Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con
puntualidad dos veces por semana.
Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí
de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en
inquietudes y tristeza.
Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de
vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas
por el estilo de ésta:
«Señor Cura:--Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os
parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».
O de esta otra:
«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría,
de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño,
un mito; todo lo que queráis, menos realidad!
«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir,
sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»
Él me contestaba correo por correo.
«Hijita querida:--¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace
tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de
tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será
tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y
por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo,
Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y
conversaremos de tus preocupaciones.»
Yo le respondí:
«Señor Cura:--La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la
sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado,
no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de
espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah!
si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar
con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto
que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero
creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la
regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y
convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la
felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de
un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden
estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.
«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada,
apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy,
estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que
no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta,
como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están
destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.
«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne,
que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona
moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto,
completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia
el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral
no arruine a lo físico...
«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es
terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?
«Hasta la vista, mi viejo cura».
Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura
la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a
paseo al monte San Miguel.
Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el
comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y
prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto
soñador.
Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo
hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme
mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de
mi mal humor positivamente insoportable.
--¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!--decía yo, quejándome a
cada paso.
--No son más que seiscientos, prima.
--¡Oh! entonces me quedo aquí.
--Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de
reumatismo.
Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery,
mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas
generaciones.
¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la
maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que
duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos,
puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el
rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y
cumplidos, sin pensar siquiera en mí.
¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.
Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que
yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se
dignaba notarlas.
--Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de
ella?
--Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún
encanto.
--¿Que no lo encuentras en ella misma?
--De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas
arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo
eso no sirve para nada!
--Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura
feudal--exclamó, riendo, mi tío.
Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.
--Nos vamos a romper la mollera--gemía yo, aferrándome al brazo del
comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.
--¿Estamos tristes, Reinita?--me preguntó quedo el comandante.
--Habláis como mi cura--respondí emocionada.
--Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?
--Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie--contesté de mal
modo.--Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto
las opiniones de Susana.
--¡Oh, oh!--dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que
tuve miedo de estallar en sollozos;--¡tanta misantropía en tanta
juventud!
No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa
terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme
arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché
a llorar.
--¡Ah!--pensaba,--cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho
tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda
mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios
mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!
Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que
me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba
vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en
la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis
propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que
arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.
De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.
--Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el
monte San Miguel?
--Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.
En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la
poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que
recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de
felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del
porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el
camino cubierto con jirones de mi dicha.
Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío
llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella
muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la
convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.
Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas
las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente.
Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno,
tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera
fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.
--Reina--díjome sin preámbulos--Pablo ha pedido mi mano.
El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón.
¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso
con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy
por creerlo.
Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos
no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su
corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por
más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.
--¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?
--Un calambre--murmuré con voz débil.
--Voy a buscar éter--dijo, levantándose diligentemente.
--No, no--proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi
altivez que se desvanecía.--Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.
--¿Sufres de eso a menudo, Reinita?
--No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.
Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un
importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza,
que en breve pareció libre de su preocupación.
--Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?
--Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmaría todas sus
aspiraciones.
--Y a ti ¿te gusta?
--Esa unión me gusta, por cierto; reúne todas las conveniencias, pero
hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.
--¿Qué defecto le encuentras?
--No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un
excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y
luego ese apetito normando que le caracteriza... ¡Preciso te será
convenir conmigo que está desprovisto de poesía!
--Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy
natural--respondí conteniendo mis lágrimas.
--En fin ¿qué quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.
--¿Entonces, lo desairas, Juno?
--He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues
temo causar una decepción a mi padre. Por otra parte, ese casamiento
reúne bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin
es un cumplido caballero.
--Mas, supuesto que no le amas, Blanca...
--Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el
hogar, no es necesario el amor.
--¿Cómo puedes creer semejante cosa?--exclamé saltando de
indignación.--De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.
A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen
sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba
en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle
oídos.
--Pablo te quiere mucho, Juno--murmuré yo casi sin voz.
--Sí, desde hace tiempo.
--¿Lo sabías?
--Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo
habías notado?
--Sí... algo--le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro
lleno de melancolía.
Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su
mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.
Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su
padre, concluiría por dar su consentimiento.
Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado
quince días después.
¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.