XIV.

Tal vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin

tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad

increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un

solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho,

que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse

perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los

puntos sobre las íes.

Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de

Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a

Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí

celos de Juno.

¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente,

pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor.

Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de

Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas.

No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me

refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome

discursos.

«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece

en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por

cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras

que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros

armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena

como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le

ordena»...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar

de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince

días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras

caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas;

pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no

despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al

señor de Pavol.

--¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

--Nada, tío.

--¿Te aburres? ¿Quieres viajar?

--¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.

--Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un

tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas

de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?

--No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero

casarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír

hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de

Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin

embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo

por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos

extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente

hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me

llamaron la atención.

Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la

sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para

elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a

mis pretendientes.

--¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?--me

preguntó Blanca.

--No me casaré, si no encuentro lo que deseo.

--¡Ah! ¿y qué deseas?

--No lo sé aún--respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.

--Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?

--Te juro, que no--díjele, zafándome de su caricia,--no quiero a nadie,

y cuando quiera, lo sabrás en seguida.

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en

aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un

hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no

se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en

presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.

--Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.

--Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome

sonriendo,--¡cinco pedidos a la vez: figúrate!

--No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me

oprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más

raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse

en el número de mis adoradores.

¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la

sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo

más pronto posible.

Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.

--Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.

--Que le aproveche, tío.

--¿Te gusta?

--Al contrario.

--¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del

otro día que no valían nada.

--Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.

--Vamos al señor P. muy bien...

--¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!

--¿Y el señor de C.?

--¡Un hombre espantoso!

--Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.

--¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los

veintiséis años!

--¡Ah!... ¿y el pequeño D?...

--No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez

casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.

--Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le

reprochas?

--Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé

valsar a tres tiempos--exclamé con indignación.

--¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan

joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a

hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las

mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna

inmensa, familia honorable y muy antigua.

--¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca--interrumpí con desdén. Tengo

horror a los abuelos, tío.

--¿Por qué?

--Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué

idiotez!

--¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V...

gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de

ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?

--No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la

punta de los dedos--respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar

mis afiladas manos.

--Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien.

Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y

quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una

contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que

la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente

en el Pavol cuando le plazca.

--Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.

Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta

agitación.

--¡Ah, quiere salir con la suya!--decíame mordiendo el pañuelo para

ahogar los sollozos;--ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en

cuatro días desaparezca de mi vista.

Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi

repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con

prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni

renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde

hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era

profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio

para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre

que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor

atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido

perfecto.

Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo,

con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente

señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda

de un portero de jesuitas.

El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que

fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más

que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia

que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte,

el criticarla.

Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.

--¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

--Sí--le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.

--¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

--No.

--Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido

llevabais! ¿Os gusta el azul?

--Puesto que lo uso...

El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.

--¿Os gustan los viajes, señorita?

--No.

-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.

--¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!

La conversación duró un poco más en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor

impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se

paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y

abrevió la visita.

Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca

mía.

--Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto

para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas

por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda

tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero

quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena

lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le

Maltour almorzará con nosotros.

--Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.

--Pero no vayas a decir tonterías.

--Me inspiraré en la ciencia, tío--le contesté majestuosamente.

--¿Cómo? en...

--No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.

--No, sobrina, no se trata de...

Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y

corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en

práctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la

Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme

sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de

cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con

nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos

detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación

ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

--Veremos--me decía,--si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi

querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a

pocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del

que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso,

al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón

al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me

hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le

Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

--He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan

muchísimo los viajes.

--Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante

distracción.

--¿Y vos habéis viajado?

--Sí, algo.

--¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies,

los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le

interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.

--¿Y qué es todo eso?--preguntó aturdido el barón.

--¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?

--No, jamás.

--¡No haber estado en Tartaria!--exclamé con desdén.--¿A lo menos

conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y

el diablo a cuatro?

Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer

mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la

tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios

para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba

el mayor desconcierto y Blanca exclamó:

--¿Has perdido la cabeza, Reina?

--No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por

Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba

la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos

donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que

ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su

país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me

gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran

seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las

personas, y para extirparlo se...

--Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.

--¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?--pregunté al barón.

--Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

--Para los que no tienen sangre en las venas--respondí

despreciativamente.--Cuando me case, iré a Tartaria.

--A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

--Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien

llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

--¿Cómo? Comido por...--murmuró tímidamente el barón.

--Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque

según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es

la de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no

resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis

caprichos _tártaros_, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con

aire sentencioso:

--Tío, quien quiere el fin pone los medios.

Mi tio y mi cura · 第 20 / 25 题