El único acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la
instalación del cura en la parroquia del Pavol, y me parece inútil
demostrar con palabras el júbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor
de próxima separación.
¡Con qué delicia le veía subir al púlpito y predicar contra la iniquidad
de los hombres!
Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana
remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.
Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.
Me parecía que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno
que respiraban la más completa felicidad, no eran a propósito para darme
paciencia. Así es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis
cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me veía
obligada a soportar.
Sabía, que el objeto de mi amor ¡ay! no había hallado de su gusto el
viaje a Laponia. Paseábase tranquilamente en San Petersburgo, y las
hermosas eslavas me daban un miedo horrible.
--¿Estáis seguro de que no se enamorará de una rusa, señor cura?
--Es de esperarse, Reinita.
--Es de esperarse... Contestadme de un modo más categórico, mi cura. ¿En
qué pensáis? ¡Oh! no es posible que se enamore de una extranjera;
decidme que no es posible y que pronto me querrá.
--Lo deseo ardientemente, pobre hijita mía; pero harías bien en suponer
lo contrario y prepararte de antemano.
--Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignación, señor
cura.
--¡Cuán poco juiciosa eres, Reina!
--El juicio, según mi opinión, consiste en querer la felicidad. Decidme
que me querrá, señor cura, decídmelo.
--No deseo otra cosa, hijita querida,--respondíame el cura, quien a
pesar de su horror al sufrimiento físico hubiera sido capaz de seguir el
ejemplo de Mucio Scévola, si la realización de mis anhelos hubiese
dependido de semejante sacrificio.
Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi tío y de la de
todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente día por
día.
Gustábame recorrer sola los senderos del bosque y permanecía durante
horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra última entrevista y
pensando en lo que haría si me le viese aparecer alegre y encantador,
con aquella expresión en los ojos que me había agradado tanto en el
Zarzal y que después no había vuelto a ver brillar para mí.
Este amor por la soledad, crecía diariamente en razón directa de mi
melancolía. En fin, poco a poco perdí toda mi locuacidad, y si el señor
de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde hacía tiempo, este
solo hecho habría bastado para probarle su intensidad.
Seis meses pasáronse así.
Un día, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallábame sentada en el
jardín de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrón había
refrescado la atmósfera y regado las flores del cura.
Entreteníase él en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia
de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba
arrebatar por risueñas esperanzas.
Sólo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que
doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra húmeda que me
recordaba las mejores horas de mi vida.
De tiempo en tiempo, decíame el cura:
--Pero sabes que es curioso. ¡Qué cantidad de babosas! ¿Creerás, Reina,
que he encontrado ya más de quinientas?
Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen
cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volvía a mis
quimeras y concluía por quedar sumida en una vaga somnolencia.
Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardín
y el sonido de una voz llena de alegría que me causó el más recio
sacudimiento que sentí en mi vida.
--¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina
¿dónde está?
Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una
palabra.
--¡Ah, allí está!--exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.
--¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de
volver a veros!
Tomó mi mano y la besó.
Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis
pensar mal de mí.
Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero
cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba
esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando
le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa,
especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar
tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso
que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó
en sus brazos.
Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.
Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las
manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a
la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas
veces a mi mente.
--Querida Reina--murmuró Pablo a mi oído;--si hubiese conocido antes
vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.
Yo no respondí, porque lloraba.
Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras
que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un
lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.
--Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara
hacia acá, Reina.
Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y
exclamé:
--¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja
Verde.
--¿El Pico de la Aguja Verde?--preguntó sorprendido.
--Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo
que ignorabais al partir?
--Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido
recordando desde hace dos meses.
--¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?
--Nada es más cierto, mi querida novia.
¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras
que el cura lloraba de alegría.
Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la
prisión en que las había puesto el cura.
Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su
plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas
lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé
tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos,
y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por
gorriones y babosas.
Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar
su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin
embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el
espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a
nombrársela.
--¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?
--Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte.
¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?
No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:
--Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...
--¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.
--¡Oh¡--repuse mirándole solapadamente,--si mi tía era horrible.
--No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más
encantadora...
--Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...
--Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer
como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea
e inculta es la tierra en que brota.
--Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.
--¡Oh! no, absolutamente, Reinita.
Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.
--No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con
toda la sinceridad de mi corazón.
Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba,
pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.
Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el
preguntarle:
--¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?
--¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?--replicó
seriamente.--¿No tienes confianza en mi lealtad?
--¡Oh, sí!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de
cariño.
Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la
imagen de Blanca.
Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta
confianza.
--Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.
--¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?
--Sois muy poco discreto tío--le dije,--ruborizándome.
--Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo
conocía.
--¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.
--No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.
--Es posible.
--Y Pablo no ha ido a Laponia--continuó, riéndose, mi tío.
¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa
felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta
delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin
saberlo, había divulgado a todo viento.
Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin
igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de
fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los
que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar
por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin,
nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo,
nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la
estimación por base.
Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo
la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a
otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas
y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada
investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor
formal.
A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él
admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:
--¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que
el amor no es la cosa más encantadora del mundo?
--¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido
convencerte.
--¿Y, no tenía razón?
--Así parece--y sonreía bondadosamente.
El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la
bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo
creo.
Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:
--¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!
La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.
¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se
abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.
Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al
pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado
viejas para casarse.
El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo
mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores,
deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el
gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.
Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y
mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios.
Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me
repita eternamente...
Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.