El día siguiente fué todo sobresalto y amargura. Quevedo opinó que la
enfermedad era _inflamación de las meninges_, y que el chico estaba en
peligro de muerte. Esto no se lo dijo al padre, sino á Bailón para que
le fuese preparando. Torquemada y él se encerraron, y de la conferencia
resultó que por poco se pegan, pues D. Francisco, trastornado por el
dolor, llamó á su amigo embustero y farsante. El desasosiego, la
inquietud nerviosa, el desvario del tacaño sin ventura, no se pueden
describir. Tuvo que salir á varias diligencias de su penoso oficio, y á
cada instante tornaba á casa, jadeante, con medio palmo de lengua fuera,
el hongo echado hacia atrás. Entraba, daba un vistazo, vuelta á salir.
Él mismo traía las medicinas, y en la botica contaba toda la historia
... «un vahído estando en clase; después calentura horrible... ¿para
qué sirven los médicos?» Por consejo del mismo Quevedito, mandó venir á
uno de los más eminentes, el cual calificó el caso de _meningitis
aguda._
La noche del segundo día, Torquemada, rendido de cansancio, se embutió
en uno de los sillones de la sala, y allí se estuvo como media liorita,
dando vueltas á una picara idea, ¡ayí dura y con muchas esquinas, que se
le había metido en el cerebro. «He faltado á la Humanidad, y esa muy tal
y cual me las cobra ahora con los creditos atrasados.... No: pues si
Dios, ó quien quiera que sea, me lleva mi hijo, ¡me voy á volver más
malo, más perro...! Ya verán entonces lo que es canela fina. Pues no
faltaba otra cosa.... Conmigo no juegan.... Pero no, ¡qué disparates
digo! No me le quitará, porque yo.... Eso que dicen de que no he hecho
bien á nadie, es mentira. Que me lo prueben... porque no basta decirlo.
¿Y los tantísimos á quien he sacado de apuros?... ¿pues y eso? Porque si
á la Humanidad le han ido con cuentos de mí; que si aprieto, que si no
aprieto... yo probaré.... Ea, que ya me voy cargando: si no he hecho
ningún bien, ahora lo haré, ahora, pues por algo se ha dicho que nunca
para el bien es tarde. Vamos á ver: ¿y si yo me pusiera ahora á rezar,
qué dirían allá arriba? Bailón me parece á mí que está equivocado, y la
Humanidad no debe de ser Dios, sino la Virgen.... Claro, es hembra,
señora.... No, no, no... no nos fijemos en el materialismo de la
palabra. La Humanidad es Dios, la Virgen y todos los santos juntos....
Tente, hombre, tente, que te vuelves loco.... Tan sólo saco en limpio
que no habiendo buenas obras, todo es, como si dijéramos, basura... ¡Ay
Dios, qué pena, qué pena...! Si me pones bueno á mi hijo, yo no sé qué
cosas haría; ¡pero qué cosas tan magníficas y tan...! ¿Pero quién es el
sinvergüenza que dice que no tengo apuntada ninguna buena obra? Es que
me quieren perder, me quieren quitar á mi hijo, al que ha nacido para
enseñar á todos los sabios y dejarles tamañitos. Y me tienen envidia
porque soy su padre, porque de estos huesos y de esta sangre salió
aquela, gloria del mundo.... Envidia; pero ¡qué envidiosa es esta
puerca Humanidad! Digo, la Humanidad no, porque es Dios... los hombres,
los prójimos, nosotros, que somos todos muy pillos, y por eso nos pasa
lo que nos pasa.... Bien merecido nos está... bien merecido nos está.»
