Salieron por donde habían entrado, y al hallarse fuera, la pluma
prorrumpió en exclamaciones:
«¡Oh, gracias á Dios que veo otra vez el profundo cielo, las altas
estrellas y la luna! ¡Qué hermosura! Paréceme que hace años que no he
visto este admirable espectáculo, siempre nuevo y seductor. Mira,
alarguemos nuestro paseíto, que en nada se admira tanto á Dios como en
la naturaleza, ni nada es en ésta tan bello como la noche. Vaya, con
franqueza, amigo viento: ¿no es esto más hermoso que el antro sombrío y
estrecho de la catedral? Compara aquella lámpara con estas luminarias
celestiales que tenemos encima de nuestras cabezas.... Sigamos un
poquitín más allá; que si no volviéramos, ya encontraríamos otra
catedral en que meternos. Hay muchas, mientras que cielos no hay más que
uno.... ¡Cuánto se aprende viviendo! ¿Sabes lo que se me ha ocurrido?
Pues que la religión es cosa admirable; pero que consagrarse enteramente
á ella sin pensar en nada más, me parece una gran majadería. Ya voy
teniendo experiencia, y veo todas las cosas con mucha claridad. Para
alabar á Dios y honrarle, me parece á mí que antes que pasarnos la vida
metidas en las iglesias, debemos las plumas emplear constantemente
nuestro pensamiento en conocer y apreciar las leyes por el mismo Dios
creadas. Yo, si quieres que te hable con el corazón en la mano, no tengo
muchas ganas de volver á la catedral, fuera de que ya hemos perdido el
camino y no lo encontraremos fácilmente. ¿No te parece que debemos
lanzarnos por esos espacios anchísimos buscando en ellos la razón de
todas las cosas? Siento tal curiosidad, que no sé qué haría por
satisfacerla. ¡Saber! Ese es el objeto de nuestra vida; en saber
consiste la felicidad. No negaré yo que la Fe es muy estimable; pero la
Ciencia, amigo mío, ¡cuánto más estimable es! Por consiguiente, te
confieso con toda ingenuidad que he variado de ideas, pero con el firme
propósito de que ésta sea la última vez. Quiero, á fe de pluma de origen
divino, examinar cómo y por qué se mueven esos astros; á qué distancia
están unos de otros; qué tamaño y qué cantidad de agua tienen los mares;
qué hay dentro de la tierra; cómo se hacen la lluvia, el rayo, el
granizo; de qué diablos está compuesto el sol; qué cosa es la luz y qué
el calor, etcétera, etc. Me da la gana de saber todas esas cosas.
Gracias á Dios que he encontrado la verdadera y legítima ocupación de mi
espíritu. Ni el amor pastoril, ni los placeres sensuales, ni la terrible
y estúpida gloria, ni el misticismo estéril, enaltecen al ser. ¡El
conocimiento! ahí tienes la vida, la verdadera vida, amigo vientecillo.
Bendigo mis errores, de cuyas tinieblas saqué la luz de mi experiencia y
la certeza del destino que tenemos las plumas. Llévame, amigo, llévame
por ahí, pronto, que hay mucho que ver y mucho que estudiar.»
