El cual era en extremo pesado, y tenía un mirar tan parecido á la
estupefacción inalterable de las estatuas, que al verle y oirle venían á
la memoría los solemnes discursos de las esfinges ó los augurios de
cualquier oráculo ó pitonisa. Hablaba en voz baja y en tono algo
cavernoso, lo que no dejaba de estar en armonía con la amarillez de su
semblante y con los cabellos largos que entrambos lados de la cabeza le
caían. Era además tan lúgubre en su carácter y en sus costumbres, que no
faltaba razón á los que habían dado en llamarle _sepulturero_.
Con el desdichado autor de quien nos venimos ocupando, tenía este hombre
amistad antigua: ambos habían corrido juntos multitud de aventuras, y
sin separarse navegaron por los revueltos golfos del periodismo hasta
encallar en los arrecifes de una oficina, de donde no tardó en
arrojarlos un cambio ministerial, y se embarcaron de nuevo en la prensa
en busca de posición social. Comunicábanse sus desgracias y placeres,
partiendo unos y otros fraternalmente, y se ayudaban en sus respectivas
crisis financieras, haciéndose mutuos empréstitos, y girando el uno
contra el otro cuantiosas letras, á pagar noventa días después del
Juicio final. El lúgubre, principálmente, era un gran Ministro de
Hacienda, y resolvía todos sus apuros por medio de grandes acometidas al
bolsillo del joven escritor, que tenía, entre otras cualidades, la de
despreciar las vanas riquezas.
En cambio de estos servicios, el _sepulturero_ ayudaba en sus amores al
escritor, que era por extremo sensible, idealista de la clase más
anticuada, si bien esto se compensaba por su habilidad en escribir
billetes amorosos, manifestación literaria á que sólo sus artículos
políticos podían igualarse. También se consagraba el otro á tales
entretenimientos; pero en su calidad de gran financiero, jamás le pasó
por las mientes, como al escritorcillo, la insensata idea de casarse.
--Vengo a ponerte sobre aviso--dijo con su hueca, apagada y profunda
voz el lúgubre.--Ha llegado.
Los dos amigos eran asiduos concurrentes á la ópera, y solían amenizar
sus conversaciones con los cantos y romanzas de que tenían llena la
cabeza; y á veces, cuando en el diálogo encajaba bien, soltaban algún
recitativo. Por eso cuando el lúgubre dijo: _Ha venido_, el periodista
cantó con afectación de sobresalto:
--_¿L'incógnito amante della Rossina?_
--_Apunto quello_,--contestó el otro.
--¡Qué contrariedad! ¿Pues no decían que ese hombre no vendría, que
habia ya renunciado á sus proyectos de matrimonio? ¿No estaban, lo mismo
Juanita que su madre, convencidas de que la familia de ese gaznápiro no
podía consentir en semejante boda?
--Ahí verás. Él se ha escapado de su casa y dice que viene resuelto á
dar su blanca mano. Ya sabes que la pécora de Doña Lorenza bebe los
vientos por atraparle, porque parece ha de heredar cuando muera su tía,
el título de Marqués de los Cuatro Vientos. Es rico: Doña Lorenza sabe
de memoria el número de carneros, bueyes y asnos que posee en sus
dehesas _il tuo rivale_, y está loca de contento. Si no casa á su hija
con él, creo que revienta.
--¡Pero Juanita, Juanita!--exclamó el escritor, mirando al
techo.--Juanita no puede ceder á las despóticas exigencias de esa
tarasca de su madre.
--_La ragazza_ te quiere; pero si su madre se emperra en que no, y que
no... Yo creo que de esta vez te quedas con tres palmos de narices.
Cuando todas las contrariedades estaban allanadas, viene ese antiguo
pretendiente, que si no agrada á la hija, agrada á la mamá, y esto
basta. _¡Poverino!_
--¡Quita allá!... yo no lo puedo creer. La chica se resistirá; ha jurado
no tener más esposo que yo.
