No tardó en llegar á la casa del cliente, la cual era un principal muy
bueno, amueblado con mucho lujo y elegancia, con _vistas á San
Bernardino_. Mientras aguardaba á ser introducido, el _Peor_ contempló
el hermoso perchero y los soberbios cortinajes de la sala, que por la
entornada puerta se alcanzaban á ver, y tanta magnificencia le sugirió
estas reflexiones: «En lo tocante á los muebles, como buenos lo son...
vaya si lo son.» Recibióle el amigo en su despacho; y apenas Torquemada
le preguntó por la familia, dejóse caer en una silla con muestras de
gran consternación. «¿Pero qué le pasa?--le dijo el otro.
--No me hable usted, no me hable usted, señor D. Juan. Estoy con el alma
en un hilo.... ¡Mi hijo...!
--¡Pobrecito! Sé que está muy malo.... ¿Pero no tiene usted esperanzas?
--No, señor.... Digo, esperanzas, lo que se llama esperanzas.... No sé;
estoy loco; mi cabeza es un volcán....
--¡Sé lo que es eso!--observó el otro con tristeza.--He perdido dos
hijos que eran mi encanto: el uno de cuatro años, el otro de once.
--Pero su dolor de usted no puede ser como el mío. Yo padre, no me
parezco á los demás padres, porque mi hijo no es como los demás hijos:
es un milagro de sabiduría.... ¡Ay, D. Juan, Don Juan de mi alma, tenga
usted compasión de mí! Pues verá usted.... Al recibir su carta primera,
no pude ocuparme.... La aflicción no me dejaba pensar... Pero me
acordaba de usted y decía: «Aquel pobre D. Juan, ¡qué amarguras estará
pasando!...» Recibo la segunda esquela y entonces digo: «Ea, pues lo que
es yo no le dejo en ese pantano. Debemos ayudarnos los unos á los otros
en nuestras desgracias.» Así pensé; sólo que con la batahola que hay en
casa, no tuve tiempo de venir ni de contestar.... Pero hoy, aunque
estaba medio muerto de pena, dije: «Voy, voy al momento á sacar del
purgatorio á ese buen amigo D. Juan...» y aquí estoy para decirle que
aunque me debe usted setenta y tantos mil reales, que hacen más de
noventa con los intereses no percibidos, y aunque he tenido que darle
varias prórrogas, y... francamente... me temo tener que darle alguna
más, estoy decidido á hacerle á usted ese préstamo sobre los muebles
para que evite la peripecia que se le viene encima.
--Ya está evitada--replicó D. Juan, mirando al prestamista con la mayor
frialdad.--Ya no necesito el préstamo.
--¡Que no lo necesita!--exclamó el tacaño desconcertado.--Repare usted
una cosa, D. Juan. Se lo hago á usted... al doce por ciento.
Y viendo que el otro hacía signos negativos, levantóse, y recogiendo la
capa, que se le caía, dió algunos pasos hacia D. Juan, le puso la mano
en el hombro y le dijo:
«Es que usted no quiere tratar conmigo, por aquello de si soy ó no soy
agarrado. ¡Me parece á mí que un doce! ¿Cuándo las habrá visto usted más
gordas!
--Me parece muy razonable el interés; pero, lo repito, ya no me hace
falta.
--¿Se ha sacado usted el premio gordo, por vida de...!--exclamó
Torquemada con grosería--D. Juan, no gaste usted bromas conmigo.... ¿Es
que duda de que le hable con seriedad? Porque eso de que no le hace
falta.... ¡rábano!... ¡á usted que sería capaz de tragarse, no digo yo
este pico, sino la Casa de la Moneda enterita... D. Juan. Don Juan,
sepa usted, si no lo sabe, que yo tan bién tengo mi humanidad como
cualquier hijo de vecino, que me intereso por el prójimo hasta que
favorezco á los que me aborrecen. Usted me odia, D. Juan, usted me
detesta, no me lo niegue, porque no me puede pagar: esto es claro. Pues
bien: para que vea usted de lo que soy capaz, se lo doy al cinco... ¡al
cinco!»
Y como el otro repitiera con la cabeza los signos negativos, Torquemada
se desconcertó más, y alzando los brazos, con lo cual dicho se está que
la capa fué á parar al suelo, soltó esta andanada:
«¡Tampoco al cinco!... Pues, hombre, menos que el cinco, ¡caracoles!...
á no ser que quiera que le dé también la camisa que llevo puesta....
¿Cuando se ha visto usted en otra?... Pues no sé qué quiere el ángel de
Dios.... De esta hecha, me vuelvo loco. Para que vea, para que vea hasta
dónde llega mi generosidad: se lo doy sin interés.
