XIII.

Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de

que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es

poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en

práctica los consejos de mi tío.

No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde

entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré

volverme seria y adquirir un sosiego relativo.

Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión

del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que

mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era

aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía,

y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y

allegados.

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados

muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con

cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados

cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que

aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.

Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los

abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de

las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.

Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos

ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes

mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una

felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las

cabezas en veletas.

¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!

Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de

asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y

matices.

Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi

auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para

dedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la

iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos.

Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres

más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa

y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla

admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y

pillerías que hacían mi felicidad.

Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de

que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me

veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle,

coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces,

melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que

ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía

tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te

ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme

enormemente.

A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo

instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda,

pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero

nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de

Couprat.

Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una

semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado.

Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe,

alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de

personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema

psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no

tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía

y paso.

El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado

cerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente

linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui

pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y

contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos

que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía

de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la

región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy

aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas

invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat,

demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y

satisfecho que las circunstancias requerían.

Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas

de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía

agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi

tío decía:

--Si tiene el diablo en el cuerpo.

¡Sea tenido por infame el que mal piense!

Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me

invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.

Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó.

Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo

de la sala, negándome rotundamente a bailar más.

Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita,

y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas,

cuyas simpatías me había conquistado.

--Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del

baile.

--Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.

--Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la

señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.

--Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que

chocaría en otras, en ella es encantador.

--Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor

de Couprat.

--Así he oído decir.

Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis

ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las

colgaduras que me ocultaban.

Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía

velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle

que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.

Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:

--No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme

tanto?

Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran

desgracia se cernía sobre mí.

Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis

años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de

aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.

Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal

disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a

las más fugitivas impresiones.

En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón.

El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de

Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados

entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.

Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin

cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera

podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión,

observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos.

Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo

sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no

me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo

respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba

enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le

gustaban en la mujer amada.

Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de

entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:

--¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis

maravillosamente.

--¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!--exclamé

poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez,

lanzaron un gruñido furibundo.

--Creo que dormías, Reina.

--No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú

interpretabas tu maldito Beethoven.

--Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias

impresiones.

--¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias

impresiones!--respondí con voz temblona.

--¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido

anoche.

--No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y

sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un

gusto.

Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un

torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.

Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi

ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla,

cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que

pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de

amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente

desalentada.

Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles,

que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez,

sino veinte.

El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una

viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.

En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis

impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.

Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso

siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier

cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que

estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de

terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y

ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un

extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.

Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La

suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este

procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo

contenerse y respondió con una expresiva exclamación.

--¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?

--Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío--respondíle, aproximándome

al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor

fuerza mis proyectiles.

--¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!

--Os pido perdón, tío, pero no os había visto.

--¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus

chucherías?

--Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!

Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de

Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.

A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues

en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un

globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.

Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían

lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis

ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.

Mi tio y mi cura · 第 19 / 25 题