IX

Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos

miraron al techo, y como no veían nada, se contemplaban los unos á los

otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y

chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las

palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la

sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.

Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las

figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin

ruido. El coche del tranvía subió á lo alto de los montes, y los Reyes

se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso

dentro del Portal, y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber

el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron

tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin

desorden, después se armó una baraúnda tal, que parecían andar por allí

cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal

en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos

seculares; el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus

espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el

tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de

horribles vientos, y como se apagaron muchas luces resultó nublado el

sol y obscurecidas las luminarias del día y de la noche.

Entre el estupor que tal fenómeno producía algunos pequeñuelos reían

locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:

«¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que

están en el cielo, y los cuales permite Padre Dios, esta noche, que

vengan á jugar con los Nacimientos.»

Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.

Acudieron muchos de los presentes á examinar los estragos, y un señor

dijo:

«Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.»

Empezaron á recoger las figuras y á ponerlas en orden. Después del

minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó

de menos algo. Buscaron y rebuscaron; pero sin resultado. Faltaban dos

figuras: la Mula y el Buey.

X

Ya cercano el día, iban los alborotadores camino del cielo, más

contentos que unas Pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran

millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas

y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la

tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar

los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como

cuando el firmamento se llena de nubes.

«A prisa, á prisa, caballeritos, que va á ser de día--dijo uno,--y el

Abuelo nos va á reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos

de este año.... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos...!»

Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas

altitudes, se atolondraba un poco.

«Ven acá--le dijo uno,--dame la mano y volarás más derecha.... Pero ¿qué

llevas ahí?

--Esto--repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales

de barro.--Son pa mí, pa mí.

--Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de

la tierra. Has de saber que aunque en el Cielo tenemos juegos eternos;

siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que

enredemos un poco en los Nacimientos. Allá arriba se divierten también

esta noche, y yo creo que nos mandan abajo por que les mareamos con el

gran ruido que metemos.... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por

las casas, es á condición de que no hemos de coger nada, y tú has

afanado eso.»

Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más

contra su pecho los dos animales, repitió:

--Pa mí, pa mí.

--Mira, tonta,--añadió el otro,--que si no haces caso nos vas á dar un

disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la

tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en

esta nube.»

Al fin Celinina cedió, y bajando, entregó á la tierra su hurto.

Torquemada en la hoguera · 第 29 / 64 题