--Muchas gracias, amigo D. Francisco. No dudo de sus buenas intenciones.
Pero ya nos hemos arreglado. Viendo que usted no me contestaba, me fuí á
dar con un pariente, y tuve ánimos para contarle mi triste situación.
¡Ojalá lo hubiera hecho antes!
--Pues aviado está el pariente.... Ya puede decir que ha hecho un pan
como unas hostias.... Con muchos negocios de esos.... En fin, usted no
lo ha querido de mí, usted se lo pierde. Vaya diciendo ahora que no
tengo buen corazón, quien no lo tiene es usted....
--¿Yo? Esa sí que es salada.
--Sí, usted, usted (con despecho). En fin, me las guillo, que me
aguardan en otra parte donde hago muchísima falta, donde me están
esperando como agua de Mayo. Aquí estoy de más. Abur....»
Despidióle D. Juan en la puerta, y Torquemada bajó la escalera
refunfuñando: «No se puede tratar con gente mal agradecida. Voy á
entenderme con aquellos pobrecitos.... ¡Qué será de ellos sin mí!»
No tardó en llegar á la otra casa, donde le aguardaban con tanta
ansiedad. Era en la calle de la Luna, edificio de buena apariencia, que
albergaba en el principal á un aristócrata; más arriba familias
modestas, y en el techo un enjambre de pobres. Torquemada recorrió el
pasillo obscuro buscando una puerta. Los números de éstas eran inútiles,
porque no se veían. La suerte fué que Isidora le sintió los pasos y
abrió.
«¡Ah! vivan los hombres de palabra. Pase, pase.»
Hallose D. Francisco dentro de una estancia cuyo inclinado techo tocaba
al piso por la parte contraria a la puerta; arriba, un ventanón con
algunos de sus vidrios rotos, tapados con trapos y papeles; el suelo, de
baldosín, cubierto a trechos de pedazos de alfombra; a un lado un baúl
abierto, dos sillas, un anafre con lumbre; a otro, una cama, sobre la
cual, entre mantas y ropas diversas, medio vestido y medio abrigado,
yacía un hombre como de treinta años, guapo, de barba puntiaguda, ojos
grandes, frente hermosa, demacrado y con los pómulos ligeramente
encendidos; en las sienes una depresión verdosa, y las orejas
transparentes como la cera de los devotos que se cuelgan en los altares.
Torquemada le miró sin contestar al saludo y pensaba así: «El pobre está
más tísico que la Traviatta. ¡Lástima de muchacho! Tan buen pintor y tan
mala cabeza... ¡Habría podido ganar tanto dinero!».
--Ya ve usted, D. Francisco, cómo estoy... con este catarrazo que no me
quiere dejar. Siéntese.... ¡Cuanto le agradezco su bondad!
--No hay que agradecer nada.... Pues no faltaba más. ¿No nos manda Dios
vestir á los enfermos, dar de beber al triste, visitar al desnudo?...
¡Ay! todo lo trabuco. ¡Qué cabeza!... Decía que para aliviar las
desgracias estamos los hombres de corazón blando... sí, señor.»
Miró las paredes del buhardillón, cubiertas en gran parte por multitud
de estudios de paisajes, algunos con el cielo para abajo, clavados en la
pared ó arrimados á ella.
«Bonitas cosas hay todavía por aquí.
--En cuanto suelte el constipado, voy á salir al campo--dijo el enfermo,
los ojos iluminados por la fiebre.--¡Tengo una idea, qué idea!... Creo
que me pondré bueno de ocho á diez días, si usted me socorre, D.
Francisco; y en seguida al campo, al campo....
--Al camposanto es á donde tu vas prontito--pensó Torquemada; y luego en
alta voz:--Sí, eso es cuestión de ocho ó diez días... nada más....
Luego, saldrá usted por ahí... en un coche.... ¿Sabe usted que la
buhardilla es fresquecita?... ¡Caramba! Déjeme embozar en la capa.
--Pues asómbrese usted--dijo el enfermo incorporándose.--Aquí me he
puesto algo mejor. Los últimos días que pasamos en el estudio... que se
lo cuente á usted Isidora... estuve malísimo; como que nos asustamos,
y....»
Le entró tan fuerte golpe de tos, que parecía que se ahogaba. Isidora
acudió á incorporarle, levantando las almohadas. Los ojos del infeliz
parecía que se saltaban, sus deshechos pulmones agitábanse
trabajosamente como fuelles rotos que no pueden expeler ni aspirar el
aire; crispaba los dedos, quedando al fin postrado y como sin vida.
