Pronto se hallaron muy cerca de un soberbio palacio de mármol, tan
grande y bello que hasta el mismo genio misterioso, que conducía á
nuestra amiga, se quedó absorto ante tanta magnificencia. Oíanse por
allí algazaras como de baile ó festín, y músicas sorprendentes. Flotaban
banderas en los minaretes y azoteas, y por las ventanas se veía
discurrir la gente alegre y bulliciosa.
«Adentro, amiguito--dijo la pluma;--colémonos por este balcón que está
de par en par abierto.»
Así lo hicieron, encontrándose dentro de una gran sala en la cual había
hasta cien personas sentadas alrededor de vasta mesa, llena de ricos
manjares y adornada de flores, todo puesto con arte y soberana
magnificencia. Era igual el número de hombres al de mujeres; y si entre
aquéllos los había de distintas edades, éstas eran todas jóvenes y
hermosas. Los criados vestían riquísimos trajes, y un sin fin de músicos
tocaban armoniosas sonatas en lo alto de una gran tribuna.
Los convidados estaban tendidos sobre cojines cubiertos de vistosos
tapices; ellas adornadas con flores, y tan ligera y graciosamente
vestidas, que su hermosura no podía menos de aparecer realzada con
atavíos tan indiscretos. Las carcajadas, las voces y la música,
impresionando el oído; el aroma de las flores y el olor aperitivo de las
comidas y licores, hiriendo el olfato; la viveza de las miradas, la
variedad de colores, afectando la vista, producían en aquel recinto una
fascinación que habría dado al traste con la fortaleza de todos los
ermitaños de la Tebaida.
La pluma, divagando por la bóveda del salón sintió que desde la mesa
subían á acariciar sus sentidos los dulces vapores de la mesa, y se
embriagaba con la fragancia de los vinos, escanciados sin cesar en copas
de oro. Su entusiasmo y alegría no tenían límites, y la lengua se le
soltó de tal modo, que no cesó de hablar en todo el día, diciendo a su
compañero y conductor:
«Esto si que es delicioso, amiguito; esto sí que es vivir. ¡Bien te
decía yo que aquí habíamos de encontrar la felicidad; bien me lo
anunciaba el corazón! Me están volviendo tarumba las emanaciones de esas
aves, de esas especias, de esas frutas, de esos licores que parecen,
llevar en sí gérmenes de vida y nos infunden aliento y júbilo. Repara en
la incitante belleza do esas mujeres: ¡qué miradas! ¡qué senos! ¡qué
admirable configuración la de sus cuerpos! ¡qué encantadora risa en sus
labios! Pero ¿no te vuelves loco como yo? Aquí he de estarme toda la
vida, ¿sabes? No hay duda que la vida es el placer, y buenos tontos
serán los que se anden por ahí discurriendo insulsamente por montes y
valles. ¡Y yo fuí tan imbécil que vi la felicidad en el amor insípido
que me inspiró aquella pastora! ¡Qué fácilmente nos equivocamos!... pero
ya he conocido mi error, y tengo la seguridad de no equivocarme más. Es
que ya voy teniendo mucha experiencia, no te creas, y de aquí en
adelante ya sé lo que tengo que hacer. Gracias á Dios que encontré lo
definitivo: aquí, aquí hasta que me muera. ¡Qué placer, y qué
embriaguez, y qué mareo tan deliciosos! ¡Sublime es esto, y cuan
desgraciados los que no lo conocen!»
La comida avanzaba, y la locura de los comensales tocaba á su límite:
las ánforas habían dado ya su última ofrenda de vino; los convidados las
habían hecho llenar de nuevo, y hasta las mujeres, aturdidas, ó gritaban
como furias ó callaban con perezoso recogimiento.
