Aquel vestiglo, ó en otros términos, pedazo de bárbaro, venía cubierto
de sudor, como si hubiese hecho una larga y precipitada carrera; y lo
mismo su cara que su andrajoso y mugrienta ropa parecian teñidas de un
ligero barniz obscuro. La tinta manaba de sus poros. Se diferenciaba de
un carbonero en que su tizne era más consistente y como si le saliera de
dentro. Enteramente igual á un cíclope, si no tuviera dos ojos, era el
tal una de las más poderosas palancas de la civilización moderna, porque
había recibido de la Providencia la alta misión de mover el manubrio de
una máquina de imprimir, que daba á luz diariamente millones de millones
de palabras. Viviendo la mayor parte del día en el sótano donde la
máquina civilizadora funciona, aquel hombre se había identificado con
ella; formaba parte de su mecanismo; y la armazón ingeniosa, pero
inerte, obra pura de las matemáticas, se convertía en ser inteligente
cuando al impulso del monstruo movía sus ruedas, ejes y cilindros como
si fueran órganos animados por recóndita vida. Ambos se entusiasmaban,
se confundían: ella crujiendo convulsamente y con acompasada celeridad;
él, jadeante y lleno de sudor, describiendo curvas y más curvas con su
brazo; ella recibiendo el papel para lanzarle fuera despues de haber
extendido en su superficie un mundo de ideas, y él entonando algún
cantar para hacer más llevadero su trabajo. Horas y horas pasaban de
este modo: la máquina, remedo de la naturaleza, reproduciendo en
millones de ejemplares un mismo tipo y una misma forma; el hombre,
determinando la fuerza impulsora, semejante al soplo vital en los
organismos animales. Cuando uno y otro se completaban de aquel modo,
difícil era suponerlos desunidos; y después de admirar el pasmoso
resultado de la combinación de los dos elementos, no habría sido fácil
tampoco decir cuál de los dos era más inteligente.
Pero aquel hombre desempeñaba aún otras altas funciones igualmente
encaminadas á la propagación de las luces. ¿Qué sería del pensamiento
humano si aquel bruto no tuviera la misión de arreglar la tinta de
imprimir, haciéndola más espesa ó más clara según la intensidad que se
quiera dar á la impresión? Cuando los ejemplares de los periódicos
habían sido dados á luz por la máquina; cuando ésta se paraba fatigada
del alumbramiento y hacía rechinar sus tornillos como si le dolieran;
cuando los ejemplares recién nacidos, húmedos, pegajosos y mal olientes,
eran apilados sobre una gran mesa, el vestiglo los doblaba
cariñosamente, les ponía las fajas, les daba la forma con que circulan
por toda la redondez de la tierra, llevando la idea á las más apartadas
regiones, vivificando cuanto existe; los transportaba al correo, los
pesaba, los franqueaba, tratábalos con el cariño de un padre y creía que
él sólo era autor de tanta maravilla.
No se limitaban á esto sus funciones: él pegaba carteles, complaciéndose
sobremanera en vestir de colorines las esquinas de Madrid, coadyuvando
de este modo á una de las grandes cosas de nuestro siglo, que es la
publicidad. Y si tenía un arte especial para poner cataplasmas á las
calles, no era mejor su aptitud para echarse á cuestas enormes resmas de
papel, que allá en su fuero interno consideraba como el alimento, pienso
ó forraje de la máquina. Pues, digo también era insustituíble para
cargar moldes ó formas que llenas de letras desafían los puños de los
hombres más vigorosos; y además le destinaban á traer y llevar original
y pruebas, misión que cumplía puntualmente al presentarse ante el joven
autor de quien hablo, y decirle que venía _á por el artículo_, añadiendo
que hacia mucha falta por estar parados y mano sobre mano los señores
cajistas.
El apuro del autor no es para pintarse, y ved aquí explicado el horror,
la indignación, los escalofríos y trasudores que la presencia del
mocetón de la imprenta le produjo. Era preciso acabar el artículo, y
antes de acabarlo, era menester seguirlo, empresa de dificultad colosal,
por hallarse la imaginación del escritor sin ventura á 100.000 leguas
del asunto. El desdichado mandó al mozo que volviera dentro de un breve
rato; tomó la pluma, y recogiendo sus ideas lo mejor que pudo, después
de trazar muchos garabatos en un papelejo, y mirar al techo cuatro
veces y al papel otras tantas, escribió lo siguiente:
«... Y como sabemos que la opinión pública es la única norma de la
política; como sabemos que los gobiernos que no se guían por la opinión
pública elaboran su propia ruína con la ruína del país, nos decidimos
hoy á alzar nuestra voz para indicar el peligro. El principal error del
Gobierno, preciso es decirlo muy alto, es su empeño en destruir nuestras
instituciones tradicionales, en realizar una _abolición completa de lo
pasado_. ¿Son las conquistas de la civilización incompatibles con la
historia? ¡Ah! El Gobierno se esfuerza en extirpar los restos de la fe
de nuestros padres, de aquella fe poderosa de que vemos exacta expresión
en las soberbias catedrales de la Edad Media, que subsisten y
subsistirán para asombro de las generaciones. ¡Mezquina edad presente!
¡Ah! ¡Cómo se engrandece el ánimo al contemplar las prodigiosas obras
que levantó el sentimiento religioso! ¿El espíritu que de tal manera se
reproduce, no debe conservarse en la sociedad, mediante la acción
previsora de los Gobiernos encargados de velar por los grandes y eternos
principios?»
No bien concluído este párrafo, que á nuestro autor le pareció de
perlas, fué interrumpido por un tremendo golpe que sintió en el hombro.
Alzó los ojos y vió ¡cielos! á un importuno amigo que tenía la mala
costumbre de insinuarse dando grandes espaldarazos y pellizcos.
Aunque el periodista tenía bastante intimidad con el recién venido, en
aquel momento le fué más antipático que si viera en él á un alguacil
encargado de prenderle. Le miró, apartando la vista del artículo,
nuevamente interrunpido, y esperó con paciencia las palabras de su
amigote.