Corrieron, volaron, y la pluma no se cansaba de sus observaciones
especulativas. Estudió la marcha de los astros y las distancias á que
están de la tierra; atravesó el inmenso Océano de una orilla á otra;
hízose cargo de la configuración y trazado de las costas; midió el
globo, fijando la atención en la diversidad de sus climas y habitantes;
penetró en las cavernas profundas, donde existen los indescifrables
documentos de la Mineralogía, y leyó el gran libro Geológico, en cuyas
páginas ó capas hablan idioma parecido al de los jeroglíficos la
multitud de fósiles, siglos muertos que tan bien saben contar el
misterio de las pasadas vidas; todo lo estudió, lo conoció y se lo metió
en el magín, y entre tanto no cesaba de repetir:
«¡Gran cosa es la Ciencia! ¡Y cuánto me felicito de haber entrado por
este camino, el único digno de nuestro noble origen!... Pero lo que me
enfada es que nunca llegamos al fin: á medida que voy aprendiendo, se me
presentan nuevos misterios y enigmas. Yo quisiera aprendérmelo todo de
una vez. Es mucho cuento éste de que nunca se le ve el fondo al odre de
la sabiduría. ¡Ay! Vientecillo perezoso, corre más, á ver si conseguimos
llegar á un punto donde no haya más tierra, ni más mar, ni más cielo, ni
más estrellas.... Esto no se acaba nunca. Corramos, volemos, que no ha
de haber cosa que yo no vea ni examine, ni arcano que no se me revele.
He de saber cómo es Dios, cómo es el alma humana, de dónde salimos las
plumas y á dónde volvemos, después de dar nuestro último vuelo e el
viaje de la existencia.»
* * * * *
Y así transcurrió un lapso de tiempo indeterminable, y ni se veía el fin
de la Ciencia, ni la sed de saber encontraba donde saciarse por
completo. Ya habían recorrido toda la atmósfera que rodea nuestro
planeta; y la buena pluma, cansada y aburrida, sin fuerzas para avanzar
más, giraba alrededor de su eje con desorden y aturdimiento, como un
astro que se vuelve loco y olvida la ley de su rotación.
«¡Ay! vientecillo--exclamaba lánguidamente,--ya estoy confusa, ya estoy
mareada. ¿De qué vale la ciencia, si al fin, después de tanto investigar
más me espanta lo que ignoro que me satisface lo que sé ¡Ay! compañero
mío de desengaños, _sólo sé que no se una condenada palabra de nada._
Esto es para volverse una loca. Llévame á un sitio recóndito donde
encuentre el consuelo del olvido. Quiero aniquilarme; quiero reposar en
completa calma, dando paz al pensamiento y á la imaginación siempre
ambiciosa. ¡Cuántas equivocaciones en tan breve tiempo! Ni el amor, ni
el placer, ni la gloria, ni la religión, ni la ciencia me satisfacen. El
lugar de paz y de contento perdurable con que soñaba para pasar la vida,
no se encuentra en parte alguna. Experiencia lenta y dolorosa, ¿de qué
sirves? Si ese lugar que busco no existe por aquí, forzosamente ha de
existir en alguna otra región. Busquémoslo, amigo leal y ya
inseparable.... Veo que no estás menos aburrido y desilusionado que yo.
¡Ay! yo desfallezco; apenas puedo sostenerme en tus brazos; todo me
desagrada: el aire, la luz, los árboles, la mar, el espacio, las
estrellas, el sol.»
Fijaron la vista en la tierra, de la cual muy cerca estaban, y vieron
una como procesión que se dirigía á un bosquecillo frondoso, entre cuya
verdura se destacaban objetos de blanquísimo mármol. Era un cementerio,
y la procesión un entierro. Observaron nuestros viajeros que sobre la
tierra había sido colocado un ataúd pequeño y azul. Abriéronlo algunos
de los circunstantes, y todos los demás se agruparon en derredor para
ver las facciones de la muerta: era una niña como de diez años, coronada
de flores, las manecitas cruzadas en actitud de rezar no se sabe qué y
semejante á un ángel de cera, tan bonito y puro, que al verle todos se
admiraban de que se hubiera tomado el trabajo de vivir.
«Aquí, aquí quiero estar siempre, querido vientecillo. Suéltame, déjame
caer»--dijo la pluma, desasiéndose de los brazos de su amado conductor,
para caer dentro del ataúd.
Este se cerró, y el vientecillo, que empezaba á dar revoloteos para
sacarla con maña, no pudo conseguirlo, y la pluma quedó dentro.
¿Acabarán con esto tus paseos, oh alma humana?
Abril de 1872.