Tal vez os admiréis de mi falta de perspicacia, pero ¿quién, aun sin
tener la excusa de mis diez y seis años, no ha demostrado una ceguedad
increíble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un
solo hombre que no se haya tratado de imbécil, descubriendo un hecho,
que aunque muy visible, no llegaba a ver. ¡Ah! es muy fácil llamarse
perspicaz, como también es fácil parecerlo, cuando se nos ponen los
puntos sobre las íes.
Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al señor de
Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a
Blanca. ¡Cuánto lloraba en silencio! pero eso sí, nunca, nunca sentí
celos de Juno.
¡Dios mío! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente,
pero sin que la más mínima sombra de pasión feroz se mezclase a mi amor.
Contra el único que sentía una ira continua era contra el señor de
Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas.
No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me
refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echándome
discursos.
«¡Oh, qué talento, enamorarse de una mujer cuyo carácter no se le parece
en nada! ¡Él, tan alegre, tan charlatán, tan charlatán como yo, por
cierto! Blanca es seria, silenciosa e idólatra de la etiqueta, mientras
que a él estoy segura, que lo desespera. ¡En cambio nosotros
armonizábamos tan bien! ¿Cómo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena
como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazón no se le
ordena»...
Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.
De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueños, y a pesar
de la firme resolución de ocultar mis impresiones, al cabo de quince
días todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras
caprichosas. Por la mañana estaba tan alegre que reía horas y, horas;
pero por la tarde, sentábame a la mesa con aspecto sombrío y no
despegaba los labios durante toda la comida.
Este silencio tan en oposición con mis hábitos, preocupaba bastante al
señor de Pavol.
--¿Qué es lo que pasa en tu cabecita, Reina?
--Nada, tío.
--¿Te aburres? ¿Quieres viajar?
--¡Oh no, no, tío! Por nada dejaría el Pavol.
--Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un
tirano. ¿Te pesarían las negativas con que has acogido las propuestas
de matrimonio que se han sucedido en estos últimos días?
--No, no, tío, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero
casarme.
Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no podía oír
hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el señor de
Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin
embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insistía algo, para que yo
por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.
Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos
extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente
hacía, no fue la inconsecuencia de mi tío, uno de los que menos me
llamaron la atención.
Aquí para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la
sobrina que le había caído en suerte. Me dejó completamente libre para
elegir y se contentó con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a
mis pretendientes.
--¿Y no eras tú la que tenías tanta prisa por casarte, Reina?--me
preguntó Blanca.
--No me casaré, si no encuentro lo que deseo.
--¡Ah! ¿y qué deseas?
--No lo sé aún--respondile con la garganta oprimida.
Blanca me tomó la cara con ambas manos y me miró con atención.
--Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. ¿Amas a alguien? ¿A Pablo?
--Te juro, que no--díjele, zafándome de su caricia,--no quiero a nadie,
y cuando quiera, lo sabrás en seguida.
Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en
aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un
hombre que amaba a otra y mucho más siendo ésta prima mía. Felizmente no
se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en
presencia de ellas, probablemente habría flaqueado mi estoicismo.
--Hago lo mismo que tú, Blanca, espero.
--Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome
sonriendo,--¡cinco pedidos a la vez: figúrate!
--No me hables más de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me
oprime, me asfixia.
Por desgracia a un sexto pretendiente que reunía las cualidades más
raras, extraordinarias y completas, se le antojó de improviso colocarse
en el número de mis adoradores.
¡Ay! ¡cosechaba yo lo que había sembrado! pues desde mi entrada en la
sociedad no había hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo
más pronto posible.
Hízome llamar mi tío y tuvimos una larga conferencia.
--Reina, el señor de Le Maltour, solicita tu mano.
--Que le aproveche, tío.
--¿Te gusta?
--Al contrario.
--¿Por qué? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del
otro día que no valían nada.
--Tampoco vuestros partidos no eran presentables, tío.
--Vamos al señor P. muy bien...
--¡Oh, un hombre de treinta años, casi un patriarca!
--¿Y el señor de C.?
--¡Un hombre espantoso!
--Y el señor de N... mozo de mérito y muy inteligente.
--¡Bah! le conté los cabellos y ¡no tenía más que catorce! ¡A los
veintiséis años!
--¡Ah!... ¿y el pequeño D?...
--No me gustan los trigueños. Y luego, es una nulidad completa. Una vez
casado, querría a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada más.
--Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barón de Le Maltour; ¿qué le
reprochas?
--Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no sé
valsar a tres tiempos--exclamé con indignación.
--¡Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan
joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volverás a
hallar jamás un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las
mejores informaciones respecto a su moralidad y su carácter, fortuna
inmensa, familia honorable y muy antigua.
--¡Ah, sí, abuelos! como dice Blanca--interrumpí con desdén. Tengo
horror a los abuelos, tío.
