En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación, como si
el dolor, internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las
puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.
Era Noche-Buena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada
de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás
casas, resonaban placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos,
y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde
la sala donde estaba la niña difunta, las piadosas mujeres que le hacían
compañía oyeron espantosa algazara, que al través del pavimento del piso
superior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto
recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados con mayor
número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías,
celebraban la Pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento
que era dado imaginar, y atentos al fruto de juguetes y dulces que en
sus ramas llevaba un frondoso árbol con mil vistosas candilejas
alumbrado.
Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba, parecía que
retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en
su caja azul, y que las luces todas oscilaban, cual si, á su manera,
quisieran dar á entender también que estaban algo peneques. De las tres
mujeres que velaban, se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo
en su cabeza grandísimo peso, á causa sin duda del cansancio producido
por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba y se durmió.
Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, á pesar de que no
entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban
en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina
se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el
paso de una brisa juguetona ó de manos muy suaves. Entonces Celinina
abrió los ojos.
Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que
echaron en derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después, separó
las manos sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y
cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en
los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin
esfuerzo alguno, y mirando al techo, se echó á reir; pero su risa,
sensible á la vista, no podía oirse. El único rumor que fácilmente se
percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las
palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y
rozaran con sus plumas el techo y las paredes.
Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le
nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire,
levantó el vuelo y desapareció.
Todo continuaba lo mismo: las luces ardiendo, derramando en copiosos
chorros la blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio
sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la
mujer sumida plácidamente en un sueño que debía saberle á gloria; todo
seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.