La pluma se sintió también atontada: empezó á dar vueltas y más vueltas
en el aire, hasta que poco á poco perdió la conciencia de lo que allí
ocurría. Conservando un resto de vago conocimiento, sintió que las voces
se alejaban; que caían los muebles; que se rompían con estrépito los
vasos; que callaban los músicos; que, obscurecido el sol, lo sustituía
una débil claridad de antorchas; que éstas se extinguían después; que
todo quedaba en silencio. Entonces se sintió caer, abandonada de su
misterioso genio amigo: vió las flores marchitas y pisoteadas por el
suelo, los restos de la comida arrojados en desorden y exhalando
repugnante olor; todo revuelto y disperso, y ningún ser vivo en la sala.
En su desmayo juzgó que pasaban lentamente horas y más horas, que luego
amanecía, y que por fin alguien daba señales de vida en aquel palacio,
ayer del regocijo y hoy de la tristeza. Los pasos se acercaban, y manos
desconocidas intentaron poner en orden los restos del festín. Luego se
sintió arrastrada violentamente á impulsos de un objeto áspero: abrió
los ojos, ya con la cabeza despejada, y vió que era impelida por una
escoba. La barrían juntamente con multitud de objetos despreciables,
ajados, repugnantes y pestíferos: hojas de flores pisoteadas, pedazos de
cristal aún mojados en vino, huesos de frutas aún cubiertos de saliva,
cortezas de pan, espinas de salmón con alguna hilacha de carne, una
cinta manchada de salsa, fresas espachurradas, entre las cuales lucía un
alfiler teñido del zumo rojizo y que semejaba el puñal de un asesino,
piltrafas de jamón, cascaritas de hojaldre y algunos ojos de pescado que
aún fijos á sus rotas cabezas, parecían contemplar con asombro y terror
semejante espectáculo.
Entre estos objetos, rodando todos en tropel, fue nuestra pluma empujada
por la escoba hasta parar á un gran cesto, de donde la arrojaron á un
corral mil veces más inmundo que aquel de donde había salido. Al verse
entre tanta basura, magullada, rota, sucia, oliendo á vino, á especias,
á grasa, á saliva, empezó á lamentarse con estas patéticas frases:
«¡Ay, vientecillo de mi alma, levántame y sácame de aquí, por Dios y
todos los santos! Me muero en este montón de inmundicia; yo quiero ser
libre y pura como antes. A fe que te has lucido, plumita. ¡Qué error tan
grosero! En buena parte has venido á concluir aquella brillante jornada
de placer y felicidad. Que no me digan á mí que el placer lleva consigo
otra cosa que degradaciones, bajezas, dolores y miserias. ¡Por un ratito
de gozo, cuánta amargura! Y gracias á Dios que he salido con vida.
Afortunadamente no seré yo quien vuelva á caer. Sácame de aquí, amigo,
así te dé Dios todos los reinos de la tierra y del mar; sácame ó me
muero en esta podredumbre.»
El geniecillo la levantó con rapidez á grandísima altura, y allá arriba
se ahuecó toda, llena de contento, para purificarse y orear su cuerpo.
Apartó la vista del palacio y de la ciudad, y ambos siguieron luego su
camino sin saber a dónde iban.
«Ni los campos tranquilamente fastidiosos; ni los palacios, que son
mansión del hastío, me hacen a mi maldita gracia--decía la pluma.--Por
fuerza hemos de encontrar pronto lo que cuadra a mi genio. ¿Ves? O yo me
engaño mucho, o aquel gentío que ocupa la llanura que tenemos delante,
nos va a detener allí con el espectáculo de algún acto sublime. Vamos
pronto, que ya siento viva curiosidad. O yo no sé lo que son ejércitos,
o lo que allí se divisa son dos que van a encontrarse y a reñir.
¡Sublime acontecimiento! ¡Bendito sea Dios que nos ha deparado ocasión
de presenciar una batalla! He aquí una cosa que me entusiasma. Me pirro
yo por las batallas. ¡La gloria! Te digo que se me va la cabeza cuando
hablo de esto. Tarde ha sido, amigo, pero al fin he encontrado la norma
de mi destino. Mira, ya van a empezar. Coloquémonos encima de aquellos
que parecen ser los caudillos de uno de los dos ejércitos, y veamos la
que se va a armar aquí.