Y al entrar en su casa:
--¡Maldito de mí! No debí dejar escapar aquel acto de cristiandad.
Dejó la medicina que traía, y, cambiando de capa, volvió á echarse á la
calle. Al poco rato, Rufinita, viéndole entrar en cuerpo, le dijo
asustada:
--Pero, papá, ¡cómo tienes la cabeza!... ¿En dónde has dejado la capa?
--Hija de mi alma--contestó el tacaño bajando la voz y poniendo una cara
muy compungida,--tú no comprendes lo que es un buen rasgo de caridad, de
humanidad.... ¿Preguntas por la capa? Ahí te quiero ver.... Pues se la
he dado á un pobre viejo, casi desnudo y muerto de frío. Yo soy así: no
ando con bromas cuando me compadezco del pobre. Podre parecer duro
algunas veces; pero como me ablande.... Veo que te asustas. ¿Qué vale un
triste pedazo de paño?
--¿Era la nueva?
--No, la vieja.... Y ahora, créemelo, me remuerde la conciencia por no
haberle dado la nueva... y se me alborota también por habértelo dicho.
La caridad no se debe pregonar.
No se habló más de aquello, porque de cosas más graves debían ambos
ocuparse. Rendida de cansancio, Rufina no podía ya con su cuerpo: cuatro
noches hacía que no se acostaba; pero su valeroso espíritu la sostenía
siempre en pie, diligente y amorosa como una hermana de la caridad.
Gracias á la asistenta que tenían en casa; la señorita podía descansar
algunos ratos; y para ayudar á la asistenta en los trabajos de la
cocina, quedábase allí por las tardes la trapera de la casa, viejecita
que recogía las basuras y los pocos desperdicios de la comida, _ab
initio_, ó sea desde que Torquemada y Doña Silvia se casaron, y lo mismo
había hecho en la casa de los padres de Doña Silvia. Llamábanla la _tía
Roma_, no sé por qué (me inclino á creer que este nombre es corrupción
de Jerónima), y era tan vieja, tan vieja y tan fea, que su cara parecía
un puñado de telarañas revueltas con ceniza; su nariz de corcho ya no
tenía forma; su boca redonda y sin dientes, menguaba ó crecía, según la
distensión de las arrugas que la formaban. Más arriba, entre aquel
revoltijo de piel polvorosa, lucían los ojos de pescado, dentro de un
cerco de pimentón húmedo. Lo demás de la persona desaparecía bajo un
envoltorio de trapos y dentro de la remendada falda, en la cual había
restos de un traje de la madre de Doña Silvia, cuando era polla. Esta
pobre mujer tenía gran apego á la casa, cuyas barreduras había recogido
diariamente durante luengos años; tuvo en gran estimación á Doña Silvia,
la cual nunca quiso dar á nadie más que á ella los huesos, mendrugos y
piltrafas sobrantes, y amaba entrañablemente á los niños, principalmente
á Valentín, delante de quien se prosternaba con admiración
supersticiosa. Al verle con aquella enfermedad tan mala, que era, según
ella, una reventazón del talento en la cabeza, la tía roma no tenía
sosiego: iba mañana y tarde á enterarse; penetraba en la alcoba del
chico, y permanecía largo rato sentada junto al lecho, mirándole
silenciosa, sus ojos como dos fuentes inagotables que inundaban de
lágrimas los flácidos pergaminos de la cara y pescuezo.
Salió la trapera del cuarto para volverse á la cocina, y en el comedor
se encontró al amo que, sentado junto á la mesa y de bruces en ella,
parecía entregarse á profundas meditaciones. La tía Roma, con el largo
trato y su metimiento en la familia, se tomaba confianzas con él....
«Rece, rece--le dijo, poniéndose delante y dando vueltas al pañuelo con
que pensaba enjugar el llanto caudaloso,--rece, que buena falta le
hace.... ¡Pobre hijo de mis entrañas, qué malito está!... Mire, mire
(señalando al encerado) las cosas tan guapas que escribió en ese
bastidor negro. Yo no entiendo lo que dice... pero á cuenta que dirá
que debemos ser buenos.... ¡Sabe más ese ángel!... Como que por eso Dios
no nos le quiere dejar....