Acordóse entonces de que al día siguiente era domingo y no había
extendido los recibos para cobrar los alquileres de su casa. Después de
dedicar á esta operación una media hora, descansó algunos ratos,
estirándose en el sofá de la sala. Por la mañana, entre nueve y diez,
fue á la cobranza dominguera. Con el no comer y el mal dormir y la
acerbísima pena que le destrozaba el alma, estaba el hombre _mismamente_
del color de una aceituna. Su andar era vacilante, y sus miradas vagaban
inciertas, perdidas, tan pronto barriendo el suelo como disparándose á
las alturas. Cuando el remendón, que en el sucio portal tenia su taller,
vió entrar al casero y reparó en su cara descompuesta y en aquel andar
de beodo, asustóse tanto que se le cayó el martillo con que clavaba las
tachuelas. La presencia de Torquemada en el patio, que todos los
domingos era una desagradabilísima aparición, produjo aquel día
verdadero pánico; y mientras algunas mujeres corrieron á refugiarse en
sus respectivos aposentos, otras, que debían de ser malas pagadoras, y
que observaron la cara que traía la fiera, se fueron á la calle. La
cobranza empezó por por los cuartos bajos, y pagaron sin chistar el
albañil y las dos pitilleras, deseando que se les quitase de delante la
aborrecida estampa de Don Francisco. Algo desusado y anormal notaron en
él, pues tomaba el dinero maquinalmente y sin examinarlo con roñosa
nimiedad, como otras veces, cual si tuviera el pensamiento á cien leguas
del acto importantísimo que estaba realizando; no se le oían aquellos
refunfuños de perro mordelón, ni inspeccionó las habitaciones buscando
el baldosín roto o el pedazo de revoco caído, para echar los tiempos á
la inquilina.
Al llegar al cuarto de la Rumalda, planchadora, viuda, con su madre
enferma en un camastro y tres niños menores que andaban en el patio
enseñando las carnes por los agujeros de la ropa, Torquemada soltó el
gruñido de ordenanza, y la pobre mujer, con afligida y trémula voz, cual
si tuviera que confesar ante el juez un negro delito, soltó la frase de
reglamento: «D. Francisco, por hoy no se puede. Otro día cumpliré.» No
puedo dar idea del estupor de aquella mujer y de las dos vecinas, que
presentes estaban, cuando vieron que el tacaño no escupió por aquella
boca ninguna maldición ni herejía, cuando le oyeron decir con la voz más
empañada y llorosa del mundo: «No, hija, si no te digo nada... si no te
apuro... si no se me ha pasado por la cabeza reñirte... ¡Qué le hemos
de hacer, si no puedes...!»
--D. Francisco, es que...--murmuró la otra, creyendo que la fiera se
expresaba con sarcasmo, y que tras el sarcasmo vendría la mordida.
--No, hija, si no he chistado... ¿Cómo se han de decir las cosas? Es
que á ustedes no hay quien las apee de que yo soy un hombre, como quien
dice, tirano... ¿De dónde sacáis que no hay en mí compasión, ni... ni
caridad? En vez de agradecerme lo que hago por vosotras, me calumniáis
... No, no: entendámonos. Tú, Rumalda, estate tranquila: sé que tienes
necesidades, que los tiempos están malos... Cuando los tiempos están
malos, hijas, ¿qué hemos de hacer sino ayudarnos los unos á los otros?
Siguió adelante, y en el principal dió con una inquilina muy mal
pagadora, pero de muchísimo corazón para afrontar á la fiera, y así que
le vió llegar, juzgando por el cáriz que venía más enfurruñado que
nunca, salió al encuentro de su aspereza con estas arrogantes
expresiones:
«Oiga usté, á mi no me venga con apreturas. Ya sabe que no lo hay. _Ese_
está sin trabajo. ¿Quiere que salga á un camino? ¿No ve la casa sin
muebles, como un hospital prestao? ¿De dónde quiere que lo saque?...
Maldita sea su alma...
--¿Y quién te dice á tí, grandísima tal, deslenguada y bocona, que yo
vengo á sofocarte? A ver si hay alguna tarasca de éstas que sostenga que
yo no tengo humanidad. Atrévase á decírmelo....»
Eriarboló el garrote, símbolo de su autoridad y de su mal genio, y en
el corrillo que se había formado sólo se veían bocas abiertas y miradas
de estupefacción.
«Pues á tí y á todas les digo que no me importa un rábano que no me
paguéis hoy. ¡Vaya! ¿Cómo lo he de decir para que lo entiendan?... ¡Con
que estando tu marido sin trabajar te iba yo á poner el dogal al
cuello?... Yo sé que me pagarás cuando puedas, verdad? Porque lo que es
intención de pagar, tú la tienes. Pues entonces, ¿á qué tanto
enfurruñarse?... ¡Tontas, malas cabezas! (esforzándose en producir una
sonrisa); ¡vosotras creyéndome á mí más duro que las peñas, y yo
dejándooslo creer, porque me convenía, porque me convenía, claro, pues
Dios manda que no echemos facha con nuestra humanidad...! Vaya, que sois
todas unos grandísimos peines.... Abur, tú, no te sofoques. Y no creas
que hago esto para que me eches bendiciones. Pero conste que no te
ahogo; y para que veas lo bueno que soy....»
