IV

El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de

inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero

muy á menudo entraba en ella para ver como iba la enfermita. El mal

seguía su marcha con alternativas traidoras: unas veces dando esperanzas

de remedio, otras quitándolas.

El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con

la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se

apartaba de su imaginación. Atento á lo que pudiera contribuir á

regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba á

la casa, le traía algún regalito de Pascua, variando siempre de objeto y

especie, pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una

manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar;

otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al

siguiente á San José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con

unas preciosas ovejas, á quien conducían gallardos pastores, y luego se

hizo acompañar de unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que

vendía chorizos, y de un Rey Mago negro, al cual sucedió otro de barba

blanca y corona de oro. Por traer, hasta trajo una vieja que daba azotes

en cierta parte á un chico por no saber la lección.

Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo

necesario á la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella

obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales: la

mula y el buey. Ella no sabía lo que significaba la tal mula ni el tal

buey; pero atenta á que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y

otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en

Santa Cruz.

Él prometió traerlos, y en su corazón hizo propósito firmísimo de no

volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y

quehaceres se le aumentaron de tal modo, que no tuvo un punto de reposo.

Además de esto, quiso el Cielo que se sacase la lotería, que tuviera

noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le

embarazaran toda la mañana... en fin, el padre entró en la casa sin la

mula, pero también sin el buey.

Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían á completar su

tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto

remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente

durante el día; vino el médico, y como sus palabras no eran

tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, mas tampoco en mulas.

El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por

breve rato un alivio tan patente, que todos concibieron esperanzas, y

lleno de alegría, dijo el padre: «Voy al punto á buscar eso.»

Pero como cae rápidamente un ave herida al remontar el vuelo á lo más

alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se

agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que

la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su

delirio, y sobre el revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el

único objeto salvado de un cataclismo, la idea fija del deseo que no

había sido satisfecho; de aquella codiciada mula y de aquel suspirado

buey, que aún proseguían en estado de esperanza.

El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de

ellas se detuvo y dijo: «¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?»

Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y

abrió puertas sin reposar un instante, hasta que hubo juntado siete ú

ocho médicos, y les llevó á su casa. Era preciso salvar á Celinina.

V

Pero Dios no quiso que los siete ú ocho (pues la cifra no se sabe á

punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él

había dado, y Celinina fué cayendo, cayendo más á cada hora, y llegó á

estar abatida, abrasada, luchando con indescriptibles congojas, como la

mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas

rotas. Los padres se inclinaban junto á ella con afán insensato, cual si

quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se

iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento

renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un suspiro.

Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegre chasquido de panderos.

Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre; miró á

su padre, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía

venir ya de lenguas de este mundo, pidió á su padre lo que éste no había

querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre, quisieron

engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema

aflicción, y presentándole los pavos, le dijeron:--«Mira, hija de mi

alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito.»

Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su

entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los

rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus

padres, y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco á

poco fué extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último

vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj

que se para; y la linda Celinina fué un gracioso bulto, inerte y frío

como mármol, blanco y transparente como la purificada cera que arde en

los altares.

¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara

á la vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los

bueyes y todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea

de no haber satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y

fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería

arrancársela; pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces

como la que dormía en el ataúd, y daba más importancia á un juguete que

á todas las cosas de la tierra y del cielo?

Torquemada en la hoguera · 第 25 / 64 题