--¿Por qué?
--Gente que no pensaba más que en pelear y romperse la cabeza. ¡Qué
idiotez!
--¡Ah! pues mira, sé también que el escribiente del tribunal de V...
gusta de ti; no tiene abuelos, ¿quieres que le diga que en vista de
ello, la señorita de Lavalle está dispuesta a casarse con él?
--No os burléis de mi, tío; bien sabéis que soy aristócrata hasta la
punta de los dedos--respondí, aprovechándome de la ocasión para admirar
mis afiladas manos.
--Es lo que creo, si no engaña tu aspecto. Y ahora, sobrina, óyeme bien.
Aun no conoces al señor de Le Maltour, para formar opinión de él, y
quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una
contestación definitiva. Voy a escribirle a la señora de Le Maltour, que
la resolución depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente
en el Pavol cuando le plazca.
--Muy bien, mi tío, haced lo que queráis.
Cinco minutos después paseaba yo por el bosque, presa de la más violenta
agitación.
--¡Ah, quiere salir con la suya!--decíame mordiendo el pañuelo para
ahogar los sollozos;--ya verá cómo recibo a su Le Maltour. Quiero que en
cuatro días desaparezca de mi vista.
Mi tío no ve ni comprende nada. Me engañaba. Mi tío, a pesar de mi
repentina resolución de disimulo, veía claramente, pero se conducía con
prudencia. No podía impedir al señor de Couprat que amara a su hija, ni
renunciar al proyecto que tanto él como el comandante acariciaban desde
hacía tiempo. Por otra parte, convencidísimo que mi cariño no era
profundo y que era más bien una niñada, pensaba que el mejor remedio
para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre
que enamorado de mi, se hiciera amar, fundándose en este axioma: el amor
atrae al amor.
Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido
perfecto.
Dos días más tarde llegaron al Pavol la señora de Le Maltour y su hijo,
con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente
señora me dijo cien amabilidades a las que contesté con la cara ceñuda
de un portero de jesuitas.
El barón era un buen muchacho... ¡aguardad, no quiero decir con esto que
fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tenía más
que veintitrés años. Era tímido y estaba muy enamorado, circunstancia
que no le despejaba la mente, pero que sería una ingratitud de mi parte,
el criticarla.
Al día siguiente volvió sin su madre y trató de conversar conmigo.
--¿Sentís, señorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?
--Sí--le respondí en un tono tan brusco como el de Susana.
--¿Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...
--No.
--Sin embargo, me pareció una fiesta brillante. ¡Qué lindo vestido
llevabais! ¿Os gusta el azul?
--Puesto que lo uso...
El señor de Le Maltour tosió levemente, para darse valor.
--¿Os gustan los viajes, señorita?
--No.
-Es sorprendente. Os hubiera creído de carácter emprendedor y viajero.
--¡Qué idiotez! ¡Tengo miedo a todo!
La conversación duró un poco más en este tono.
Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor
impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se
paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y
abrevió la visita.
Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca
mía.
--Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto
para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas
por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda
tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero
quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena
lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le
Maltour almorzará con nosotros.
--Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.
--Pero no vayas a decir tonterías.
--Me inspiraré en la ciencia, tío--le contesté majestuosamente.
--¿Cómo? en...
--No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.
--No, sobrina, no se trata de...
Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y
corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en
práctica la idea que acababa de ocurrírseme.
Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la
Tartaria.
El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme
sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.
Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de
cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con
nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos
detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación
ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.
--Veremos--me decía,--si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi
querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a
pocas horas me habré deshecho de ese intruso!
Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del
que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso,
al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.
Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón
al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me
hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le
Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.
--He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan
muchísimo los viajes.
--Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante
distracción.
--¿Y vos habéis viajado?
--Sí, algo.
--¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies,
los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le
interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.
--¿Y qué es todo eso?--preguntó aturdido el barón.
--¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?
--No, jamás.
--¡No haber estado en Tartaria!--exclamé con desdén.--¿A lo menos
conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y
el diablo a cuatro?
Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer
mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la
tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios
para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba
el mayor desconcierto y Blanca exclamó:
--¿Has perdido la cabeza, Reina?
--No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por
Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba
la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos
donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que
ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su
país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me
gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran
seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las
personas, y para extirparlo se...
--Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.
--¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?--pregunté al barón.
--Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.
--Para los que no tienen sangre en las venas--respondí
despreciativamente.--Cuando me case, iré a Tartaria.
--A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.
--Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien
llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.
--¿Cómo? Comido por...--murmuró tímidamente el barón.
--Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque
según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es
la de la viudez...
El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no
resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis
caprichos _tártaros_, se fue y no volvió más.
Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con
aire sentencioso:
--Tío, quien quiere el fin pone los medios.