Se detuvo y meditó un momento, llevándose la mano al bolsillo y mirando
al suelo.
«Nada, nada.... Quédate con Dios.»
Y á otra. Cobró en las tres puertas siguientes sin ninguna dificultad.
«D. Francisco, que me ponga usted piedra nueva en la ornilla, que aquí
no se puede guisar....» En otras circunstancias, esta reclamación
habría sido el principio de una chillería tremenda, verbigracia: «Pon el
traspontín en la hornilla, sinvergüenza, y arma el fuego
encima.»--«Miren el tío manguitillas, así se le vuelvan veneno los
cuartos.» Pero aquel día todo era paz y concordia, y Torquemada concedía
cuanto le demandaban.
«¡Ay, D. Francisco!--le dijo otra en el número 11,--tenga los jeringados
cincuenta reales. Para poderlos juntar, no hemos comido más que dos
cuartos de gallineja y otros dos de hígado con pan seco.... Pero por no
verle el carácter de esa cara y no oirle, me mantendría yo con puntas de
París.
--Pues mira, eso es un insulto, una injusticia, porque si las he
sofocado otras veces no ha sido por el materialismo del dinero, sino
porque me gusta ver cumplir á la gente... para que no se diga.... Debe
haber dignidad en todos. ¡A fe que tienes buena idea de mi!... ¿Iba yo á
consentir que tus hijos, estos borregos de Dios, tuviesen hambre?...
Deja, déjate el dinero.... O mejor, para que no lo tomes á desaire:
partámoslo y quédate con veinticinco reales.... Ya me los darás otro
día.... ¡Bribonazas, cuando debíais confesar que soy para vosotras como
un padre, me tachais de inhumano y de qué sé yo qué! No, yo les aseguro
á todas que respeto á la humanidad, que la considero, que la estimo, que
ahora y siempre haré todo el bien que pueda y un poquito más.... ¡Hala!»
Asombro, confusión. Tras de él iba el parlero grupo, chismorreando asi:
«A este condenado le ha pasado algún desavío.... D. Francisco no está
bueno de la cafetera. Mirad qué cara de patíbulo se ha traído. ¡D.
Francisco con humanidad! Ahí tenéis por qué esta saliendo todas las
noches en el cielo esa estrella con rabo. Es que el mundo se va á
acabar.»
En el número 16:
«Pero hija de mi alma, so tunanta, ¿tenías á tu niña mala y no me habías
dicho nada? ¿Pues para qué estoy yo en el mundo? Francamente, eso es un
agravio que no te perdono, no te lo perdono. Eres una indecente; y en
prueba de que no tienes ni pizca de sentido, ¿apostamos á que no
adivinas lo que voy á hacer? ¿Cuánto va á que no lo adivinas?... Pues
voy á darte para que pongas un puchero.... ¡ea! Toma, y di ahora que yo
no tengo humanidad. Pero sois tan mal agradecidas, que me pondréis como
chupa de dómine, y hasta puede que me echéis alguna maldición. Abur.»
En el cuarto de la señá Casiana, una vecina se aventuró á decirle: «D.
Francisco, á nosotras no nos la da usted.... A usted le pasa algo. ¿Que
demonios tiene en esa cabeza ó en ese corazón de cal y canto?»
Dejóse el afligido casero caer en una silla, y quitándose el hongo se
pasó la mano por la amarilla frente y la calva sebosa, diciendo tan sólo
entre suspiros: «¡No es de cal y canto, puñales, no es de cal y canto!»