--¿Qué sabes tú, tía Roma?--dijo Torquemada poniéndose lívido.--Nos le
dejará. ¿Acaso piensas tú que yo soy tirano y perverso, como creen los
tontos y algunos perdidos, malos pagadores?... Si uno se descuida, le
forman la reputación más perra del mundo.... Pero Dios sabe la
verdad.... Si he hecho ó no he hecho caridades en estos días, eso no es
cuenta de nadie: no me gusta que me averigüen y pongan en carteles mis
buenas acciones.... Reza tú también, reza mucho hasta que se te seque la
boca, que tú debes de ser allá muy bien mirada, porque en tu vida has
tenido una peseta.... Yo me vuelvo loco, y me pregunto qué culpa tengo
yo de haber ganado algunos jeringados reales.... ¡Ay, tía Roma, si
vieras cómo tengo mi alma! Pídele á Dios que se nos conserve Valentín,
porque si se nos muere, yo no sé lo que pasará: yo me volveré loco,
saldré á la calle y mataré á alguien. Mi hijo es mío, ¡puñales! y la
gloria del mundo. ¡Al que me le quite...!
--¡Ay qué pena!--murmuró la vieja ahogándose.--Pero quien sabe... puede
que la Virgen haga el milagro.... Yo se lo estoy pidiendo con muchísima
devoción. Empuje usted por su lado y prometa ser tan siquiera regular.
--Pues por prometido no quedará.... Tía Roma déjame... déjame sólo. No
quiero ver á nadie. Me entiendo mejor solo con mi afán.»
La anciana salió gimiendo, y D. Francisco, puestas las manos sobre la
mesa, apoyó en ellas su frente ardorosa. Así estuvo no sé cuánto tiempo,
hasta que le hizo variar de postura su amigo Bailón, dándole palmadas en
el hombro y diciéndole: «No hay que amilanarse. Pongamos cara de vaqueta
a la desgracia, y no permitamos que nos acoquine la muy... Déjese para
las mujeres la cobardía. Ante la Naturaleza, ante el sublime Conjunto,
somos unos pedazos de átomos que no sabemos de la misa la media.
--Váyase usted al rábano con sus Conjuntos y sus papás,--le dijo
Torquemada echando lumbre por los ojos.»
Bailón no insistió; y juzgando que lo mejor era distraerle, apartando su
pensamiento de aquellas sombrías tristezas, pasado un ratito le habló de
cierto negocio que traía en la mollera.
Como quiera que el arrendatario de sus ganados asnales y cabríos hubiese
rescindido el contrato, Bailón decidió explotar aquella industria en
gran escala, poniendo un gran establecimiento de leches á estilo moderno
con servicio puntual á domicilio, precios arreglados, local elegante,
teléfono, etc.... Lo había estudiado, y.... Créame usted amigo D.
Francisco, es un negocio seguro, mayormente si añadimos el ramo de
vacas, porque en Madrid las leches....
--Déjeme usted á mí de leches y de.... ¿Qué tengo yo que ver con burras
ni con vacas?--gritó el _Peor_ poniéndose en pie y mirándole con
desprecio.--Me ve cómo estoy, ¡puñales! muerto de pena, y me viene á
hablar de la condenada leche.... Hábleme de cómo se consigue que Dios
nos haga caso cuando pedimos lo que necesitamos, hábleme de lo que...
no sé cómo explicarlo... de lo que significa ser bueno y ser malo...
porque, ó yo soy un zote, ó ésta es de las cosas que tienen más
busilis....
--¡Vaya si lo tienen, vaya si lo tienen, carambita!» dijo la sibila con
expresión de suficiencia, moviendo la cabeza y entornando los ojos.
En aquel momento tenía el hombre actitud muy diferente de la de su
similar en la Capilla Sixtina: sentado, las manos sobre el puño del
bastón, éste entre las piernas, las piernas dobladas con igualdad: el
sombrero caído para atrás, el cuerpo atlético desfigurado dentro del
gabán de solapas aceitosas, los hombros y cuello plagados de caspa. Y
sin embargo de estas prosas, el muy arrastrado se parecía al Dante y
¡había sido sacerdote en Egipto! Cosas de la picara humanidad....
