Aprovechándose de este intermedio, trató el lúgubre de entablar de nuevo
el consabido palique.
--Pero la situación no es desesperada--dijo.--Con ingenio puedes vencer
y dejar á ese señor de las vacas y carneros con un palmo de boca
abierta.
--Si yo pudiera.... _Le mié nozze colei meglio á affretare._
--_Io dentr' oggi á finir vo questo affare_.... Mira, tengo un plan....
¿Sabes que me comprometería á arreglar el asunto empleando ciertos
medios...?
--A ver, ¿qué plan, qué medios son esos? Cualesquiera que sean, ponlos
en práctica inmédiatamente. Tú eres hombre de ingenio.
--Pero no basta el ingenio--dijo el lúgubre.
--Para ello es preciso otra cosa... es necesario dinero.
--¡Dinero! _¡Dovizie!_ ¿Pero que papel va á hacer aquí el dichoso
dinero?
--Eso lo veremos. Es un plan vasto y difícil de explicar ahora.
--¿Pero se trata de raptos, escalamientos, sobornos? Todo eso está muy
bien en las novelas de á cuarto la entrega.
--No es nada de eso. Tú has de ser el principal actor en esta trama que
preparo.... Es preciso que me des _guita_ y te sometas á cuanto yo te
mande.
--En cuanto á lo segundo, no veo inconveniente ninguno; lo primero es
mucho más difícil, por una razón muy sencilla....
--Si no se tiene, se busca.
--¡Se busca! _¿e dove, sciagurato?_ Pero explícame tus planes.... Ya me
figuro.... ¿Quieres hacerme pasar por rico...? Hombre, tiene gracia.
--Tú dame el _cumquibus_ y cállate. No es preciso mucho: basta con unos
cuantos miles de reales, cinco ó seis mil.
--¡Cinco ó seis mil! ¡Anda, anda! ¡Si tú supieras cuál es la situación
del tesoro! Chico, yo pensaba pedirte para una cajetilla.
--Pero, hombre, busca bien--dijo el gran financiero con expresión de
angustia, que indicaba lo triste que era para él hallar tan vacío el
bolsillo del contribuyente.--¡Y yo que necesitaba ahora un pico...!
nada más que un piquito.
--¡Piquitos á mí!
--Es una gran contrariedad que te halles en tal situación--dijo el
lúgubre en tono de responso.--Yo que contaba.... Además me había
propuesto sacarte en bien de la aventura y hacer que Doña Lorenza
plantara en la calle al de los Cuatro Vientos, para que tu Juanita....
--¡Maldita sea tu estampa y mi miseria!--exclamó el articulista con
desesperación.--Cuando uno se propone un fin noble y elevado, como es el
del matrimonio, y no puede conseguirlo á causa de un cochino déficit,
reniega de la existencia y....
No pudo concluir la frase, porque ante sus ojos se presentó un espectro
que avanzaba lentamente, con expresión siniestra y aterradora. Aquel
fantasma era el monstruo tipográfico, horrible caricatura de Guttenberg,
que puntual como el diablo cuando suena la hora de llevarse su alma,
venía en busca del condenado artículo.
--¡El artículo! ¡Mal rayo me parta! ¡Es preciso acabarlo!
Y devorado por la ansiedad, trémulo y medio loco, trincó la pluma y
¡hala!
«Fácil es comprender, escribió, que esta situación no puede prolongarse
mucho, por el aflictivo estado de la Hacienda. Los apuros del Erario
son tales, que se nos llena el corazón de tristeza cuando hacemos un
examen detenido de las rentas públicas. Los ingresos disminuyen de un
modo aterrador; aumentan los gastos. Todas las corporaciones carecen de
lo más necesario para cubrir sus atenciones. La miseria cunde por todas
partes, y el ánimo se abate al considerar nuestra situación. Nos es
imposible aspirar á nobles fines, porque en la vida moderna nada puede
lograrse; todas las mejoras materiales y morales son ilusorias cuando el
Estado se halla próximo á una vergonzosa ruina. ¡Ah! Es preciso llamar
sobre esto la atención del país. El Tesoro público está exhausto. La
situación es angustiosa, insostenible, desesperada. ¡Oh! Hay que exigir
la responsabilidad á quien corresponda apartando de la gestión de los
negocios públicos á los hombres funestos....»
No pudo seguir, porque su amigo, que se había asomado al balcón mientras
él escribía, le llamaba con grandes voces.
--¡Ven, ven... _eccola_! Por la calle pasa _la ragazza_ con Doña
Lorenza y el futuro Marquesito. ¡_Oh terribil momento_!
El desdichado escritor levantóse de su asiento, tiró papel y plumas, sin
cuidarse de que _aquellos hombres funestos_ siguieran ó no encargados de
la gestión de los negocios públicos.