Como observasen que sus ojos se humedecían, y que, mirando al suelo, y
apoyado con ambas manos en el bastón, cargaba sobre éste todo el peso
del cuerpo, meciéndose, le instaron para que se desahogara; pero él no
debió creerlas dignas de ser confidentes de su inmensa, desgarradora
pena. Tomando el dinero, dijo con voz cavernosa: «Si no lo tuvieras,
Casiana, lo mismo sería. Repito que yo no ahogo al pobre... como que yo
también soy pobre.... Quien dijese (levantándose con zozobra y enfado)
que soy inhumano, miente más que la _Gaceta_. Yo soy humano; yo
compadezco á los desgraciados; yo les ayudo en lo que puedo, porque así
nos lo manda la Humanidad; y bien sabéis todas que como faltéis á la
Humanidad, lo pagaréis tarde ó temprano, y que si sois buenas tendréis
vuestra recompensa. Yo os juro por esa imagen de la Virgen de las
Angustias con el Hijo muerto en los brazos (señalando una lámina), yo os
juro que si no os he parecido caritativo y bueno, no quiere esto decir
que no lo sea, ¡puñales! y que si son menester pruebas, pruebas se
darán. Dale, que no lo creen... pues váyanse todas con doscientos mil
pares de demonios, que á mí, con ser bueno me basta.... No necesito que
nadie me dé bombo. Piojosas, para nada quiero vuestras gratitudes.... Me
paso por las narices vuestras bendiciones.»
Dicho esto salió de estampía. Todas le miraban por la escalera abajo, y
por el patio adelante, y por el portal afuera, haciendo unos gestos
tales que parecía el mismo demonio persignándose.
V
Corrió hacia su casa, y contra su costumbre (pues era hombre que
comunmente prefería despernarse á gastar una peseta), tomó un coche para
llegar más pronto. El corazón dió en decirle que encontraría buenas
noticias, el enfermo aliviado, la cara de Rufina sonriente al abrir la
puerta; y en su impaciencia loca, parecíale que el carruaje no se movía,
que el caballo cojeaba y que el cochero no sacudía bastantes palos al
pobre animal.... «Arrea, hombre. ¡Maldito jaco! Leña en él--le
gritaba.--Mira que tengo mucha prisa.»
Llegó por fin; y al subir jadeante la escalera de su casa, razonaba sus
esperanzas de esta manera: «No salgan ahora diciendo que es por mis
maldades, pues de todo hay...» ¡Qué desengaño al ver la cara de Rufina
tan triste, y al oir aquel _lo mismo, papá_, que sonó en sus oídos como
fúnebre campanada! Acercóse de puntillas al enfermo y le examinó. Como
el pobre niño se hallara en aquel momento amodorrado, pudo Don Francisco
observarle con relativa calma, pues cuando deliraba y quería echarse del
lecho, revolviendo en torno los espantados ojos, el padre no tenía valor
para presenciar tan doloroso espectáculo y huía de la alcoba trémulo y
despavorido. Era hombre que carecía de valor para afrontar penas de tal
magnitud, sin duda por causa de su deficiencia moral; se sentía medroso,
consternado, y como responsable de tanta desventura y dolor tan grande.
Seguro de la esmeradísima asistencia de Rufina, ninguna falta hacía el
afligido padre junto al lecho de Valentín: al contrario, más bien era
estorbo, pues si le asistiera, de fijo, en su turbación, equivocaría las
medicinas, dándole á beber algo que acelerara su muerte. Lo que hacía
era vigilar sin descanso, acercarse á menudo á la puerta de la alcoba, y
ver lo que ocurría, oir la voz del niño delirando ó quejándose; pero si
los ayes eran muy lastimeros y el delirar muy fuerte, lo que sentía
Torquemada era un deseo instintivo de echar á correr y ocultarse con su
dolor en el último rincón del mundo. Aquella tarde le acompañaron un
rato Bailón, el carnicero de abajo, el sastre del principal y el
fotógrafo de arriba, esforzándose todos en consolarle con las frases de
reglamento; mas no acertando Torquemada á sostener la conversación sobre
tema tan triste les daba las gracias con desatenta sequedad. Todo se le
volvia suspirar con bramidos, pasearse á trancos, beber buches de agua y
dar algún puñetazo ea la pared. ¡Tremendo caso aquel! ¡Cuántas
esperanzas desvanecidas!... ¡Aquella flor del mundo segada y marchita!
