VI

En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación, como si

el dolor, internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las

puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.

Era Noche-Buena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada

de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás

casas, resonaban placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos,

y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde

la sala donde estaba la niña difunta, las piadosas mujeres que le hacían

compañía oyeron espantosa algazara, que al través del pavimento del piso

superior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto

recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados con mayor

número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías,

celebraban la Pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento

que era dado imaginar, y atentos al fruto de juguetes y dulces que en

sus ramas llevaba un frondoso árbol con mil vistosas candilejas

alumbrado.

Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba, parecía que

retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en

su caja azul, y que las luces todas oscilaban, cual si, á su manera,

quisieran dar á entender también que estaban algo peneques. De las tres

mujeres que velaban, se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo

en su cabeza grandísimo peso, á causa sin duda del cansancio producido

por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba y se durmió.

Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, á pesar de que no

entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban

en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina

se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el

paso de una brisa juguetona ó de manos muy suaves. Entonces Celinina

abrió los ojos.

Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que

echaron en derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después, separó

las manos sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y

cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en

los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin

esfuerzo alguno, y mirando al techo, se echó á reir; pero su risa,

sensible á la vista, no podía oirse. El único rumor que fácilmente se

percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las

palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y

rozaran con sus plumas el techo y las paredes.

Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le

nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire,

levantó el vuelo y desapareció.

Todo continuaba lo mismo: las luces ardiendo, derramando en copiosos

chorros la blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio

sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la

mujer sumida plácidamente en un sueño que debía saberle á gloria; todo

seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.

Torquemada en la hoguera · 第 26 / 64 题