Los dos fijaron la vista con ansiosa curiosidad en un grupo que por la
calle iba, compuesto de tres personas, á saber: una vieja por extremo
tiesa y con un aire presuntuoso que indicaba su adoración de todas las
cosas tradicionales y venerandas; una joven, de cuya hermosura no podían
tenerse bastantes datos desde el balcón, si bien no era difícil apreciar
la esbeltez de su cuerpo, su andar airoso y su traje, en que la
elegancia y la modestia habían conseguido hermanarse; y por ultimo, un
mozalbete, cuyo semblante no era fácil distinguir, pues sólo se veía
algo de patillas, su poco de lentes y unas miajas de nariz.
El desesperado articulista estuvo á punto de gritar, de arrojar el
objeto que hallara más á mano sobre la inocente pareja que cruzaba la
calle. Púsose lívido al notar que se hablaban con una confianza parecida
á la intimidad, y hasta le pareció escuchar algunas tiernas y
conmovedoras frases. Apretó los puños y echó por aquella boca sapos y
culebras, apartándose del balcón por no presenciar más tiempo un
espectáculo que le enloquecía. Al volverse, su mirada se cruzó con la
mirada del bruto de la imprenta, que inmóvil en medio de la sala, más
feo, más horrible y siniestro que nunca, reclamaba las nefandas
cuartillas. ¡Nada, nada, á rematar el artículo! Ciego de furor, pálido
como la muerte, trémulo, y con extraviados ojos, se sentó, tomó la pluma
y salpicando á diestra y siniestra grandes manchurrones de tinta,
acribillando el papel con los picotazos de la pluma, enjaretó lo
siguiente:
«Sí: hay que apartar de la gestión de los negocios públicos á esos
hombres funestos, que han usurpado el poder de una manera nunca vista en
los anales de la ambición; á esos hombres inmorales, que han extendido á
todas las esferas administrativas sus viciosas costumbres; á esos
hombres que escarnecen al país con sus improvisadas fortunas. Todo el
mundo ve con indignación los abusos, la audacia, el cinismo de tales
hombres, y nosotros participamos de esa patriótica indignación. ¡Oh! no
podemos contenernos. Señalamos á la execración de todas las gentes
honradas á esos Ministros funestos é inmorales--lo repetimos sin
cesar--que han traído á nuestra patria al estado en que hoy se halla,
irritando los ánimos y estableciendo en todo el país el reinado de la
desconfianza, del miedo, de la cólera, de la venganza. Sí: ¡¡castigo,
venganza!! he aquí las palabras que sintetizan la aspiración nacional en
el actual momento histórico.»
Hubiera seguido desahogando las hieles de su alma, si alguien no le
interrumpiera inopinadamente en aquel crítico momento histórico,
entregándole una carta, cuyo sobre, escrito por mano femenina, le
produjo extraordinaria conmoción. Abrióla con frenesí, rasgando el
papel, y leyó lo que sigue, trazado con lápiz, apresuradamente:
«No puedo pintar mi martirio desde que este alcornoque de los Cuatro
Vientos ha venido de Extremadura, con la pretensión de casarse conmigo.
Mamá es _partidaria de esta solución_, como tu dices; pero yo me
mantengo y me mantendré siempre en la más resuelta oposición. Nada ni
nadie me hará desistir, tontín, y yo te respondo que mi _actitud_,
¡vivan las actitudes! será tan firme, que ha de causarte admiración. El
suplicio de tener que oir las simplezas y ver el antipático semblante de
Cuatro Vientos me dará fuerza para resistir al _sistema arbitrario y á
las medidas preventivas_ de mamá.»
La alegría del autor fué tan grande en aquel _momento histórico_, que
por poco se desmaya en los brazos de su amigo. Recobró repentinamente su
buen humor, volviendo los colores á su rostro demacrado. Pero la
presencia del siniestro gañán de la imprenta, que inmóvil permanecía en
medio de la sala, le hizo comprender la necesidad de concluir su obra,
que reclamaban con furor los irritados cajistas y el inexorable regente.
Tomó la pluma, y con facilidad notoria terminó de esta manera.
«Pero en honor de la verdad, y penetrándonos de un alto espíritu de
imparcialidad, deponiendo pasiones bastardas y hablando el lenguaje de
la más estricta justicia, debemos decir que no tiene el Gobierno toda la
culpa de lo que hoy pasa. Sería obcecación negarle el buen deseo y la
aspiración al acierto. ¡Ah! Su gestión tropieza con los obstáculos que
la insensata oposición de los partidos revolucionarios hace de continuo;
y los males que sufre el país no proceden, por lo general, de las altas
regiones. Todos los Ministros tienen muchísimo talento, y se inspiran ¿á
qué negarlo? en el más puro patriotismo. ¡Ah! nuestro deber es excitar á
todo el mundo para que, por medio de hábiles transacciones, por medio de
sabios temperamentos, puedan el pueblo y el poder hermanarse,
inaugurando la serie de felicidades, de inefables dichas, de
prosperidades sin cuento que la Providencia nos destina.»
Madrid, Abril de 1872.