«Vaya si lo tienen--repitió la sibila, preparándose á ilustrar á su
amigo con una opinión cardinal.--¡Lo bueno y lo malo... como quien
dice, luz y tinieblas!»
Bailón hablaba de muy distinta manera de como escribía. Esto es muy
común. Pero aquella vez la solemnidad del caso exaltó tanto su magín,
que se le vinieron a la bocalos conceptos en la forma propia de su
escuela literaria. «He aquí que el hombre vacila y se confunde ante el
gran problema. ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? Hijo mío, abre tus oídos
a la verdad y tus ojos a la luz. El bien es amar a nuestros semejantes.
Amemos y sabremos lo que es el bien; aborrezcamos y sabremos lo que es
el mal. Hagamos bien a los que nos aborrecen, y las espinas se nos
volverán flores. Esto dijo el justo, esto digo yo... Sabiduría de
sabidurías, y ciencia de ciencias».
--Sabidurías y armas al hombro--gruñó Torquemada con abatimiento.--Eso
ya lo sabía yo... pues lo de _al prójimo contra una esquina_ siempre me
ha parecido una barbaridad. No hablemos más de eso.... No quiero pensar
en cosas tristes. No digo más sino que si se me muere el hijo... vamos,
no quiero pensarlo... si se me muere, lo mismo me da lo blanco que lo
negro....
En aquél momento oyóse un grito áspero, estridente, lanzado por
Valentín, y que á entrambos los dejó suspensos de terror. Era el grito
meníngeo, semejante al alarido del pavo real. Este extraño síntoma
encefálico se había iniciado aquel día por la mañana, y revelaba el
gravísimo y pavoroso curso de la enfermedad del pobre niño matemático.
Torquemada se hubiera escondido en el centro de la tierra para no oír
tal grito: metióse en su despacho sin hacer caso de las exhortaciones de
Bailón, y dando á éste con la puerta en el hocico dantesco. Desde el
pasillo le sintieron abriendo el cajón de su mesa, y al poco rato
apareció guardando algo en el bolsillo interior de la americana. Cogió
el sombrero, y sin decir nada se fue á la calle.
Explicaré lo que esto significaba y á dónde iba con su cuerpo aquella
tarde el desventurado Don Francisco. El día mismo en que cayó malo
Valentín, recibió su padre carta de un antiguo y sacrificado cliente ó
deudor suyo, pidiéndole préstamo con garantía de los muebles de la casa.
Las relaciones entre la víctima y el inquisidor databan de larga fecha,
y las ganancias obtenidas por éste habían sido enormes, porque el otro
era débil, muy delicado, y se dejaba desollar, freir y escabechar como
si hubiera nacido para eso. Hay personas así. Pero llegaron tiempos
penosísimos, y el señor aquél no podía recoger su papel. Cada lunes y
cada martes, el _Peor_ le embestía, le mareaba, le ponía la cuerda al
cuello y tiraba muy fuerte, sin conseguir sacarle ni los intereses
vencidos. Fácilmente se comprenderá la ira del tacaño al recibir la
cartita pidiendo un nuevo préstamo. ¡Qué atroz insolencia! Le habría
contestado mandándole á paseo, si la enfermedad del niño no le trajera
tan afligido y sin ganas de pensar en negocios. Pasaron dos días, y allá
te va otra esquela angustiosa, de _in exiremis_, como pidiendo la
Unción. En aquellas cortas líneas en que víctima invocaba los _hidalgas
sentimientos_ de verdugo, se hablaba de un compromiso de honor,
proponíanse las condiciones más espantosas, pasaba por todo con tal de
ablandar el corazon de bronce del usurero, y obtener de él la
afirmativa. Pues cogió mi hombre la carta, y hecha pedazos la tiró á la
cesta de papeles, no volvido á acordarse más de semejante cosa. ¡Buena
tenía él la cabeza para pensar en los compromisos y apuros de nadie,
aunque fueran los del mismísimo Verbo?
