CANTO SEGUNDO

Pronto se hallaron muy cerca de un soberbio palacio de mármol, tan

grande y bello que hasta el mismo genio misterioso, que conducía á

nuestra amiga, se quedó absorto ante tanta magnificencia. Oíanse por

allí algazaras como de baile ó festín, y músicas sorprendentes. Flotaban

banderas en los minaretes y azoteas, y por las ventanas se veía

discurrir la gente alegre y bulliciosa.

«Adentro, amiguito--dijo la pluma;--colémonos por este balcón que está

de par en par abierto.»

Así lo hicieron, encontrándose dentro de una gran sala en la cual había

hasta cien personas sentadas alrededor de vasta mesa, llena de ricos

manjares y adornada de flores, todo puesto con arte y soberana

magnificencia. Era igual el número de hombres al de mujeres; y si entre

aquéllos los había de distintas edades, éstas eran todas jóvenes y

hermosas. Los criados vestían riquísimos trajes, y un sin fin de músicos

tocaban armoniosas sonatas en lo alto de una gran tribuna.

Los convidados estaban tendidos sobre cojines cubiertos de vistosos

tapices; ellas adornadas con flores, y tan ligera y graciosamente

vestidas, que su hermosura no podía menos de aparecer realzada con

atavíos tan indiscretos. Las carcajadas, las voces y la música,

impresionando el oído; el aroma de las flores y el olor aperitivo de las

comidas y licores, hiriendo el olfato; la viveza de las miradas, la

variedad de colores, afectando la vista, producían en aquel recinto una

fascinación que habría dado al traste con la fortaleza de todos los

ermitaños de la Tebaida.

La pluma, divagando por la bóveda del salón sintió que desde la mesa

subían á acariciar sus sentidos los dulces vapores de la mesa, y se

embriagaba con la fragancia de los vinos, escanciados sin cesar en copas

de oro. Su entusiasmo y alegría no tenían límites, y la lengua se le

soltó de tal modo, que no cesó de hablar en todo el día, diciendo a su

compañero y conductor:

«Esto si que es delicioso, amiguito; esto sí que es vivir. ¡Bien te

decía yo que aquí habíamos de encontrar la felicidad; bien me lo

anunciaba el corazón! Me están volviendo tarumba las emanaciones de esas

aves, de esas especias, de esas frutas, de esos licores que parecen,

llevar en sí gérmenes de vida y nos infunden aliento y júbilo. Repara en

la incitante belleza do esas mujeres: ¡qué miradas! ¡qué senos! ¡qué

admirable configuración la de sus cuerpos! ¡qué encantadora risa en sus

labios! Pero ¿no te vuelves loco como yo? Aquí he de estarme toda la

vida, ¿sabes? No hay duda que la vida es el placer, y buenos tontos

serán los que se anden por ahí discurriendo insulsamente por montes y

valles. ¡Y yo fuí tan imbécil que vi la felicidad en el amor insípido

que me inspiró aquella pastora! ¡Qué fácilmente nos equivocamos!... pero

ya he conocido mi error, y tengo la seguridad de no equivocarme más. Es

que ya voy teniendo mucha experiencia, no te creas, y de aquí en

adelante ya sé lo que tengo que hacer. Gracias á Dios que encontré lo

definitivo: aquí, aquí hasta que me muera. ¡Qué placer, y qué

embriaguez, y qué mareo tan deliciosos! ¡Sublime es esto, y cuan

desgraciados los que no lo conocen!»

La comida avanzaba, y la locura de los comensales tocaba á su límite:

las ánforas habían dado ya su última ofrenda de vino; los convidados las

habían hecho llenar de nuevo, y hasta las mujeres, aturdidas, ó gritaban

como furias ó callaban con perezoso recogimiento.

