Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fué
su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos
animalillos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la
madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de
todos, entró en la tierra apretando en sus frías manecitas la Mula y el
Buey.
Diciembre de 1876.