocar en aquella
planicie. ¿A qué describir el brillo de las armas, las empresas de los
escudos, el ardor de los combatientes; el relinchar de los corceles y
demás accidentes de la empellada refriega? La pluma, palpitando de
emoción, vió los primeros encuentros, y no apartaba los ojos del que
parecía ser rey del ejército por quien más tarde se decidió la victoria.
El tal rey llevaba un casco de oro, armadura de bruñido acero, y oprimía
los lomos de soberbio caballo tordo. Ninguno le igualaba en furor y
osadía, razón por la cual su gente, entusiasmada con tal ejemplo,
arrollaba á los contrarios cual si fuesen manadas de carneros.
Nuestra viajera no sabía cómo expresar su frenético alborozo ante la
sublime tragedia.
«¡La gloria! ¡Qué gran cosa es la gloria!--exclamaba, siguiendo lo más
cerca posible al rey victorioso.--Estoy en mi centro: ésta es la vida,
esto es lo que cuadra á mi genio, esto es la felicidad: gracias á Dios
que he encontrado lo que quería. ¡Y fuí tan imbécil que perdí el tiempo
en frívolos amores y en livianos placeres! ¡La verdad es que se equivoca
uno tontamente! Pero ya voy teniendo experiencia, y no me equivocaré
más. La gloria es lo que más enaltece el alma. Mira, amiguito mío, cómo
vencen los de aquí. Ya van los otros en retirada. ¡Grande y poderoso
rey! Daría la mitad de mi vida por ponerme encima de su casco, de aquel
áureo yelmo, ante cuya cimera se inclinarán con pavura todos los
monarcas y naciones de la tierra. Vamos, esto me enajena. ¿No oyes cómo
crujen las armas, cómo relinchan los caballos y cómo blasfeman los
combatientes, encendidos en marcial coraje? ¡Gloriosa muerte la de los
unos, y gloriosísima victoria la de los otros!»
Ésta fue decisiva para el rey del áureo casco y del caballo tordo. Su
ejército triunfante persiguió en veloz carrera al enemigo, y la pluma
siguió la triunfal marcha revoloteando sobre la cabeza del héroe.
Corrían sin fatigarse hasta que llegó la noche. Luego se detuvieron,
satisfechos de haber aniquilado en su fuga al ejército contrario.
Acamparon los vencederos, se armó la tienda del Rey, preparósele comida
y lecho; y en aquella hora de la reflexión y del reposo, pasada la
exaltación primera, hasta la pluma bajó a la tierra cubierta de
cadáveres, de sangre, de ruinas.
Entonces la viajera sintió frío glacial, extraordinaria fatiga y una
modorra que no pudo vencer evocando los recuerdos del épico combate. En
su letargo, creyó sentir los lamentos de los heridos, mezclados con
horrorosas imprecaciones. No tardaron en venir las madres, las hermanas,
los tiernos hijos, sosteniéndose entre sí, porque el dolor aflojaba sus
desmayados cuerpos, alumbrándose con triste linterna para buscar al
padre, al hijo, al esposo, al hermano. Hombres horribles, tipo medio
entre el sayón y el sepulturero, cavaban la profunda y holgada fosa,
donde eran arrojados los infelices muertos de ambos ejércitos. Las
santas mujeres buscaban aún entre aquellos despojos, mal cubiertos por
la tierra, á los seres queridos, y hasta hubieran escarbado para
sacarlos de nuevo, si las voces y los lamentos que más allá se oían no
les dieran la esperanza de que en otro lugar estarían quizás los que
buscaban. Graznando lúgubremente, bajaron los buitres y demás aves que
tienen su festín en los campos de batalla; la lluvia encharcó el piso,
amasando lechos de fango y sangre para los pobres difuntos, y el frío
remató á los heridos que esperaban escapar á la muerte. ¡Tremenda noche!
Volviendo de su letargo, pudo observar la pluma que cuanto había visto
no era alucinación, sino realidad clarísima. Quiso huir; pero se detuvo
sobrecogida, porque en la cercana tienda del rey sonaron gritos y
juramentos y fuerte choque de armas. Varios hombres salieron de allí
luchando, y una voz dijo: «muera el tirano,» y otras exclamaron: «¡han
asesinado al rey!» En efecto, así era: el héroe victorioso había sido
sacrificado por sus ambiciosos generales, ávidos de repartirse el botín
y apoderarse del reino.
«Viento querido, amigo mío, sácame de aquí--gritó la pluma agitando su
fleco para volar.--Levántame; llévame por esos aires de Dios, que no
quiero ver tantos horrores. ¡Maldita sea la gloria y malditos los
pícaros que la inventaron! Parece mentira que me haya dejado alucinar
por tan craso disparate. Ya ves que de la gloria no se saca cosa alguna,
si no es la desesperación, el odio, la envidia y todas las bajezas de la
ambición. ¡Cuánto más valen la dulce modestia y una apacible obscuridad!
Gracias á Dios que he salido de las tinieblas del error. Tres veces me
equivoqué; pero al fin la luz ha entrado en mi cabeza y ya tengo la
certeza de no equivocarme más ¡Cuán claro veo ahora todo! ¡Qué bien
considero y profundizo la verdad de las cosas! No, no volveré á incurrir
en tales tonterías. Por supuesto, siempre es conveniente equivocarse
para adquirir experiencia y estudiar y conocer la vida. Felizmente, ya
sé á qué atenerme. Dichosos los que han pasado tantas amarguras y visto
tantísimo mundo.... Pero si no tengo telarañas en los ojos, amigo
vientecillo, allá á lo lejos se distingue una altísima torre que debe de
ser de alguna catedral. Sí: á medida que nos acercamos se va destacando
la mole del edificio.... No parece sino que Dios nos ha encaminado á
este sitio para que nos arrepintamos de nuestras culpas y aprendamos que
El es la única verdad, la única vida y el camino único, fuente de todas
las cosas, consuelo de todas las aflicciones, asilo de todos los
extraviados.... ¡Ay! vamos pronto, que ya tengo deseo de entrar allí:
¿no oyes repicar de las campanas? ¿no ves cómo el perfila con rayos de
oro las mil estatuas erigidas en los pináculos y agujas que rematan el
grandioso monumento por una y otra parte? Date prisa y lleguemos pronto,
amiguito; ¡qué pesado te has vuelto! A ver si encontramos un agujerito
por donde introducirnos.»