El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de
inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero
muy á menudo entraba en ella para ver como iba la enfermita. El mal
seguía su marcha con alternativas traidoras: unas veces dando esperanzas
de remedio, otras quitándolas.
El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con
la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se
apartaba de su imaginación. Atento á lo que pudiera contribuir á
regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba á
la casa, le traía algún regalito de Pascua, variando siempre de objeto y
especie, pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una
manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar;
otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al
siguiente á San José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con
unas preciosas ovejas, á quien conducían gallardos pastores, y luego se
hizo acompañar de unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que
vendía chorizos, y de un Rey Mago negro, al cual sucedió otro de barba
blanca y corona de oro. Por traer, hasta trajo una vieja que daba azotes
en cierta parte á un chico por no saber la lección.
Conocedora Celinina, por lo que charlaban sus primos, de todo lo
necesario á la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella
obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales: la
mula y el buey. Ella no sabía lo que significaba la tal mula ni el tal
buey; pero atenta á que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y
otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en
Santa Cruz.
Él prometió traerlos, y en su corazón hizo propósito firmísimo de no
volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y
quehaceres se le aumentaron de tal modo, que no tuvo un punto de reposo.
Además de esto, quiso el Cielo que se sacase la lotería, que tuviera
noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le
embarazaran toda la mañana... en fin, el padre entró en la casa sin la
mula, pero también sin el buey.
Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían á completar su
tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto
remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente
durante el día; vino el médico, y como sus palabras no eran
tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, mas tampoco en mulas.
El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por
breve rato un alivio tan patente, que todos concibieron esperanzas, y
lleno de alegría, dijo el padre: «Voy al punto á buscar eso.»
Pero como cae rápidamente un ave herida al remontar el vuelo á lo más
alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se
agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que
la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su
delirio, y sobre el revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el
único objeto salvado de un cataclismo, la idea fija del deseo que no
había sido satisfecho; de aquella codiciada mula y de aquel suspirado
buey, que aún proseguían en estado de esperanza.
El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de
ellas se detuvo y dijo: «¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?»
Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y
abrió puertas sin reposar un instante, hasta que hubo juntado siete ú
ocho médicos, y les llevó á su casa. Era preciso salvar á Celinina.
V
Pero Dios no quiso que los siete ú ocho (pues la cifra no se sabe á
punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él
había dado, y Celinina fué cayendo, cayendo más á cada hora, y llegó á
estar abatida, abrasada, luchando con indescriptibles congojas, como la
mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas
rotas. Los padres se inclinaban junto á ella con afán insensato, cual si
quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se
iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento
renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un suspiro.
Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegre chasquido de panderos.
Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre; miró á
su padre, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía
venir ya de lenguas de este mundo, pidió á su padre lo que éste no había
querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre, quisieron
engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema
aflicción, y presentándole los pavos, le dijeron:--«Mira, hija de mi
alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito.»
Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su
entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los
rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus
padres, y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco á
poco fué extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último
vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj
que se para; y la linda Celinina fué un gracioso bulto, inerte y frío
como mármol, blanco y transparente como la purificada cera que arde en
los altares.
¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara
á la vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los
bueyes y todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea
de no haber satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y
fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería
arrancársela; pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces
como la que dormía en el ataúd, y daba más importancia á un juguete que
á todas las cosas de la tierra y del cielo?