CANTO QUINTO

Salieron por donde habían entrado, y al hallarse fuera, la pluma

prorrumpió en exclamaciones:

«¡Oh, gracias á Dios que veo otra vez el profundo cielo, las altas

estrellas y la luna! ¡Qué hermosura! Paréceme que hace años que no he

visto este admirable espectáculo, siempre nuevo y seductor. Mira,

alarguemos nuestro paseíto, que en nada se admira tanto á Dios como en

la naturaleza, ni nada es en ésta tan bello como la noche. Vaya, con

franqueza, amigo viento: ¿no es esto más hermoso que el antro sombrío y

estrecho de la catedral? Compara aquella lámpara con estas luminarias

celestiales que tenemos encima de nuestras cabezas.... Sigamos un

poquitín más allá; que si no volviéramos, ya encontraríamos otra

catedral en que meternos. Hay muchas, mientras que cielos no hay más que

uno.... ¡Cuánto se aprende viviendo! ¿Sabes lo que se me ha ocurrido?

Pues que la religión es cosa admirable; pero que consagrarse enteramente

á ella sin pensar en nada más, me parece una gran majadería. Ya voy

teniendo experiencia, y veo todas las cosas con mucha claridad. Para

alabar á Dios y honrarle, me parece á mí que antes que pasarnos la vida

metidas en las iglesias, debemos las plumas emplear constantemente

nuestro pensamiento en conocer y apreciar las leyes por el mismo Dios

creadas. Yo, si quieres que te hable con el corazón en la mano, no tengo

muchas ganas de volver á la catedral, fuera de que ya hemos perdido el

camino y no lo encontraremos fácilmente. ¿No te parece que debemos

lanzarnos por esos espacios anchísimos buscando en ellos la razón de

todas las cosas? Siento tal curiosidad, que no sé qué haría por

satisfacerla. ¡Saber! Ese es el objeto de nuestra vida; en saber

consiste la felicidad. No negaré yo que la Fe es muy estimable; pero la

Ciencia, amigo mío, ¡cuánto más estimable es! Por consiguiente, te

confieso con toda ingenuidad que he variado de ideas, pero con el firme

propósito de que ésta sea la última vez. Quiero, á fe de pluma de origen

divino, examinar cómo y por qué se mueven esos astros; á qué distancia

están unos de otros; qué tamaño y qué cantidad de agua tienen los mares;

qué hay dentro de la tierra; cómo se hacen la lluvia, el rayo, el

granizo; de qué diablos está compuesto el sol; qué cosa es la luz y qué

el calor, etcétera, etc. Me da la gana de saber todas esas cosas.

Gracias á Dios que he encontrado la verdadera y legítima ocupación de mi

espíritu. Ni el amor pastoril, ni los placeres sensuales, ni la terrible

y estúpida gloria, ni el misticismo estéril, enaltecen al ser. ¡El

conocimiento! ahí tienes la vida, la verdadera vida, amigo vientecillo.

Bendigo mis errores, de cuyas tinieblas saqué la luz de mi experiencia y

la certeza del destino que tenemos las plumas. Llévame, amigo, llévame

por ahí, pronto, que hay mucho que ver y mucho que estudiar.»

Corrieron, volaron, y la pluma no se cansaba de sus observaciones

especulativas. Estudió la marcha de los astros y las distancias á que

están de la tierra; atravesó el inmenso Océano de una orilla á otra;

hízose cargo de la configuración y trazado de las costas; midió el

globo, fijando la atención en la diversidad de sus climas y habitantes;

penetró en las cavernas profundas, donde existen los indescifrables

documentos de la Mineralogía, y leyó el gran libro Geológico, en cuyas

páginas ó capas hablan idioma parecido al de los jeroglíficos la

multitud de fósiles, siglos muertos que tan bien saben contar el

misterio de las pasadas vidas; todo lo estudió, lo conoció y se lo metió

en el magín, y entre tanto no cesaba de repetir:

