I
«Basta de contemplaciones. Basta de contubernios. Basta de flaquezas. Ha
sonado la hora de las energías. Creíamos que los hechos, tan claros ya
en la mente de todo el mundo, se presentarían al fin en su espantosa
gravedad á los ojos del insensato poder, que dirige los negocios
públicos. Juzgando que toda obcecación, por grande que sea, ha de tener
su límite, creíamos que el Gobierno no podría resistir á la evidencia de
su descrédito; creíamos que, deponiendo la terquedad propia de todos los
poderes que no se apoyan en la opinión, se resolvería al fin á entrar
por más despejado y seguro camino, si no consideraba como la mejor de
las enmiendas el abandonar la vida pública. Esperábamos inquietos, antes
los grandes males que afligen á la patria; esperábamos callando, sin
dejar de conocer los diarios y cada vez más graves errores «de este
insensato Gobierno. Hemos esperado hasta lo último, hasta que los
escándalos han sido intolerables. Hemos callado, mientras el callar no
fué gravísima falta. Ya no hay esperanza. Es preciso no ocultar la
verdad al país, y nosotros faltaríamos al primero de nuestros deberes,
si un momento más permaneciéramos en esta actitud. Nuestro patriotismo
nos impele á obrar de este modo; y como sabemos que la opinión pública
es la única....»
Al llegar aquí, el autor del artículo se paró. La inspiración, si así
puede decirse, se le había concluido; y como si el esfuerzo hecho para
crear los párrafos que anteceden produjera fatiga en su imaginación, se
detuvo, con ánimo de proseguir, cuando las varias ideas, que
repentinamente y en tropel vinieron a su imaginación, se disparan.
Era su entendimiento tan pobre, que no hay noticia de que produjera
nunca cosas de provecho, pues no han de tenerse por tales sus
lucubraciones soporíferas sobre el origen de los poderes públicos y el
equilibrio de las fuerzas sociales; era, además de corto, díscolo;
porque jamás pudo adquirir ni sombra de método. Descollaba en las
digresiones, y cuando se ocupaba en desarrollar una tesis cualquiera, no
había fuerzas humanas que le concretaran al asunto, impidiendo sus
escapadas, ya al campo de la historia, ya a la selva de la moral, ya a
los vericuetos de la arqueología o de la numismática. Por todos estos
campos, cerros y collados corría complaciente y alborozada la
imaginación del autor del artículo de fondo, cuando interrumpido el hilo
lógico de éste, y olvidado el asunto y desbaratado el plan, ocuparon su
mente, apoderándose de ella de un modo atropellado, violento y como de
sorpresa, las intrusas ideas de que se ha hecho mérito.
Procedían éstas de todos los objetos, de todas las ilusiones, de todos
los recuerdos, de mil fuentes diversas que manaban á un tiempo una
corriente sin fin. Vínole al pensamiento no sé qué fragmento de
historia, con el cual se unía la imagen de un obispo de Astorga, tan
testarudo clérigo como intrépido soldado. Acordábase de las torres
muzárabes que había contemplado en una ciudad antigua, y al mismo tiempo
se le ofrecían á la vista lagos y jardines, no sin que de pronto afease
este espectáculo algún animal de corpulenta forma y repugnante fealdad.
Tan pronto se le representaban los versos de algún romance que hacía
tiempo leyera en amarillos y arrugados códices, como sentía el rumor de
lejana música de órgano, dulcísima y misteriosa.
¡Con cuánto abandono se entrega la imaginación á este cómodo vagar,
suelta y libre, sin las trabas del árido razonamiento, sin que una
voluntad firme la sujete ni la enfrene para elaborar difícilmente el
producto literario, uno, lógico, de forma determinada y con especial
contextura! La imaginación del pobre periodista había logrado escaparse
en aquellos momentos, cuando el artículo no había pasado aún de su edad
infantil, y sólo contaba escaso número de renglones. La imaginación del
menguado escritor, después de correr de aquí para allí, con la
alborozada inquietud de un pájaro que, viendo rotas la cañas de su
jaula, se escapa y vuela á todas partes sin fijarse en ninguna, se
concretó al fin, se fijó, se regularizó poco á poco.