Esto era para volverse loco. Mas natural sería el desquiciamiento
universal, que la muerte del portentoso niño que había venido á la
tierra para iluminarla con el fanal de su talento... ¡Bonitas cosas
hacia Dios, la Humanidad, ó quien quiera que fuese el muy tal y cual que
inventó el mundo y nos puso en él! Porque si habían de llevarse á
Valentín, ¿para qué le trajeron acá, dándole á él, al buen Torquemada,
el privilegio de engendrar tamaño prodigio? ¡Bonito negocio hacía la
Providencia, la Humanidad, ó el arrastrado Conjunto, como decía Bailón!
¡Llevarse al niño aquél, lumbrera de la ciencia, y dejar acá todos los
tontos! ¿Tenía esto sentido común? ¿No había motivo para rebelarse
contra los de arriba, ponerle como ropa de pascua y mandarles á
paseo?... Si Valentín se moría, ¿qué quedaba en el mundo obscuridad,
ignorancia. Y para el padre, ¡que golpe! ¡Porque figurémonos todos lo
que sería D. Francisco cuando su hijo, ya hombre, empezase á figurar, á
confundir á todos los sabios, á volver patas arriba la ciencia toda!...
Torquemada sería en tal caso la segunda persona de la Humanidad: y sólo
por la gloria de haber engendrado al gran matemático, sería cosa de
plantarle en un trono. ¡Vaya un ingeniero que sería Valentín si viviese!
Como que había de hacer unos ferrocarriles que irían de aquí á Pekín en
cinco minutos, y globos para navegar por los aires, y barcos para andar
por debajito del agua, y otras cosas nunca vistas ni siquiera soñadas.
¡Y el planeta se iba á perder estas gangas por una estúpida sentencia de
los que dan y quitan la vida!... Nada, nada, envidia pura, envidia. Allá
arriba, en las invisibles cavidades de los altos cielos, alguien se
había propuesto _fastidiar_ á Torquemada. Pero... pero.... ¿y si no
fuese envidia, sino castigo? ¿Si se había dispuesto así para anonadar al
tacaño cruel, al casero tiránico, al prestamista sin entrañas? ¡Ah!
cuando esta idea entraba en turno, Torquemada sentía impulsos de correr
hacia la pared más próxima y estrellarse contra ella. Pronto se
reaccionaba y volvía sobre sí. No, no podía ser castigo, porque él no
era malo, y si lo fue, ya se enmendaría. Era envidiable, tirria y
malquerencia que le tenían, por ser autor de tan soberana eminencia.
Querían truncarle su porvenir y arrebatarle aquella alegría y fortuna
inmensa de sus últimos años.... Porque su hijo, si viviese, había de
ganar muchísimo dinero, pero muchísimo, y de aquí la celestial intriga.
Pero él (lo pensaba lealmente) renunciaría á las ganancias, pecuniarias
del hijo, con tal que le dejaran la gloria, ¡la gloria! pues para
negocios, le bastaba con los suyos propios.... El último paroxismo de su
exaltada mente fue renunciar á todo el _materialismo_ de la ciencia del
niño, con tal que le dejasen la gloria.
Cuando se quedó solo con él, Bailón le dijo que era preciso tuviese
filosofía; y como Torquemada no entendiese bien el significado y
aplicación de tal palabra, explanó la sibila su idea en esta forma:
«Conviene resignarse, considerando nuestra pequeñez ante estas grandes
evoluciones de la materia... pues, ó substancia vital. Somos átomos,
amigo D. Francisco, nada más que unos tontos de átomos. Respetemos las
disposiciones del grandísimo Todo á que pertenecemos, y vengan penas.
Para eso está la filosofía, ó si se quiere, la religión: para hacer
pecho á la adversidad. Pues si no fuera asi, no podríamos vivir.» Todo,
lo aceptaba Torquemada menos resignarse. No tenía en su alma la fuente
de donde tal consuelo pudiera salir, y ni siquiera lo comprendía. Como
el otro, después de haber comido bien, insistiera en aquellas ideas, á
D. Francisco se le pasaron ganas de darle un par de trompadas,
destruyendo en un punto el perfil más enérgico que dibujara Miguel
Ángel. Pero no hizo más que mirarle con ojos terroríficos, y el otro se
asustó y puso punto en sus teologías.
