Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa
increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció
casi decidida a otorgarle su mano.
Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda,
y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos
hombres.
Pero esta resignación era sólo aparente.
Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por
pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo
más sencillo era irme al otro mundo.
Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él
con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi
enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la
idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las
gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había
muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su
ejemplo.
Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis
pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir
al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.
Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le
pedí permiso para ir al Zarzal.
--Más vale escribir al cura que venga, Reina.
--No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.
--Es que no es nada divertido el viaje.
--No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo
hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si
es que me lo permitís.
--Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será
fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?
--Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a
dormir en la casa parroquial.
--Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de
hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.
Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la
barba con aire preocupado.
--¿Estás enferma, Reina?
--No, tío.
--Sobrinita--díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se
cumplan mis deseos.
Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría
visto nada.
Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que
era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran
éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.
Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía
de Blanca que deseaba ir conmigo.
En el camino medité en las palabras de mi tío.
--Lo sabe todo--pensé.--¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de
mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de
qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede
querer a otra. No entiendo a mi tío.
Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez.
Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su
vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.
Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda,
mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a
mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que
profesaba a la etiqueta.
Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro
de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a
paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar
almorzando.
Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia
adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que
coloqué contra el muro a modo de banco.
Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que
formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.
Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían
perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos
no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre
el cráneo, con indecible desolación.
--¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!
Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y
me precipité en el comedor, como una bomba.
El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció
de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la
etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus
brazos y lloré largo rato sobre su pecho.
Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de
un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían
cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la
escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder
la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que
sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener
la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social
ante un sentimiento sincero y profundo.
--La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo--exclamé sollozando.
--¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal
conclusión? No, no; no es posible.
Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con
enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un
pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con
caricias y frases cariñosas.
--Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate--me
dijo separándome con dulzura.
--Tenéis razón--respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi
bolsillo.--Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la
calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos.
¡Comamos, señor cura!
Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos,
desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa
alegremente.
--Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de
hambre.
--Y no tengo casi nada que darte.
--¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero!
¡Es un banquete!
--Y ¿has venido sola, Reina?
--¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a
espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le
digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.
El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí.
Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y
mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una
admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.
--Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?
--Digo... sí, algo, Reina.
--Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que
acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan
bien.
Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis
impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé
continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por
cierto, sin pensar en reñirme.
--¿No voy camino del infierno, señor cura?
--No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.
--¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os
he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.
--En todo caso, no lo pareces.
--Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os
convenceréis.
Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un
espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a
un lado de la chimenea.
--Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?
Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí
tranquilamente.
--Mi cura, me muero.
Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera,
en la que estaba a punto de introducir los dedos.
--No tienes aspecto de eso, hijita.
--¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?
--No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota
una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?
Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar
una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una
palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un
movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se
incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.
--¿Y bien, Reina?
--Pues bien, señor cura, me muero de... amor.
El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el
mismo cura no dio más que un salto pequeñito.
--Estaba seguro de ello--dijo pasándose la mano por la cabellera blanca,
que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos
tiempos,--estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.
--No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto
que amo.
--¡Oh tan joven, tan niña!
--¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de
Couprat.
--¡Ah! ¿conque es él?
--¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?
--Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.
--Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le
gusto.
Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos
instante como petrificado.
--¡Eso no es posible!--exclamó y con tal convicción que no pude ahogar
la risa.
--No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha
pedido su mano.
Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis
descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta
narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y
verdadera.
El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio
mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la
consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se
esforzó en hacerme entrar en razón.
--Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.
--¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.
--Sin embargo, sucede.
--¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.
--¿Se lo has dicho a tu tío?
--No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para
qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no
quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.
Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.
Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer
el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.
Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente,
cuando el cura prosiguió semisonriendo.
--Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.
-¡Ah! señor cura--repliqué rápidamente,--si Francisco I y Buckingham
estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría
contentísima.
¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible
de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso
tema, me aconsejó resignación.
--Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que
tienes delante de ti una larga vida.
--Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me
casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!
Y traté de toser de un modo cavernoso.
--No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.
--Bueno--dije levantándome,--veo que no queréis creerme. Aprovechemos
del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir
al Zarzal, señor cura.
Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de
Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cariño y el
rostro del cura.
