XIX.

El único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la

instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil

demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor

de próxima separación.

¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad

de los hombres!

Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana

remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.

Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.

Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno

que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme

paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis

cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía

obligada a soportar.

Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el

viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las

hermosas eslavas me daban un miedo horrible.

--¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?

--Es de esperarse, Reinita.

--Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En

qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera;

decidme que no es posible y que pronto me querrá.

--Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer

lo contrario y prepararte de antemano.

--Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor

cura.

--¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!

--El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme

que me querrá, señor cura, decídmelo.

--No deseo otra cosa, hijita querida,--respondíame el cura, quien a

pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el

ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese

dependido de semejante sacrificio.

Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de

todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por

día.

Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante

horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y

pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador,

con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el

Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.

Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi

melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor

de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este

solo hecho habría bastado para probarle su intensidad.

Seis meses pasáronse así.

Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el

jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había

refrescado la atmósfera y regado las flores del cura.

Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia

de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba

arrebatar por risueñas esperanzas.

Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que

doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me

recordaba las mejores horas de mi vida.

De tiempo en tiempo, decíame el cura:

--Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina,

que he encontrado ya más de quinientas?

Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen

cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis

quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.

Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín

y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio

sacudimiento que sentí en mi vida.

--¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina

¿dónde está?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una

palabra.

--¡Ah, allí está!--exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.

--¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de

volver a veros!

Tomó mi mano y la besó.

Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis

pensar mal de mí.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero

cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba

esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando

le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa,

especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar

tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso

que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó

en sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.

Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las

manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a

la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas

veces a mi mente.

--Querida Reina--murmuró Pablo a mi oído;--si hubiese conocido antes

vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.

Yo no respondí, porque lloraba.

Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras

que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un

lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.

--Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara

hacia acá, Reina.

Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y

exclamé:

--¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja

Verde.

--¿El Pico de la Aguja Verde?--preguntó sorprendido.

--Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo

que ignorabais al partir?

--Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido

recordando desde hace dos meses.

--¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

--Nada es más cierto, mi querida novia.

¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras

que el cura lloraba de alegría.

Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la

prisión en que las había puesto el cura.

Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su

plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas

lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé

tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos,

y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por

gorriones y babosas.

Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar

su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin

embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el

espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a

nombrársela.

--¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?

--Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte.

¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?

No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:

--Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...

--¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.

--¡Oh¡--repuse mirándole solapadamente,--si mi tía era horrible.

--No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más

encantadora...

--Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

--Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer

como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea

e inculta es la tierra en que brota.

--Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.

--¡Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.

--No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con

toda la sinceridad de mi corazón.

Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba,

pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el

preguntarle:

--¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?

--¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?--replicó

seriamente.--¿No tienes confianza en mi lealtad?

--¡Oh, sí!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de

cariño.

Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la

imagen de Blanca.

Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta

confianza.

--Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.

--¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?

--Sois muy poco discreto tío--le dije,--ruborizándome.

--Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo

conocía.

--¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.

--No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.

--Es posible.

--Y Pablo no ha ido a Laponia--continuó, riéndose, mi tío.

¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa

felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta

delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin

saberlo, había divulgado a todo viento.

Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin

igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de

fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los

que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar

por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin,

nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo,

nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la

estimación por base.

Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo

la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a

otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas

y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada

investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor

formal.

A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él

admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:

--¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que

el amor no es la cosa más encantadora del mundo?

--¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido

convencerte.

--¿Y, no tenía razón?

--Así parece--y sonreía bondadosamente.

El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la

bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo

creo.

Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:

--¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se

abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.

Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al

pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado

viejas para casarse.

El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo

mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores,

deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el

gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y

mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios.

Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me

repita eternamente...

Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.

Mi tio y mi cura · 第 25 / 25 题