III

El cual era en extremo pesado, y tenía un mirar tan parecido á la

estupefacción inalterable de las estatuas, que al verle y oirle venían á

la memoría los solemnes discursos de las esfinges ó los augurios de

cualquier oráculo ó pitonisa. Hablaba en voz baja y en tono algo

cavernoso, lo que no dejaba de estar en armonía con la amarillez de su

semblante y con los cabellos largos que entrambos lados de la cabeza le

caían. Era además tan lúgubre en su carácter y en sus costumbres, que no

faltaba razón á los que habían dado en llamarle _sepulturero_.

Con el desdichado autor de quien nos venimos ocupando, tenía este hombre

amistad antigua: ambos habían corrido juntos multitud de aventuras, y

sin separarse navegaron por los revueltos golfos del periodismo hasta

encallar en los arrecifes de una oficina, de donde no tardó en

arrojarlos un cambio ministerial, y se embarcaron de nuevo en la prensa

en busca de posición social. Comunicábanse sus desgracias y placeres,

partiendo unos y otros fraternalmente, y se ayudaban en sus respectivas

crisis financieras, haciéndose mutuos empréstitos, y girando el uno

contra el otro cuantiosas letras, á pagar noventa días después del

Juicio final. El lúgubre, principálmente, era un gran Ministro de

Hacienda, y resolvía todos sus apuros por medio de grandes acometidas al

bolsillo del joven escritor, que tenía, entre otras cualidades, la de

despreciar las vanas riquezas.

En cambio de estos servicios, el _sepulturero_ ayudaba en sus amores al

escritor, que era por extremo sensible, idealista de la clase más

anticuada, si bien esto se compensaba por su habilidad en escribir

billetes amorosos, manifestación literaria á que sólo sus artículos

políticos podían igualarse. También se consagraba el otro á tales

entretenimientos; pero en su calidad de gran financiero, jamás le pasó

por las mientes, como al escritorcillo, la insensata idea de casarse.

--Vengo a ponerte sobre aviso--dijo con su hueca, apagada y profunda

voz el lúgubre.--Ha llegado.

Los dos amigos eran asiduos concurrentes á la ópera, y solían amenizar

sus conversaciones con los cantos y romanzas de que tenían llena la

cabeza; y á veces, cuando en el diálogo encajaba bien, soltaban algún

recitativo. Por eso cuando el lúgubre dijo: _Ha venido_, el periodista

cantó con afectación de sobresalto:

--_¿L'incógnito amante della Rossina?_

--_Apunto quello_,--contestó el otro.

--¡Qué contrariedad! ¿Pues no decían que ese hombre no vendría, que

habia ya renunciado á sus proyectos de matrimonio? ¿No estaban, lo mismo

Juanita que su madre, convencidas de que la familia de ese gaznápiro no

podía consentir en semejante boda?

--Ahí verás. Él se ha escapado de su casa y dice que viene resuelto á

dar su blanca mano. Ya sabes que la pécora de Doña Lorenza bebe los

vientos por atraparle, porque parece ha de heredar cuando muera su tía,

el título de Marqués de los Cuatro Vientos. Es rico: Doña Lorenza sabe

de memoria el número de carneros, bueyes y asnos que posee en sus

dehesas _il tuo rivale_, y está loca de contento. Si no casa á su hija

con él, creo que revienta.

--¡Pero Juanita, Juanita!--exclamó el escritor, mirando al

techo.--Juanita no puede ceder á las despóticas exigencias de esa

tarasca de su madre.

--_La ragazza_ te quiere; pero si su madre se emperra en que no, y que

no... Yo creo que de esta vez te quedas con tres palmos de narices.

Cuando todas las contrariedades estaban allanadas, viene ese antiguo

pretendiente, que si no agrada á la hija, agrada á la mamá, y esto

basta. _¡Poverino!_

--¡Quita allá!... yo no lo puedo creer. La chica se resistirá; ha jurado

no tener más esposo que yo.