Isidora le enjugó el sudor de la frente, puso en orden la ropa que por
ambos lados del angosto lecho se caía, y le dió á beber un calmante.
«¡Pero qué pasmo tan atroz he cogido!...--exclamó el artista al
reponerse del acceso.
--Habla lo menos posible--le aconsejó Isidora.
--Yo me entenderé con D. Francisco: verás cómo nos arreglamos. Este D.
Francisco es más bueno de lo que parece: es un santo disfrazado de
diablo, ¿verdad?»
Al reirse mostró su dentadura incomparable una de las pocas gracias que
le quedaban en su decadencia triste. Torquemada, echándose el de
bondadoso, la hizo sentar á su lado y le puso la mano en el hombro,
diciéndole: «Ya lo creo que nos arreglaremos.... Como que con usted se
puede entender uno fácilmente; porque usted, Isidorita, no es como esas
otras mujeronas que no tienen educación. Usted es una persona decente
que ha venido á menos, y tiene todo el aquél de mujer fina, como hija
neta de marqueses.... Bien lo sé... y que le quitaron la posición que
le corresponde esos pillos de la curia....
--¡Ay, Jesús!--exclamó Isidora, exhalando en un suspiro todas las
remembranzas tristes y alegres de su novelesco pasado.--No hablemos de
eso.... Pongámonos en la realidad. D. Francisco, ¿se ha hecho cargo de
nuestra situación? A Martín le embargaron el estudio. Las deudas eran
tantas, que no pudimos salvar más que lo que usted ve aquí. Después
hemos tenido que empeñar toda su ropa y la mía para poder comer.... No
me queda más que lo puesto... ¡mire usted qué facha! y á él nada, lo
que ve usted sobre la cama. Necesitamos desempeñar lo preciso; tomar una
habitacioncita más abrigada, la del tercero, que está con papeles;
encender lumbre, comprar medicinas, poner siquiera un buen cocido todos
los días.... Un señor de la beneficencia domiciliaria me trajo ayer dos
bonos, y me mandó ir allá, a donde está la oficina; pero tengo vergüenza
de presentarme con esta facha.... Los que hemos nacido en cierta
posición, Sr. D. Francisco, por mucho que caigamos, nunca caemos hasta
lo hondo.... Pero vamos al caso: para todo eso que le he dicho, y para
que Martín se reponga y pueda salir al campo, necesitamos tres mil
reales... y no digo cuatro porque no se asuste. Es lo último. Sí, D.
Francisquito de mi alma, y confiamos en su buen corazón.
--¡Tres mil reales!--dijo el usurero poniendo la cara de duda reflexiva
que para los casos de benevolencia tenía; cara que era ya en él como una
fórmula dilatoria, de las que se usan en diplomacia.--¡Tres mil
realetes!... Hija de mi alma, mire usted.»
Y haciendo con los dedos pulgar é índice una perfecta rosquilla, se la
presentó á Isidora, y prosiguió así: «No sé si podré disponer de los
tres mil reales en el momento. De todos modos, me parece que podrían
ustedes arreglarse con menos. Piénselo bien, y ajuste sus cuentas. Yo
estoy decidido á protegerles y ayudarles para que mejoren de suerte....
llegaré hasta el sacrificio hasta quitarme el pan de la boca para que
ustedes maten el hambre; pero... pero reparen que debo mirar también
por mis intereses....
--Pongamos el interés que quiera, D. Francisco--dijo con énfasis el
enfermo, que por lo visto, deseaba acabar pronto.
--No me refiero al materialismo del rédito dinero, sino á mis
intereses, claro, á mis intereses. Y doy por hecho que ustedes piensan
pagarme algún día.
--Pues claro--replicaron á una Martín á Isidora.»
Y Torquemada para su coleto: «El día del Juicio por la tarde me
pagaréis: ya sé que éste es dinero perdido.»
El enfermo se incorporó en su lecho, y con cierta exaltación dijo al
prestamista:
«Amigo, ¿cree usted que mi tía, la que está en Puerto Rico, ha de
dejarme en esta situación cuando se entere? Ya estoy viendo la letra de
cuatrocientos ó quinientos pesos que me ha de mandar. Le escribí por el
correo pasado.
--Como no te mande tu tía quinientos puñales--pensó Torquemada. Y en voz
alta:--Y alguna garantía me han de dar ustedes también... digo, me
parece que....
--¡Toma! los estudios. Escoja los que quiera.»
