Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi
primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de
un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso
porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.
De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía
al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia;
pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.
A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.
--¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?
--No señor; seis semanas, más o menos.
--¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?
--En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias
a Dios! ha muerto.
--En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423
había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.
--¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?
--Defender el monte atacado por los ingleses.
--¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!
--¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?
--¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un
bledo.
--Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?
--Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los
romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.
Y partíamos, girando.
Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de
Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras
riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba
tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque
fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo
bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no
hablaré por no escandalizar al prójimo.
Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor,
dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los
hombres y desesperé a todas las muchachas.
El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que
tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de
partir, exclamé, desde el extremo del salón:
--Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.
Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y
correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin
hacer caso de mis recriminaciones.
Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé
mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda
voz.
Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.
--¡Reina! ¿qué haces?
--¡Ya ves, bailar!
--¡Dios, mío! ¡qué niña eres!
--Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.
--Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.
Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a
los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es
una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe
hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que
una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...
--¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,--sólo son
agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen
bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la
mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...
En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.
Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí
inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío
germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis
conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los
sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un
sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre
mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.
Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:
--¿Y? ¡Empezad, pues, tío!
--Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más
respetuosa.
--Pero tío--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi
intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para
oíros mejor.
--Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.
--Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía
muchas veces que le haría morir de pesar.
--Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo
por causa de una chicuela mal educada, como tú?
--Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y
segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi
corazón.
--¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis
lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan
inconveniente?
--Especificad las acusaciones, tío.
--Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido
inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado
por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba
cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el
brazo, le pareció muy chocante.
--¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!
--Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.
--Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le
llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos
a él directamente.
--Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está
obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las
personas.
--¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de
otro delante de gente?
--Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.
--Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.
--En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece
además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.
--¡Cierto, ya lo creo!--exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a
mis compañeros.--¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte
les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...
--Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete
semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario
mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías,
y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y
desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...
--¡Al fin y al cabo!--interrumpí, satisfecha,--así es como me gustan los
sermones.
--No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.
--Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me
dijisteis: eres terriblemente linda.
--Y ¿qué hay con eso, sobrina?
--¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un
movimiento primo.
--Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo,
hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el
aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te
corresponde.
--¡La dignidad!--exclamé,--y ¿para qué?
--¿Cómo para qué?
--No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno
tiene tan poca?
--No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?
--¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La
verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y
entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los
ministros y los senadores?
Mi tío se echó a reír.
--Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los
dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te
dejaré ir más a ninguna tertulia.
--¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la
Inquisición!
--Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me
obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera
hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años,
mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!
--¿Por qué, tío?
El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.
--¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.
--Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una
selva son la misma cosa.
--En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y
reflexiona.
Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré
en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los
cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación
con la mesura.