«¡Gran cosa es la Ciencia! ¡Y cuánto me felicito de haber entrado por

este camino, el único digno de nuestro noble origen!... Pero lo que me

enfada es que nunca llegamos al fin: á medida que voy aprendiendo, se me

presentan nuevos misterios y enigmas. Yo quisiera aprendérmelo todo de

una vez. Es mucho cuento éste de que nunca se le ve el fondo al odre de

la sabiduría. ¡Ay! Vientecillo perezoso, corre más, á ver si conseguimos

llegar á un punto donde no haya más tierra, ni más mar, ni más cielo, ni

más estrellas.... Esto no se acaba nunca. Corramos, volemos, que no ha

de haber cosa que yo no vea ni examine, ni arcano que no se me revele.

He de saber cómo es Dios, cómo es el alma humana, de dónde salimos las

plumas y á dónde volvemos, después de dar nuestro último vuelo e el

viaje de la existencia.»

* * * * *

Y así transcurrió un lapso de tiempo indeterminable, y ni se veía el fin

de la Ciencia, ni la sed de saber encontraba donde saciarse por

completo. Ya habían recorrido toda la atmósfera que rodea nuestro

planeta; y la buena pluma, cansada y aburrida, sin fuerzas para avanzar

más, giraba alrededor de su eje con desorden y aturdimiento, como un

astro que se vuelve loco y olvida la ley de su rotación.

«¡Ay! vientecillo--exclamaba lánguidamente,--ya estoy confusa, ya estoy

mareada. ¿De qué vale la ciencia, si al fin, después de tanto investigar

más me espanta lo que ignoro que me satisface lo que sé ¡Ay! compañero

mío de desengaños, _sólo sé que no se una condenada palabra de nada._

Esto es para volverse una loca. Llévame á un sitio recóndito donde

encuentre el consuelo del olvido. Quiero aniquilarme; quiero reposar en

completa calma, dando paz al pensamiento y á la imaginación siempre

ambiciosa. ¡Cuántas equivocaciones en tan breve tiempo! Ni el amor, ni

el placer, ni la gloria, ni la religión, ni la ciencia me satisfacen. El

lugar de paz y de contento perdurable con que soñaba para pasar la vida,

no se encuentra en parte alguna. Experiencia lenta y dolorosa, ¿de qué

sirves? Si ese lugar que busco no existe por aquí, forzosamente ha de

existir en alguna otra región. Busquémoslo, amigo leal y ya

inseparable.... Veo que no estás menos aburrido y desilusionado que yo.

¡Ay! yo desfallezco; apenas puedo sostenerme en tus brazos; todo me

desagrada: el aire, la luz, los árboles, la mar, el espacio, las

estrellas, el sol.»

Fijaron la vista en la tierra, de la cual muy cerca estaban, y vieron

una como procesión que se dirigía á un bosquecillo frondoso, entre cuya

verdura se destacaban objetos de blanquísimo mármol. Era un cementerio,

y la procesión un entierro. Observaron nuestros viajeros que sobre la

tierra había sido colocado un ataúd pequeño y azul. Abriéronlo algunos

de los circunstantes, y todos los demás se agruparon en derredor para

ver las facciones de la muerta: era una niña como de diez años, coronada

de flores, las manecitas cruzadas en actitud de rezar no se sabe qué y

semejante á un ángel de cera, tan bonito y puro, que al verle todos se

admiraban de que se hubiera tomado el trabajo de vivir.

«Aquí, aquí quiero estar siempre, querido vientecillo. Suéltame, déjame

caer»--dijo la pluma, desasiéndose de los brazos de su amado conductor,

para caer dentro del ataúd.

Este se cerró, y el vientecillo, que empezaba á dar revoloteos para

sacarla con maña, no pudo conseguirlo, y la pluma quedó dentro.

¿Acabarán con esto tus paseos, oh alma humana?

Abril de 1872.

Torquemada en la hoguera · 第 40 / 64 题