Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres.
Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la
verdad del aforismo _angelitos al cielo_, que los amigos administran
como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la
verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco
podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la
muerte de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada á su
dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no
comprendían que ninguna pena superase á aquélla que destrozaba sus
entrañas.
Mil recuerdos é imágenes dolorosas les herían, tomando forma de
agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin
cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al
revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas
caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más
tierna que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza á un
niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con
cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros
vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte
de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los
idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres
años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las
familias. ¿Cómo había de olvidar la madre aquella lengüecita de trapo,
que llamaba al sombrero _tumeyo_ y al garbanzo _babancho_?
Para colmo de aflicción, vió la buena señora por todas partes los
objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días; y como éstos
eran los que preceden á Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con
patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios,
semejante á una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en
arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres
figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allí, puestas en
ésta ó en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que
había volado al cielo lo sabían.
Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de
Celinina, ó vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste,
que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda,
sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser.
¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro!
¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos, que su vista
sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura
moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos á sus padres y les pedía
que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más
triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre
clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de
postura había perdido el pico y el moco.