--Sí. Pero tanto la sermonean.... La madre es una rata de Iglesia;
frecuentan su casa, como sabes, multitud de clérigos que, según dicen,
le tienen trastornado el juicio. Le han llevado el cuento de que tú eres
un revolucionario impío; que insultas á Dios y á la Virgen en tus
artículos; que estás excomulgado, y que debes de tener rabo, como los
judíos. Doña Lorenza, que oye siete misas al día y se confiesa dos veces
por semana, te detesta como si fueras el mismo Judas. Ella infundirá
este odio á su niña, haciéndole creer que eres descendiente de Caifás, y
que se va á condenar si se casa contigo.
--¡Monstruoso, inconcebible!
--Esa familia, chico, es la madriguera del obscurantismo. ¡Qué rancias
ideas y costumbres! En vano un espíritu fuerte, como Juanita, se
esfuerza en romper los nudos de la tutela estúpida con que se la quiere
oprimir. Tendrá que dejarte, y se casará con ese alcornoque, á quien
los clérigos y beatas que pululan en aquella casa, elogian sin cesar,
encomiando sus virtudes, su religiosidad, su grande amor á la causa
carlista y sus inmensos ganados.
--¡Maldito sea el fariseísmo!--exclamó el otro, indignado contra la
teocracia que así se introduce en el seno de las familias para torcer
los más nobles propósitos y amoldarlos á fines mundanos.
Desahogaba su ira en furibundos apóstrofes, anatemas y dicterios,
golpeando la mesa, lívido y descompuesto, cuando sintióse ruido de pasos
y apareció la fatídica estampa del mozo de la imprenta, que volvía en
busca del comenzado fondo.
--¡El artículo!--suspiró nuestro escritor, echando mano á las
cuartillas, mojando la pluma con detestable humor y echando pestes
contra todos los periódicos y todos los clérigos del orbe.
Pasados algunos segundos, pudo fijar sus ideas, y continuó su
interrumpida obra del modo siguiente:
«Meditemos. Si bien es cierto que el Gobierno tiene la misión de velar
por la conservación y prestigio de los principios morales y religiosos,
también está fuera de toda duda que el más grave error en que pueden
incurrir los poderes públicos es apegarse demasiado á las instituciones
pasadas, protegiendo la teocracia y permitiendo que los apóstoles del
obscurantismo extiendan su hipócrita y solapado dominio á toda la
sociedad. ¡Oh! la más espantosa lepra de las naciones es esa masonería
clerical, que, ansiando allegar para su causa mundada toda clase de
recursos, no vacila en apoderarse de la voluntad de las mujeres indoctas
y tímidas para entronizarse mañosamente en las familias, organizarlas á
su manera, intervenir en sus actos más secretos, atar y desatar sus
vínculos, y crear de este modo un influjo universal que, á poco de
extendido, no podrá destruirse sino con una sangrienta hecatombe. ¡Ah!
¡oh! ¡les conocemos bien!
«¿No es notorio para todo el mundo que el actual Gabinete lejos de
oponerse á tan grave mal, hace cuanto está en su mano para que tome
proporciones? ¿No estamos viendo que los órganos del obscurantismo
aplauden todos los actos del Gobierno, y que existe un pacto tácito
entre la teocracia y el poder, una comunidad de aspiraciones tal, que
parecen confundirse los poderes eclesiástico y civil, cual si viviéramos
en los tiempos del más brutal absolutismo? ¡Ah! ¡Es preciso ya decir la
verdad al país! ¡Oh! ¡Es preciso hablar muy alto y poner las cosas en su
lugar, exigiendo la responsabilidad á quien realmente la tenga!»
Aquí se paró el escritor, mil veces desdichado, porque se le acabaron
las ideas; y no pudo _decirla verdad al país_, porque su imaginación no
se apartaba de Juanita, de la impertinente y mojigata mamá, de los
clerizontes y monagos que influían en la casa, de los carneros, bueyes,
cabras y asnos del futuro Marqués de los Cuatro Vientos.