¡Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar
ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la
ventana de la galería, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y
mugía y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta
casa!
Después de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorrí la casa de
arriba abajo. ¡De veras, no debiéramos medir el tiempo por la cantidad
de días pasados sino por el número y vivacidad de las impresiones! Pocas
semanas antes salía de la antigua morada, y sin embargo, si se me
hubiese asegurado que en vez de días eran años los que habían pasado por
mi, lo hubiera creído sin dificultad.
Conduje al cura al jardín. ¡Pobre selva virgen! Me recordaba días
tristes; sin embargo, sentí cierto placer recorriéndolo en todo sentido.
Y luego, asediábame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas,
recuerdo todavía encantador para mi, a pesar de la amargura de las
decepciones que habían sucedido a un instante de felicidad.
--¿Os acordáis, señor cura?--díjele indicándole el cerezo, a que había
trepado Pablo.
--Pensemos en otra cosa, Reinita.
--¿Acaso me es dable, señor cura? ¡Si supierais cuánto le quiero! Os
aseguro que no tiene defectos.
Una vez en este terreno ningún poder humano me hubiera podido detener,
tanto más cuanto que en el Pavol me veía obligada a ocultar mis
impresiones. Hablé por tanto rato, que el cura quedó como aturdido.
Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura desplegó todo su talento
oratorio, para probarme que la resignación es una virtud llena de
sabiduría y fácil de alcanzar.
--¡Ah, mi cura--le respondía con toda seriedad,--no sabéis lo que es el
amor!
--Créeme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidarás y te
sobrepondrás fácilmente a esta prueba. Eres tan joven.
Tan joven... Este era su estribillo. ¿No se sufre lo mismo a los diez y
seis años como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son
incomprensibles.
Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:
--¡No comprendéis, mi cura, no comprendéis!
Al día siguiente, mientras nos paseábamos por el jardín, le dije:
--Señor cura, esta noche he concebido una idea.
--Veamos la idea, hijita.
--Tengo ganas de que seáis cura del Pavol.
--No se puede quitar a otro su puesto, Reina.
--El que está actualmente, es muy viejo, señor cura; espío con tierna
atención los síntomas de su decrepitud. ¿No os gustaría reemplazarle?
--Sí, evidentemente. No obstante, sentiría abandonar mi parroquia;
treinta años hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.
--¿Habéis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.
--No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en
que yo también he sido joven. Mis sueños no eran por el estilo de los
tuyos, hijita, pero he soñado con una vida activa; hubiera deseado ver y
oír muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos
intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no
tenía cariño ni amistad en torno mío. Pero uno se sobrepone al fastidio
y a los pesares, Reina; todo está en quererlo. Era muy feliz desde hacía
tiempo, antes de tu partida del Zarzal; había olvidado los largos días
tan tristes de mi juventud.
El buen cura me miraba con aire soñador, y yo que, viéndole siempre
alegre y satisfecho, no había pensado nunca en que hubiera podido
sufrir alguna vez, me sentí enternecida ante una resignación tan
verdadera, tan dulce y tan sin hiel.
--Sois un santo, mi cura--le dije tomándole la mano.
--¡Chut! No digamos tonterías, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha
hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carácter
joven y activo.
Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede
soportar, y que la felicidad y la alegría se encuentran siempre, cuando
se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.
Todo lo comprendía perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba
en desierto.
Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda
convicción, que en cuestión de pesares, nada es comparable a un amor
desgraciado.
--Si el curato del Pavol se ve vacante algún día, Reina, lo aceptaré con
júbilo; desgraciadamente este cambio no depende de mí.
--Lo sé, lo sé, pero mi tío conoce mucho al señor obispo, y arreglara
todo.
El cura me acompañó hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante
_landeau_ de mi tío, exclamó:
--¡Cuánto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! ¡Qué diferencia entre
este coche y el carromato de Juan!
--Pronto me veréis en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para
que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa,
puesto que está decrépito y enfermo. Tendréis una espléndida iglesia y
un púlpito, señor cura, pero un verdadero y espacioso púlpito.
Arrancaron los caballos, y me asomé a la ventanilla para poder ver por
más tiempo a mi viejo cura, que me hacía señales de cariñosa despedida,
sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza
había nacido en su corazón.