Echando en redondo una mirada pericial, Torquemada explanó su
pensamiento en esta forma: «Bueno, amigos míos: voy á decirles una cosa
que les va á dejar turulatos. Me he compadecido de tanta miseria; yo no
puedo ver una desgracia semejante sin acudir al instante á remediarla.
¡Ah! ¿qué idea teníais de mí? Porque otra vez me debieron un pico y les
apuré y les ahogué, ¿creen que soy de mármol? Tontos, era porque
entonces les ví triunfando y gastando, y francamente, el dinero que yo
gano con tanto afán no es para tirado en francachelas. No me conocéis,
os aseguro que no me conocéis. Comparen la tiranía de esos chupones que
les embargaron el estudio y os dejaron en cueros vivos; comparen eso,
digo, con mi generosidad, y con este corazón tierno que me ha dado
Dios.... Soy tan bueno, tan bueno, que yo mismo me tengo que alabar y
darme las gracias por el bien que hago. Pues verán qué golpe. Miren....»
Volvió á aparecer la rosquilla, acompañada de estas graves palabras:
«Les voy á dar los tres mil reales, y se los voy á dar ahora mismo...
pero no es eso lo más gordo, sino que se los voy á dar sin intereses....
Qué tal, ¿es esto rasgo ó no es rasgo?
--D. Francisco--exclamó Isidora con efusión,--déjeme que le dé un
abrazo.
--Y yo le daré otro si viene acá--gritó el enfermo queriendo echarse
fuera de la cama.
--Sí, vengan todos los cariños que queráis--dijo el tacaño, dejándose
abrazar por ambos.--Pero no me alaben mucho, porque estas acciones son
deber de toda persona que mire por la Humanidad, y no tienen gran
mérito.... Abrécenme otra vez, como si fuera vuestro padre, y
compadézcanme, que yo también lo necesito.... En fe que se me saltan las
lágrimas si me descuido porque soy tan compasivo... tan....
--D. Francisco de mis entretelas--declaró el tísico arropándose bien
otra vez con aquellos andrajos,--es usted la persona más cristiana, más
completa y más humanitaria que hay bajo el sol. Isidora, trae el
tintero, la pluma y el papel sellado que compraste ayer, que voy á hacer
un pagaré.»
La otra le llevó lo pedido; y mientras el desgraciado joven escribía,
Torquemada, meditabundo y con la frente apoyada en un solo dedo, fijaba
en el suelo su mirar reflexivo. Al coger el documento que Isidora le
presentaba, miró á sus deudores con expresión paternal, y echó el
registro afeminado y dulzón de su voz para decirles: «Hijos de mi alma,
no me conocéis, repito que no me conocéis. Pensáis sin duda que voy à
guardarme este pagaré.... Sois unos bobalicones. Cuando yo hago una obra
de caridad, allá te va de veras, con el alma y con la vida. No os presto
los tres mil reales, os los regalo, por vuestra linda cara. Mirad lo que
hago: ras, ras....»
Rompió el papel. Isidora y Martín lo creyeron porque lo estaban viendo;
que si no, no lo hubieran creído.
«Eso se llama hombre cabal.... D. Francisco, muchísimas gracias--dijo
Isidora conmovida. Y el otro, tapándose la boca con las sábanas para
contener el acceso de tos que se iniciaba:
--¡María Santísima, qué hombre tan bueno!
--Lo único que haré--dijo D. Francisco levantándose y examinando de
cerca los cuadros,--es aceptar un par de estudios, como recuerdo....
Este de las montañas nevadas y aquél de los burros pastando.... Mire
usted, Martín, también me llevaré, si le parece, aquella marinita y este
puente con hiedra....»
A Martín le había entrado el acceso y se asfixiaba. Isidora, acudiendo á
auxiliarle, dirigió una mirada furtiva á las tablas y al escrutinio y
elección que de ellas hacía el aprovechado prestamista.
«Los acepto como recuerdo--dijo éste apartándolos;--y si les parece
bien, también me llevaré este otro.... Una cosa tengo que advertirles:
si temen que con las mudanzas se estropeen estas pinturas, llévenmelas á
casa, que allí las guardaré y pueden recogerlas el día que quieran....
Vaya? ¿va pasando esa condenada tos? La semana que entra ya no toserá
usted nada, pero nada. Irá usted al campo... allá por el puente de San
Isidro.... Pero ¡que cabeza la mía...! se me olvidaba lo principal, que
es darles los tres mil reales.
Venga acá, Isidorita, entérese bien... Un billete de cien pesetas,
otro, otro... (Los iba contando mojaba los dedos con saliva á cada
billete, para que no se pegaran.) Setecientas pesetas... tengo billete
de cincuenta, hija. Otro día lo da.