Esta visita al cura sólo me hizo un bien pasajero.
El saludable efecto de sus palabras se desvaneció rápidamente, y recaí
en mis negros pensamientos: mi tío, protestando siempre contra las
mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de
conducirnos a París para distraerme, cuando felizmente se precipitaron
los acontecimientos.
Pocos días antes del proyectado viaje, el señor de Pavol recibió carta
de un amigo que le pedía permiso para conducir al castillo a uno de sus
parientes, un cierto señor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada.
Mi tío contestó con premura que le sería muy grato recibir al señor de
Kerveloch, y le invitó a almorzar, sin presumir que salía al paso a un
acontecimiento que, desvaneciendo sus sueños, debía resucitarme la
esperanza.
El segundo día después de escrita esta carta (tengo mis motivos para
acordarme eternamente de tan célebre día)--el segundo día, hacía un
tiempo espantoso.
Según nuestra costumbre, nos hallábamos reunidos en el salón. Blanca
preocupada y sentada cerca del fuego, respondía con monosílabos al señor
de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su
destierro, había reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.
Mi tío leía el diario, y yo me había refugiado en el hueco de una
ventana.
Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tenía pasión
por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la
lluvia que caía sin interrupción; escuchaba el rugido del viento, de ese
viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me sentía
fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos
instantes acudía a mi la felicidad arrastrada por el rápido trote de dos
briosos corceles.
De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba
a Blanca con una expresión tal, que me daban ganas de estrangularla.
--¡Qué aire de idiota tiene!--decíame yo, mirándola así, con los ojazos
fijos y casi atontados.
--¡Sí!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del
mismo modo, lo encontraría encantador y más lindo que nunca! ¡Oh,
inconsecuencia humana! Y clavé mi aguja con tanta rabia, que la quebré.
En ese momento, oímos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.
Mi tío dobló su diario, Juno aplicó el oído diciendo:--¡Tenemos
visitas!--Y algunos segundos después eran introducidos en la sala, el
amigo de mi tío y su agregado de embajada.
No sé porqué tal título estaba unido en mi mente a la vejez y a la
calvicie. Sin embargo, el señor de Kerveloch, no sólo no era ni viejo ni
calvo, sino que, excepción hecha de Francisco I (en su retrato), yo no
había visto jamás ningún hombre tan bello.
Así que entró se me ocurrió que en su hermosa cabeza bullían ideas
matrimoniales. Tenía treinta años; su estatura era suficientemente
elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su
expresión inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la
aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Frío, pero cortés
hasta en los menores detalles, tenía maneras elegantísimas y una
posesión de sí que inmediatamente subyugaron a Blanca.
Él por su parte, la contempló con admiración, y cuando a la despedida,
le vi cerca de ella, comprobé con secreta alegría que era imposible
imaginar una pareja más bella.
Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dejó con cara
entristecida. Juno tocó diez veces seguidas el último pensamiento de
Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran
preocupación, mientras que mi tío nos observaba de un modo perspicaz y
burlón.
El señor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente día; tres
después pedía la mano de Blanca, y apenas habían pasado dos semanas de
esto, cuando yo escribía al cura.
«Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y
caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginación y
de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad
entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.
«Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece
que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me
reserva alegrías, y que es una suerte que el universo exista.
«Blanca se casa, señor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch.
¡Dios mío, qué pareja tan linda! Y decir que no ha faltado más que un
átomo, una línea, para que aceptase al señor de Couprat. Un hombre a
quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... ¡Qué
consideración tan absurda! ¿No es natural y lógico comer bien, cuando se
tiene salud?
«Si me preguntáis cómo han podido variar tan bruscamente las cosas en el
Pavol, difícilmente os lo podría explicar. Todo lo que sé es que un día,
un hermoso día, no, llovía a torrentes, pero no importa. Un día, digo,
llegó el señor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi tío. Viéndole
entrar, adiviné que traía intenciones, y supuse también que le gustaría
a Blanca, porque tenía todas las cualidades que ella pretende en un
marido. El señor de Kerveloch la contempló como hombre que sabe apreciar
la belleza y pocos días después solicitaba el honor de unirse a ella,
como dicen mi tío y la etiqueta.
Juno salió de su habitual indiferencia, y declaró con entusiasmo, que
jamás le había gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba
redondamente a dar su mano al señor de Couprat.
«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como
antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la
dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi
cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero
hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me
parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros
hermosos cabellos blancos más delicados.
«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido
verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he
reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré
de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada,
mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al
tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las
engalana con su propia belleza.
«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué
estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se
resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el
arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está
decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué
caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo
insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez
la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar.
No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible
se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y
desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor
cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este
instante!
«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la
vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen
que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que
sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los
conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una
declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he
aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me
prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y
declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el
fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a
guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo
insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que
avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!
«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más
lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero
¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?
«Dadme luz, mi viejo cura».
Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo.
Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el
matrimonio de Blanca.
Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su
hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e
incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la
felicidad de una sobrina.
Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna
veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan
entrañablemente sin que siquiera lo sospechara.
Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni
atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y
poético.
Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante.
Tendió la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:
--Prima, no deseo más que vuestra felicidad, y espero que seguiremos
siendo siempre buenos amigos.
Pero este comportamiento de héroe de comedia, no le libraba de sentir
hondo pesar. Sus visitas al Pavol, fuéronse haciendo cada día más raras,
y le notaba muy cambiado, moral y físicamente.
Entonces volvía a llorar a escondidas, y me enojaba con él. ¡Le hubiera
sido tan fácil quererme! ¡Era tan lógico y racional comprender que
nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quería con locura!
De veras, si los hombres fueran siempre lógicos, el mundo andaría
mejor.