A prima noche, Quevedito y el otro médico hablaron á Torquemada en
términos desconsoladores. Tenían poca ó ninguna esperanza, aunque no se
atrevían á decir en absoluto que la habían perdido, y dejaban abierta la
puerta á las reparaciones de la naturaleza y á la misericordia de Dios.
Noche horrible fué aquélla. El pobre Valentín se abrasaba en invisible
fuego. Su cara encendida y seca, sus ojos iluminados por esplendor
siniestro, su inquietud ansiosa, sus bruscos saltos en el lecho, cual si
quisiera huir de algo que le asustaba, eran espectáculo tristísimo que
oprimía el corazón. Cuando D. Francisco, transido de dolor, se acercaba
á la abertura de las entornadas batientes de la puerta y echaba hacia
adentro una mirada tímida, creía escuchar, con la respiración premiosa
del niño, algo como el chirrido de su carne tostándose en el fuego de la
calentura. Puso atención á las expresiones incoherentes del delirio, y
le oyó decir: _«Equis elevado al cuadrado, menos uno, partido por dos,
más cinco equis menos dos, partido por cuatro, igual equis por equis más
dos, partido por doce.... Papa, papá, la característica del logaritmo de
un entero tiene tantas unidades menos una como_....» Ningún tormento de
la Inquisición iguala al que sufría Torquemada oyendo estas cosas. Eran
las pavesas del asombroso entendimiento de su hijo, revolando sobre las
llamas en que éste se consumía. Huyó de allí por no oir la dulce
vocecita, y estuvo más de media hora echado en el sofá de la sala,
agarrándose con ambas manos la cabeza como si se le quisiese escapar. De
improviso se levantó, sacudido por una idea; fué al escritorio donde
tenía el dinero; sacó un cartucho de monedas que debían de ser
calderilla, y vacíandoselo en el bolsillo del pantalón, púsose capa y
sombrero, cogió el llavín, y á la calle.
Salió como si fuera en persecución de un deudor. Después de mucho andar,
parábase en una esquina, miraba con azoramiento á una parte y otra, y
vuelta á correr calle adelante, con paso inglés tras de su víctima. Al
compás de la marcha, sonaba en la pierna derecha el retintín de las
monedas.... Grandes eran su impaciencia y desazón por no encontrar
aquella noche lo que otras le salía tan á menudo al paso, molestándole y
aburriéndole. Por fin... gracias á Dios... acercósele un pobre. «Toma
hombre, toma: ¿dónde diablos os metéis esta noche? Cuando no hacéis
falta, salís como moscas, y cuando se os busca, para socorreros, nada
...» Apareció luego uno de esos mendigos decentes que piden, sombrero en
mano, con lacrimosa cortesía. «Señor, un pobre cesante.--Tenga, tenga
más. Aquí estamos los hombres caritativos para acudir á las miserias....
Dígame: ¿no me pidió usted noches pasadas? Pues sepa que no le di porque
iba muy de prisa. Y la otra noche y la otra, tampoco le dí porque no
llevaba suelto: lo que es voluntad la tuve, bien, que la tuve.» Claro es
que el cesante pordiosero se quedaba viendo visiones, y no sabía cómo
expresar su gratitud. Más allá, salió de un callejón la fantasma. Era
una mujer que pide en la parte baja de la calle de la Salud, vestida de
negro, con un velo espesísimo que le tapa la cara. «Tome, tome,
señora.... Y que me digan ahora que yo jamás he dado una limosna. ¿Le
parece á usted qué calumnia? Vaya, que ya habrá usted reunido bastantes
cuartos esta noche. Como que hay quien dice que pidiendo así, y con ese
velo por la cara, ha reunido usted un capitalito. Retírese ya, que hace
mucho frío... y ruegue á Dios por mí.» En la calle del Carmen, en la de
Preciados y Puerta del Sol, á todos los chiquillos que salían dió su
perro por barba. «¡Eh! niño, ¿tú pides ó que haces ahí, como un bobo?»