Pero llegó la ocasión aquélla antes descrita, el coloquio con la tía
Roma y con D. José, el grito de Valentín, y he aquí que al judío le da
como una corazonada, se le enciende en la mollera fuego de inspiración,
trinca el sombrero y se va derecho en busca de su desdichado cliente. El
cual era apreciable persona, sólo que de cortos alcances, con un
familión sin fin, y una señora á quien le daba el hipo por lo elegante.
Había desempeñado el tal buenos destinos en la Península, y en Ultramar,
y lo que trajo de allá, no mucho, porque era hombre de bien, se lo afanó
el usurero en menos de un año. Después le cayó la herencia de un tío;
pero como la señora tenía unos condenados _jueves_ para reunir y
agasajar á la mejor sociedad, los cuartos de la herencia se escurrían de
lo lindo, y sin saber cómo ni cuándo, fueron á parar al bolsón de
Torquemada. Yo no sé qué demonios tenía el dinero de aquella casa, que
era como un acero para correr hacia el imán del maldecido prestamista.
Lo peor del caso es que aun después de hallarse la familia con el agua
al pescuezo, todavía la tarasca aquella tan _fashionable_ encargaba
vestidos á París, invitaba a sus amigas para un _five o'clock tea_, ó
imaginaba cualquier otra majadería por el estilo.
Pues, señor, ahí va D. Francisco hacia la casa del señor aquél, que, á
juzgar por los términos aflictivos de la carta, debía de estar á punto
de caer, con toda su elegancia y sus tés, en los tribunales, y de
exponer á la burla y á la deshonra un nombre respetable. Por el camino
sintió el tacaño que le tiraban de la capa. Volvióse... ¿y quién creéis
que era? Pues una mujer que parecía la Magdalena por su cara dolorida y
por su hermoso pelo, mal encubierto con pañuelo de cuadros rojos y
azules. El palmito era de la mejor ley; pero muy ajado ya por fatigosas
campañas. Bien se conocía en ella á la mujer que sabe vestirse, aunque
iba en aquella ocasión hecha un pingo, casi indecente, con falda
remendada, mantón de ala de mosca y unas botas.... ¡Dios, qué botas, y
cómo desfiguraban aquel pie tan bonito.
--¡Isidora!...--exclamó D. Francisco, poniendo cara de regocijo, cosa en
él muy desusada.--¿A dónde va usted con ese ajetreado cuerpo?
--Iba a su casa. Sr. D. Francisco, tenga compasión de nosotros... ¿Por
qué es usted tan tirano y tan de piedra? ¿No ve cómo estamos? ¿No tiene
tan siquiera un poquito de humanidad?
--Hija de mi alma, usted me juzga mal... ¿Y si yo le dijera ahora que
iba pensando en usted... que me acordaba del recado que me mandó ayer
por el hijo de la portera... y de lo que usted misma me dijo anteayer
en la calle?
--¡Vaya, que no hacerse cargo de nuestra situación!--dijo la mujer
echándose á llorar.--Martín muriéndose... el pobrecito... en aquel
buhardillón helado.... Ni cama, ni medicinas, ni con qué poner un triste
puchero para darle una taza de caldo.... ¡Qué dolor! Don Francisco,
tenga cristiandad y no nos abandone. Cierto que no tenemos crédito; pero
á Martín le quedan media docena de estudios muy bonitos.... Verá usted
... el de la sierra de Guadarrama, precioso... el de La Granja, con
aquellos arbolitos... también, y el de... qué sé yo qué. Todos muy
bonitos: Se los llevaré... pero no sea malo y compadézcase del pobre
artista....
--Eh... eh... no llore, mujer.... Mire que yo estoy montado á pelo...
tengo una aflicción tal dentro de mi alma, Isidora, que... si sigue
usted llorando, también yo soltaré el trapo. Vayase á su casa, y
espéreme allí. Iré dentro de un ratito.... ¿Qué... duda de mi palabra?
--¿Pero de veras que va? No me engañe, por la Virgen Santísima.
--¿Pero la he engañado yo alguna vez? Otra queja podrá tener de mí; pero
lo que es esa....
--¿Le espero de verdad?... ¡Qué bueno será usted si va y nos socorre!...
¡Martín se pondrá más contento cuando se lo diga!
--Vayase tranquila.... Aguárdeme, y mientras llego pídale á Dios por mí
con todo el fervor que pueda.