Muy pronto llegué a descubrir que muchas veces la fama de sabiduría de
que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es
poder y que con un poquito de buena voluntad me sería fácil poner en
práctica los consejos de mi tío.
No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde
entonces, ¡oh, no! eso sucedía aún, bastante a menudo, pero logré
volverme seria y adquirir un sosiego relativo.
Por otra parte, si mi tío me había reprendido había sido en previsión
del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que
mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era
aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesía,
y en las que contaba sin saberlo con gran número de parientes y
allegados.
En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote fuéronme perdonados
muchísimos pecados. Era la niña mimada de las matronas, que narraban con
cariño anécdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados
cuyos hechos y proezas debían haber sido muy notables, para que
aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.
Comprendí, con satisfacción, que para algo sirven en la vida los
abuelos, y que su égida polvorosa defiende las osadías y caprichos de
las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.
Era la niña mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos
ojos, veían brillar mi dote; la niña mimada de los bailarines, a quienes
mi coquetería divertía, y confieso en voz baja, muy baja, que sentía una
felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las
cabezas en veletas.
¡Oh, coquetería, qué encanto en cada letra de tu nombre!
Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque después de
asistir a dos o tres reuniones conocía todos sus detalles, astucias y
matices.
Quisiera ser predicador, nada más que para predicar la coquetería a mi
auditorio y rehusar la absolución a las penitentes sin talento para
dedicarse a tan encantador pasatiempo.
Con tales ideas, quizá no permanecería mucho tiempo en el seno de la
iglesia, pero en mi corta carrera, creo que haría bastantes prosélitos.
Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres
más finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.
Mientras que yo me zarandeaba y hería corazones, Blanca pasaba hermosa
y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla
admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y
pillerías que hacían mi felicidad.
Sin embargo, así que la primera efervescencia se calmó, me di cuenta de
que el señor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de mí. Me
veía bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle,
coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces,
melancólica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que
ahuyentaban la monotonía, no sólo no se me declaraba, sino que parecía
tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: «Está cierta de que te
ha tomado por una chiquilina sin consecuencia», comenzaba a preocuparme
enormemente.
A pesar de mi coquetería y mis numerosas distracciones, ni un solo
instante, decayó mi amor. La animación de mi vida impedíame, sin duda,
pensar en él constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero
nunca se me ocurrió poder hallar otro hombre más encantador que Pablo de
Couprat.
Sin embargo, en la corte que me circuía, muchos cortesanos ofrecían una
semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto había admirado.
Y muchas veces me he preguntado cómo había podido conmoverme mi héroe,
alegre y regordete, cuando mi imaginación estaba bajo la influencia de
personajes quiméricos, que tan poco se le parecían. He aquí un tema
psicológico que abandono a la meditación de los filósofos, porque yo, no
tengo tiempo para profundizarlo; señalo el hecho, saludo a la filosofía
y paso.
El 25 de Octubre, asistimos al último baile, en un castillo situado
cerca del Pavol.
Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente
linda y tuve un éxito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui
pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y
contra mi costumbre, no me gocé en el delirio que causaba mi belleza.
Aguardaba al señor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos
que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compañía
de tres o cuatro jóvenes que componían la alta sociedad a la moda de la
región. Estos jóvenes hastiados desde la más tierna edad, tenían por muy
aburrido, fatigoso e incómodo el baile; contentábanse con hacer algunas
invitaciones con dejadez e impertinencia. No así Pablo de Couprat,
demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y
satisfecho que las circunstancias requerían.
Con todo, debo decir que mi brío disipaba el tedio de aquellas víctimas
de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Sabía
agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi
tío decía:
--Si tiene el diablo en el cuerpo.
¡Sea tenido por infame el que mal piense!
Con despecho, noté que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me
invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.
Redoblé mi coquetería para atraer su atención; pero poco se le importó.
Su corazón y su mente estaban lejos de mi, y me arrinconé en un ángulo
de la sala, negándome rotundamente a bailar más.
Ocultábame casi tras unos tapices que separaban el salón de una salita,
y desde allí sorprendí la conversación de dos respetables matronas,
cuyas simpatías me había conquistado.
--Reina está muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del
baile.
--Sin embargo, Blanca de Pavol es más linda.
--Sí, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la
señorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.
--Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que
chocaría en otras, en ella es encantador.
--Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el señor
de Couprat.
--Así he oído decir.
Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis
ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las
colgaduras que me ocultaban.
Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante salón me parecía
velado por un crespón negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle
que nos fuéramos inmediatamente, sin aguardar el cotillón.
Mientras regresábamos al Pavol, yo me decía:
--No es cierto, estoy segura de que no es cierto. ¿A qué afligirme
tanto?
Con todo, me desnudé llorando y con el presentimiento de que una gran
desgracia se cernía sobre mí.
Sin embargo, como no hay nada más voluble que una cabeza de diez y seis
años, al siguiente día volviome la experanza, y clasifiqué la charla de
aquellas dos señoras de murmuraciones sin alcance.
Resolví observar cuidadosamente al señor de Couprat y me hallé en tal
disposición de espíritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a
las más fugitivas impresiones.
En la tarde de aquel día nefasto, nos encontrábamos todos en el salón.
El comandante y mi tío jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de
Beethoven, y yo, recostada en un sillón espiaba con los párpados
entornados la actitud y la fisonomía de Pablo Couprat.
Sentado junto al piano, algo atrás de Juno, escuchaba con gravedad, sin
cesar de mirarla. Aquella impresión seria no le sentaba, y hubiera
podido decirse, que estaba aburrido. Me confirmé en esta opinión,
observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos.
Entonces fue cuando me acordé de pronto, de la satisfacción que yo
sentía siempre que él tocaba sus valses y sus danzas. Comprendí que no
me gustaba la música sino el músico, y que a él le pasaba lo mismo
respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba
enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipáticas le
gustaban en la mujer amada.
Juno terminó su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de
entusiasmo, cuyo oculto motivo comprendí:
--¡Qué genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretáis
maravillosamente.
--¡Pues lo que es vos, Pablo, habéis bostezado y bien!--exclamé
poniéndome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez,
lanzaron un gruñido furibundo.
--Creo que dormías, Reina.
--No, no dormía, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras tú
interpretabas tu maldito Beethoven.
--Reina detesta tanto la música, que atribuye a los demás, sus propias
impresiones.
--¡Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias
impresiones!--respondí con voz temblona.
--¿Qué te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido
anoche.
--No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresía, y repito y
sostengo y sostendré hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un
gusto.
Después de esta salida, me escapé del salón con la tranquilidad de un
torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en él.
Me encerré en mi cuarto, y paseándome de largo a largo, renegué de mi
ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla,
cuando se hallaba en algún aprieto. Pero los coscorrones a más de que
pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de
amores degradados, y me dejé caer sobre un sofá profundamente
desalentada.
Como en otras circunstancias análogas, me acordé de frases y detalles,
que según yo me decía, debían de haberme dado luz, no digo, una vez,
sino veinte.
El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una
viva cólera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocería mi dolor.
En aquel momento fui sincera, y creí que me sería fácil disimular mis
impresiones, cuando tenía por costumbre lo contrario.
Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo más manso
siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier
cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lágrimas, tienen que
estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de
terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y
ridículas. Inmediatamente los arrojé por la ventana, sintiendo un
extraño placer al oírlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.
Tocole uno a la veneranda cabeza de mi tío que pasaba por allí. La
suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este
procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educación, no pudo
contenerse y respondió con una expresiva exclamación.
--¿En qué, demonios, te ocupas, sobrina?
--Tiro mis hombrecillos por la ventana, tío--respondíle, aproximándome
al alféizar, del que había permanecido retirada para arrojar con mayor
fuerza mis proyectiles.
--¡Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!
--Os pido perdón, tío, pero no os había visto.
--¿Que te has vuelto loca repentinamente? ¿Por qué rompes así tus
chucherías?
--Me incomodan, me aburren, me impacientan... ¡Mirad, ahí va el resto!
Envié cinco de una vez, cerré la ventana de pronto y dejé al señor de
Pavol refunfuñando contra las sobrinas y sus caprichos.
A la noche me sermoneó, pero le escuché con la mayor impasibilidad, pues
en medio de mis graves preocupaciones, aquella mísera reprimenda era un
globo de jabón que estallaba sobre mi cabeza.
Después de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacían
lastimosamente en la alameda. ¡Rotos, pulverizados! lo mismo que mis
ilusiones y mi felicidad, que creía perdidos para siempre.