--Sí. Pero tanto la sermonean.... La madre es una rata de Iglesia;

frecuentan su casa, como sabes, multitud de clérigos que, según dicen,

le tienen trastornado el juicio. Le han llevado el cuento de que tú eres

un revolucionario impío; que insultas á Dios y á la Virgen en tus

artículos; que estás excomulgado, y que debes de tener rabo, como los

judíos. Doña Lorenza, que oye siete misas al día y se confiesa dos veces

por semana, te detesta como si fueras el mismo Judas. Ella infundirá

este odio á su niña, haciéndole creer que eres descendiente de Caifás, y

que se va á condenar si se casa contigo.

--¡Monstruoso, inconcebible!

--Esa familia, chico, es la madriguera del obscurantismo. ¡Qué rancias

ideas y costumbres! En vano un espíritu fuerte, como Juanita, se

esfuerza en romper los nudos de la tutela estúpida con que se la quiere

oprimir. Tendrá que dejarte, y se casará con ese alcornoque, á quien

los clérigos y beatas que pululan en aquella casa, elogian sin cesar,

encomiando sus virtudes, su religiosidad, su grande amor á la causa

carlista y sus inmensos ganados.

--¡Maldito sea el fariseísmo!--exclamó el otro, indignado contra la

teocracia que así se introduce en el seno de las familias para torcer

los más nobles propósitos y amoldarlos á fines mundanos.

Desahogaba su ira en furibundos apóstrofes, anatemas y dicterios,

golpeando la mesa, lívido y descompuesto, cuando sintióse ruido de pasos

y apareció la fatídica estampa del mozo de la imprenta, que volvía en

busca del comenzado fondo.

--¡El artículo!--suspiró nuestro escritor, echando mano á las

cuartillas, mojando la pluma con detestable humor y echando pestes

contra todos los periódicos y todos los clérigos del orbe.

Pasados algunos segundos, pudo fijar sus ideas, y continuó su

interrumpida obra del modo siguiente:

«Meditemos. Si bien es cierto que el Gobierno tiene la misión de velar

por la conservación y prestigio de los principios morales y religiosos,

también está fuera de toda duda que el más grave error en que pueden

incurrir los poderes públicos es apegarse demasiado á las instituciones

pasadas, protegiendo la teocracia y permitiendo que los apóstoles del

obscurantismo extiendan su hipócrita y solapado dominio á toda la

sociedad. ¡Oh! la más espantosa lepra de las naciones es esa masonería

clerical, que, ansiando allegar para su causa mundada toda clase de

recursos, no vacila en apoderarse de la voluntad de las mujeres indoctas

y tímidas para entronizarse mañosamente en las familias, organizarlas á

su manera, intervenir en sus actos más secretos, atar y desatar sus

vínculos, y crear de este modo un influjo universal que, á poco de

extendido, no podrá destruirse sino con una sangrienta hecatombe. ¡Ah!

¡oh! ¡les conocemos bien!

«¿No es notorio para todo el mundo que el actual Gabinete lejos de

oponerse á tan grave mal, hace cuanto está en su mano para que tome

proporciones? ¿No estamos viendo que los órganos del obscurantismo

aplauden todos los actos del Gobierno, y que existe un pacto tácito

entre la teocracia y el poder, una comunidad de aspiraciones tal, que

parecen confundirse los poderes eclesiástico y civil, cual si viviéramos

en los tiempos del más brutal absolutismo? ¡Ah! ¡Es preciso ya decir la

verdad al país! ¡Oh! ¡Es preciso hablar muy alto y poner las cosas en su

lugar, exigiendo la responsabilidad á quien realmente la tenga!»

Aquí se paró el escritor, mil veces desdichado, porque se le acabaron

las ideas; y no pudo _decirla verdad al país_, porque su imaginación no

se apartaba de Juanita, de la impertinente y mojigata mamá, de los

clerizontes y monagos que influían en la casa, de los carneros, bueyes,

cabras y asnos del futuro Marqués de los Cuatro Vientos.

Torquemada en la hoguera · 第 19 / 64 题