Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos
miraron al techo, y como no veían nada, se contemplaban los unos á los
otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y
chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las
palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la
sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.
Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las
figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin
ruido. El coche del tranvía subió á lo alto de los montes, y los Reyes
se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso
dentro del Portal, y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber
el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron
tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin
desorden, después se armó una baraúnda tal, que parecían andar por allí
cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal
en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos
seculares; el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus
espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el
tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de
horribles vientos, y como se apagaron muchas luces resultó nublado el
sol y obscurecidas las luminarias del día y de la noche.
Entre el estupor que tal fenómeno producía algunos pequeñuelos reían
locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:
«¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que
están en el cielo, y los cuales permite Padre Dios, esta noche, que
vengan á jugar con los Nacimientos.»
Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.
Acudieron muchos de los presentes á examinar los estragos, y un señor
dijo:
«Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.»
Empezaron á recoger las figuras y á ponerlas en orden. Después del
minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó
de menos algo. Buscaron y rebuscaron; pero sin resultado. Faltaban dos
figuras: la Mula y el Buey.
X
Ya cercano el día, iban los alborotadores camino del cielo, más
contentos que unas Pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran
millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas
y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la
tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar
los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como
cuando el firmamento se llena de nubes.
«A prisa, á prisa, caballeritos, que va á ser de día--dijo uno,--y el
Abuelo nos va á reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos
de este año.... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos...!»
Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas
altitudes, se atolondraba un poco.
«Ven acá--le dijo uno,--dame la mano y volarás más derecha.... Pero ¿qué
llevas ahí?
--Esto--repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales
de barro.--Son pa mí, pa mí.
--Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de
la tierra. Has de saber que aunque en el Cielo tenemos juegos eternos;
siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que
enredemos un poco en los Nacimientos. Allá arriba se divierten también
esta noche, y yo creo que nos mandan abajo por que les mareamos con el
gran ruido que metemos.... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por
las casas, es á condición de que no hemos de coger nada, y tú has
afanado eso.»
Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más
contra su pecho los dos animales, repitió:
--Pa mí, pa mí.
--Mira, tonta,--añadió el otro,--que si no haces caso nos vas á dar un
disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la
tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en
esta nube.»
Al fin Celinina cedió, y bajando, entregó á la tierra su hurto.