De entre los escasos renglones del artículo interrumpido poco después
de haber sedado a luz su primera idea, surgen las líneas; las sombras y
luces de una inmensa catedral gótica. Crecen sus haces de columnas,
teñidas de suave matiz pardo, hasta llegar a enorme altura,
desparramándose después los retorcidos tallos para formar las bóvedas.
Descienden del techo, cual si estuvieran suspendidas de elásticas y casi
invisibles cuerdas, lámparas de oro, cuyas luces oscilantes no bastan a
eclipsar el diáfano colorido de las vidrieras, que llenas de santos y
figuras resplandecientes, parecen comunicar con el cielo el interior del
templo. Mil figuras van destacándose en la pared, como si una mano
invisible las tallara en la piedra con sobrenatural prontitud, y lozana
flora crece portentosamente a lo largo de las columnas, llevando en sus
cálices animales grotescos o inverosímiles, que parecen haber sido
producidos por ignorado germen en las entrañas mismas de la piedra. Las
estatuas aplastadas sobre los muros se multiplican, aparecen en filas,
en series, en ciclos sin fin, y son todas rígidas, tiesas retratando en
sus semblantes el fastidio del Limbo ó la placidez del Paraíso. Alternan
con ellas los seres simbólicos creados por la estatuaria cristiana, y
que parecen engendro sacrílego del paganismo y la teología. Los
dragones, las sibilas, los monstruos bíblicos que para representar
sutiles abstracciones ideó el genio de la Edad Media, refundiendo los
despojos de las sirenas y los centauros antiguos, muestran sus
heterogéneos miembros, en que la figura humana se une á las más raras
formas de la fantástica zoología, ya religiosa, ya heráldica, inventada
por embriagados escultores. Vense en las paredes blasones de brillantes
tintas, sobre suntuosos sepulcros, en que duermen el sueño del mármol
arzobispos y condestables, príncipes y guerreros, empuñando báculos ó
espadas. Los perros y leoncillos en que apoyan sus pies, parecen prestar
atento oído á todo rumor que en el templo suena. Resplandece en el fondo
el estofado riquísimo del altar, semejante á inmensa ascua de oro
cuajada de diminutos ángeles y querubes que aletean quemándose en el
seno de aquella nube incandescente, y como si la combustión les diera
vida. Graves y barbudos santos, alineados con la compostura propia de
los círculos celestes aparecen en el centro de este gran Apocalipsis de
madera dorada, terminando tan portentosa máquina un Cristo colosal,
cuyos brazos, que se abren contraídos por los dolores corporales, parece
van á estrechar en supremo abrazo á todo el linaje humano.
Se sienten rezos tenues y confusos, no interrumpidos por pausa alguna,
como si la atmósfera interior del edificio, afectada de una vibración
inherente á su esencia física, modulara un monólogo sin fin. Todo es
calma y respeto. La claridad, las sombras, las formas esculturales, la
gallardía de las líneas, el recóndito sonido que se creería producido
por la oscilación de la masa arquitectónica; aquel sonido, que hace
pensar en la respiración de algún misterioso espíritu, habitante en las
grandes cavidades de piedra; la variedad de objetos, la majestad de los
sepulcros, el idealismo de los efectos de luz, todo esto produce estupor
y recogimiento. Se piensa en Dios y se trata de medir la inmensidad de
la idea que ha dado existencia á tan hermoso conjunto; se siente la más
grande admiración hacia los tiempos que tuvieron fe, corazón y arte para
expresar con símbolos inagotables su arraigada creencia....
Hallábase el menguado autor como en éxtasis comtemplando en su mente
estas hermosuras del arte y de la fe, cuando un ruido de pasos primero,
la inusitada aparición de un hombre después, le trajeron bruscamente á
la realidad, haciéndole fijar la vista en las cuartillas del artículo de
fondo que olvidado yacía sobre la mesa.
El sér que tenía delante era un monstruo, un vestiglo. Aborrecíale en
aquellos momentos más que si viniera á darle la muerte; y le inspiraba
más pavor que si fuese satanás en persona. El monstruo miró al autor de
un modo que le hizo temblar; alargó la mano pronunciando palabras que
aterraron al infeliz, cual si fueran anatemas de la Iglesia ó sentencia
de inquisidores. Estremecióse en su asiento, erizósele el cabello y miró
con angustia y bañado en sudor frio las incorrectas líneas del
interrumpido articulejo.