XVIII.

El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un frío seco y

pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tenía un aspecto encantado.

Juno, extremadamente pálida, estaba tan linda con su traje blanco que no

me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fría y

espléndida que ataviada con brillante blancura, parecía haberse puesto

al unísono de su belleza.

Después de almorzar subió a su cuarto para cambiar de vestido. Bajó muy

emocionada; nos abrazamos todos patéticamente y... camino de Italia.

--¡Qué lindo viaje! ¡qué lindo viaje!-pensaba yo.

Mis múltiples emociones me habían cansado y tenía sed de soledad. Dejé,

pues, a mi tío entenderse con sus invitados como pudiera, tomé una capa

de pieles y me dirigí hacia un sitio del parque, por el que sentía

especial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rápido, y a

cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al

caer entre piedras hábilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y

pintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cayó una vez un árbol con las raíces en una

margen y la copa en otra. Quedó algún tiempo en esa posición y cuando en

la siguiente primavera quiso mi tío hacerle sacar de allí, se apercibió

que el árbol había brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo

colocar otro al lado de aquél y entrelazar sus ramas, plantar lianas

entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta

como para que mi tío se jactara de tener un original puente rústico, que

se podía atravesar sin más peligro que el de enredarse en los gajos y

caer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que

había escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y

a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser

sorprendidos en su líquido curso por el hielo.

No sé cuanto tiempo haría que me hallaba allí, sin preocuparme del frío

que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi

ternura, como diría el poeta.

El tal objeto parecía melancólico y de muy mal humor. Venía apaleando

los árboles con un bastón que había tomado en un momento de distracción

del cuarto de mi tío, y la polvareda blanca que los cubría, saltaba y

se esparcía sobre él.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pública notoriedad que las

mujeres vemos de espaldas; así es, que yo no perdía ni uno solo de sus

movimientos.

Ya cerca de mi, cruzó los brazos, miró la cascada inmóvil, el puente,

los árboles, y no abrió la boca. Yo, en tanto, retenía el aliento y me

hacía la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin

que él se fijara, le miraba de soslayo.

--Prima...

--¿Primo...?

Esperé unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se

atascaba en el exordio, me digné dar una media vuelta hacia el orador

para alentarle.

Frunció las cejas y exclamó con ansia:

--Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

--¡Muy buena idea!--repúsele yo con tono seco,--iré a vuestro entierro.

Esta repuesta le causó tanta sorpresa, que dejó caer los brazos y me

miró con fijeza.

--¿Y no haríais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respondí muy tranquila. ¿A qué entrometerme en lo que no

me importa? Me gusta la libertad, y si tenéis ganas de abandonar este

valle de lágrimas... ¡oh, Dios mío! no movería un dedo para impedíroslo.

Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de

mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su

lúgubre proyecto, quedaba desconcertado.

--Pensé, prima, que abrigarais algún cariño por mí. La primera vez que

nos vimos me encontrasteis tan amable.

--¡Ay, primo! ¿de qué vale la opinión de una campesinilla, reducida a la

sociedad de un cura, una tía áspera y una cocinera díscola?

--¿Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatías nada más que por no

ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la señora de

Lavalle?

--Lo habéis dicho, primo.

Él me miraba furioso, retorciéndose el bigote con despecho, y

poniéndose, mal humorado el sombrero, echó a andar por el puente. ¡Oh,

cómo comprendía yo los movimientos de su alma! Se sentía feliz, feliz de

encontrar un pretexto para reñir, y la pegaba conmigo y del mismo modo

que me había desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de

barro y con el infortunado barón de Le Maltour.

--Vuestra tía era horrible, señorita,--me dijo volviéndose bruscamente.

--Mis lindos ojos compensaban su fealdad,--respondí en igual tono.

--¡Qué buena mesa! ¡Qué buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

--Sí; pero ¡qué pavo! ¿Cómo no moristeis de una indigestión? Lo creí

sinceramente, hasta el día en que os volví a ver aquí, Dios mío... en

perfecta salud.

--Sé que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos,

con la última palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. ¿Qué

os he hecho?

--Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometiéndoos acompañar vuestro

cuerpo a la última mansión.

--¡Mi cuerpo!--exclamó con doloroso escalofrío.--Aun no estoy muerto,

señorita. Sabed que no me mataré y que parto para Rusia.

--¡Buen viaje, primo!

Se había alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, crucé las manos

con desaliento y dejé correr mis lágrimas, cuando le vi volver sobre sus

pasos.

--Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qué nos enoja... Pero

qué... ¿estáis llorando?

--Pensaba en Juno--repuse logrando hacerlo con voz segura.

--Tenéis razón, primita. Os quedáis muy sola. ¿Queréis tenderme la mano?

--Con mucho gusto, Pablo.

¡Ay! no la besó, pero la oprimió con melancolía; pensaba en una mano más

bella, que había soñado poseer.

Y partió para no volver.

A pesar del frío, que ni sentía, me senté llorando junto al puente y

contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lágrimas sobre el

hielo.

¡Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario

que la quiera prodigiosamente.

Bien sé que no lo hará, pero es muy posible que esté tan enamorado de

ella, como yo de él, y veo que no le podré olvidar jamás. ¿No es una

intrepidez enamorarse así de una mujer que no le convenía, mientras que

cerca de él, una almita?...

--¿Qué haces ahí, Reina?--me interrogó mi tío, que había venido sin que

yo le sintiese.

Me levanté rápidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emoción.

--¡Cómo! ¿Lloramos?

--¡Qué tontos son los hombres, tío!

--Gran verdad, sobrina. ¿Y por eso lloras?

--Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,--proseguí

llorando.

--¿Le crees capaz de semejante crimen?

--No,--contesté sonriendo, a despecho de mis lágrimas.--Tal atrocidad es

incompatible con su carácter, pero ya la idea sólo prueba que...

--Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme,

la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no

se equivoque más.

--¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su

vida sin ser un fenómeno?

El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una

conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.

--¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que

el Pico de la Aguja Verde.

--Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.

Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más

que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.

--Con todo, Juno es tan linda.

--Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y

plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de

que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al

Pavol y...

Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré

alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que

predicen el porvenir con tanto aplomo.

--Todo está muy bien,--me dije encaminándome lentamente hacia el

castillo,--pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer

durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será

preciso mandarle a Laponia.

Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en

momentos en que el comandante subía a su carruaje.

Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:

--Comandante ¿Pablo se va a Rusia?

--Sí, su viaje está decidido.

--He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me

había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.

-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.

--Los dados están echados--exclamé en voz alta golpeando el suelo con el

pie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:

--Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los

esquimales, os lo suplico.

--¿Y por qué entre los esquimales?

--Porque las mujeres de por allá son espantosas--balbuceé,--mientras que

las rusas son lindísimas.

El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó

sencillamente:

--Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.

--¡Cuánto os quiero!--exclamé con los ojos llenos de lágrimas y

estrechándole la mano.--Decidle que no permanezca mucho tiempo en las

chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:

--Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened

la vuestra.

Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido

por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios

de la dignidad.

Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos

salir del paso?

Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y

escribí:

«Todo ha concluido, señor cura. Se han casado y se han ido felices,

encantados. Hubiera dado diez años de mi vida por hallarme en lugar de

Juno. Con quien, vos sabéis. ¿Cuándo será eso?

«¿Sabéis lo que me ha dicho mi tío? Me ha asegurado que los hombres que

aman sólo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura,

mi querido cura, os lo suplico, aplicad mañana vuestra misa para que el

señor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.

«Hasta la vista, señor cura; espero que pronto seréis cura de Pavol».

Mi tio y mi cura · 第 24 / 25 题