La pluma se sintió también atontada: empezó á dar vueltas y más vueltas

en el aire, hasta que poco á poco perdió la conciencia de lo que allí

ocurría. Conservando un resto de vago conocimiento, sintió que las voces

se alejaban; que caían los muebles; que se rompían con estrépito los

vasos; que callaban los músicos; que, obscurecido el sol, lo sustituía

una débil claridad de antorchas; que éstas se extinguían después; que

todo quedaba en silencio. Entonces se sintió caer, abandonada de su

misterioso genio amigo: vió las flores marchitas y pisoteadas por el

suelo, los restos de la comida arrojados en desorden y exhalando

repugnante olor; todo revuelto y disperso, y ningún ser vivo en la sala.

En su desmayo juzgó que pasaban lentamente horas y más horas, que luego

amanecía, y que por fin alguien daba señales de vida en aquel palacio,

ayer del regocijo y hoy de la tristeza. Los pasos se acercaban, y manos

desconocidas intentaron poner en orden los restos del festín. Luego se

sintió arrastrada violentamente á impulsos de un objeto áspero: abrió

los ojos, ya con la cabeza despejada, y vió que era impelida por una

escoba. La barrían juntamente con multitud de objetos despreciables,

ajados, repugnantes y pestíferos: hojas de flores pisoteadas, pedazos de

cristal aún mojados en vino, huesos de frutas aún cubiertos de saliva,

cortezas de pan, espinas de salmón con alguna hilacha de carne, una

cinta manchada de salsa, fresas espachurradas, entre las cuales lucía un

alfiler teñido del zumo rojizo y que semejaba el puñal de un asesino,

piltrafas de jamón, cascaritas de hojaldre y algunos ojos de pescado que

aún fijos á sus rotas cabezas, parecían contemplar con asombro y terror

semejante espectáculo.

Entre estos objetos, rodando todos en tropel, fue nuestra pluma empujada

por la escoba hasta parar á un gran cesto, de donde la arrojaron á un

corral mil veces más inmundo que aquel de donde había salido. Al verse

entre tanta basura, magullada, rota, sucia, oliendo á vino, á especias,

á grasa, á saliva, empezó á lamentarse con estas patéticas frases:

«¡Ay, vientecillo de mi alma, levántame y sácame de aquí, por Dios y

todos los santos! Me muero en este montón de inmundicia; yo quiero ser

libre y pura como antes. A fe que te has lucido, plumita. ¡Qué error tan

grosero! En buena parte has venido á concluir aquella brillante jornada

de placer y felicidad. Que no me digan á mí que el placer lleva consigo

otra cosa que degradaciones, bajezas, dolores y miserias. ¡Por un ratito

de gozo, cuánta amargura! Y gracias á Dios que he salido con vida.

Afortunadamente no seré yo quien vuelva á caer. Sácame de aquí, amigo,

así te dé Dios todos los reinos de la tierra y del mar; sácame ó me

muero en esta podredumbre.»

El geniecillo la levantó con rapidez á grandísima altura, y allá arriba

se ahuecó toda, llena de contento, para purificarse y orear su cuerpo.

Apartó la vista del palacio y de la ciudad, y ambos siguieron luego su

camino sin saber a dónde iban.

«Ni los campos tranquilamente fastidiosos; ni los palacios, que son

mansión del hastío, me hacen a mi maldita gracia--decía la pluma.--Por

fuerza hemos de encontrar pronto lo que cuadra a mi genio. ¿Ves? O yo me

engaño mucho, o aquel gentío que ocupa la llanura que tenemos delante,

nos va a detener allí con el espectáculo de algún acto sublime. Vamos

pronto, que ya siento viva curiosidad. O yo no sé lo que son ejércitos,

o lo que allí se divisa son dos que van a encontrarse y a reñir.

¡Sublime acontecimiento! ¡Bendito sea Dios que nos ha deparado ocasión

de presenciar una batalla! He aquí una cosa que me entusiasma. Me pirro

yo por las batallas. ¡La gloria! Te digo que se me va la cabeza cuando

hablo de esto. Tarde ha sido, amigo, pero al fin he encontrado la norma

de mi destino. Mira, ya van a empezar. Coloquémonos encima de aquellos

que parecen ser los caudillos de uno de los dos ejércitos, y veamos la

que se va a armar aquí.

Torquemada en la hoguera · 第 37 / 64 题