Esto se lo dijo á un chicuelo que estaba arrimado á la pared, con las
manos á la espalda, descalzos los pies, el pescuezo envuelto en una
bufanda. El muchacho alargó la mano aterida. «Toma... Pues qué, ¿no te
decía el corazón que yo había de venir á socorrerte? ¿Tienes frío y
hambre? Toma más, y lárgate á tu casa, si la tienes. Aquí estoy yo para
sacarte de un apuro; digo, para partir contigo un pedazo de pan, porque
yo también soy pobre y más desgraciado que tú, ¿sabes? porque el frío,
el hambre, se soportan; pero ¡ay! otras cosas....» Apretó el paso sin
reparar en la cara burlona de su favorecido, y siguió dando, dando,
hasta que le quedaron pocas piezas en el bolsillo. Corriendo hacia su
casa, en retirada, miraba al cielo, cosa en él muy contraria á la
costumbre, pues si alguna vez lo miró para enterarse del tiempo, jamás,
hasta aquella noche, lo había contemplado. ¡Cuantísima estrella! Y qué
claras y resplandecientes, cada una en su sitio, hermosas y graves,
millones de millones de miradas que no aciertan á ver nuestra pequeñez.
Lo que más suspendía el ánimo del tacaño era la idea de que todo aquel
cielo estuviese indiferente á su gran dolor, ó más bien ignorante de él.
Por lo demás, como bonitas, ¡vaya si eran bonitas las estrellas! Las
había chicas, medianas y grandes; algo así como pesetas, medios duros y
duros. Al insigne prestamista le pasó por la cabeza lo siguiente: «Como
se ponga bueno, me ha de ajustar esta cuenta: si acuñáramos todas las
estrellas del cielo, ¿cuánto producirían al 5 por 100 de interés
compuesto en los siglos que van desde que todo eso existe?»
Entró en su casa cerca de la una, sintiendo algún alivio en las
congojas de su alma; se adormeció vestido, y á la mañana del día
siguiente la fiebre de Valentín había remitido bastante. ¿Habría
esperanzas? Los médicos no las daban sino muy vagas, y subordinando su
fallo al recargo de la tarde. El usurero, excitadísimo, se abrazó á tan
débil esperanza como el náufrago se agarra á la flotante astilla.
Viviría, ¡pues no había de vivir!
--Papá--le dijo Rufina llorando,--pídeselo á la Virgen del Carmen, y
déjate de Humanidades.
--¿Crees tú?... Por mí no ha de quedar. Pero te advierto que no habiendo
buenas obras no hay que fiarse de la Virgen. Y acciones cristianas
habrá, cueste lo que cueste: yo te lo aseguro. En las obras de
misericordia está todo el intríngulis. Yo vestiré desnudos, visitare
enfermos, consolaré tristes.... Bien sabe Dios que esa es mi voluntad
bien lo sabe.... No salgamos después con la peripecia de que no lo
sabía.... Digo, como saberlo, lo sabe.... Falta que quiera.
Vino por la noche el recargo, muy fuerte. Los calomelanos y revulsivos
no daban resultado alguno. Tenía el pobre niño las piernas abrasadas á
sinapismos, y la cabeza hecha una lástima con las embrocaciones para
obtener la erupción artificial. Cuando Rufina le cortó el pelito por la
tarde, con objeto de despejar el cráneo, Torquemada oía los tijeretazos
como si se los dieran á él en el corazón. Fué preciso comprar más hielo
para ponersolo en vejigas en la cabeza, y después hubo que traer el
iodoformo; recados que el _Peor_ desempeñaba con ardiente actividad,
saliendo y entrando cada poco tiempo. De vuelta á casa, ya anochecido,
encontró, al doblar la esquina de la calle de Hita, un anciano mendigo y
haraposo, con pantalones de soldado, la cabeza al aire, un andrajo de
chaqueta por los hombros, y mostrando el pecho desnudo. Cara más
venerable no se podía encontrar sino en las estampas del _Año
cristiano_. Tenía la barba erizada y la frente llena de arrugas, como
San Pedro; el cráneo terso, y dos rizados mechones blancos en las
sienes. «Señor, señor--decía con el temblor de un frío intenso,--mire
cómo estoy, míreme.» Torquemada pasó de largo, y se detuvo á poca
distancia; volvió hacia atrás, estuvo un rato vacilando, y al fin siguió
su camino. En el cerebro le fulguró esta idea: «Si conforme traigo la
capa nueva, trajera la vieja....»