XII.

Puedo asegurar que mi espíritu de observación no se ejercitó en mi

primer baile. Sólo me queda de esa fiesta algo así como la impresión de

un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso

porque me costaron una buena reprimenda al día siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpeábame el brazo con su abanico y me decía

al oído, que me ponía en ridículo; pero era como hablar con una tapia;

pues yo me alejaba sin oírla, revoloteando con mis compañeros.

A veces, mi caballero creía oportuno entablar conversación.

--¿No hace mucho que vivís aquí, señorita?

--No señor; seis semanas, más o menos.

--¿Y dónde vivíais antes de venir al Pavol?

--En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa tía que ¡gracias

a Dios! ha muerto.

--En todo caso, vuestro nombre señorita es de los más conocidos; en 1423

había un caballero de Lavalle que se parapetó en el monte de San Miguel.

--¿Sí? ¿Y qué hacía allí ese caballero?

--Defender el monte atacado por los ingleses.

--¿En lugar de bailar? ¡Qué tonto!

--¿Tratáis así, señorita, a vuestros abuelos y al heroísmo?

--¡Mis abuelos! ¡Nunca he pensado en ellos! y del heroísmo se me da un

bledo.

--Pero ¿qué os ha hecho el pobre heroísmo?

--Es que como los romanos eran heroicos, según parece y yo detesto a los

romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.

Y partíamos, girando.

Mi felicidad llegó a su apogeo al verme, danzando con el señor de

Couprat, en aquel salón lleno de luces, a la vista de tantas señoras

riquísimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba

tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los demás. Aunque

fuese alto y pequeñísima yo, solía acariciarme las mejillas su lindo

bigote rubio y retorcido, y sentí algunas tentaciones de las que no

hablaré por no escandalizar al prójimo.

Embriagada por la alegría y las lisonjas que zumbaban a mi derredor,

dije todas las tonterías inimaginables; pero conquisté a todos los

hombres y desesperé a todas las muchachas.

El cotillón despertó en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi tío, que

tenía todo el aire de un mártir, nos hizo señas de que era hora de

partir, exclamé, desde el extremo del salón:

--Tío, no me sacaréis de aquí, sino por la fuerza armada.

Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y

correcta, como de costumbre, se apresuró a obedecer a su padre, sin

hacer caso de mis recriminaciones.

Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tomé

mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda

voz.

Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mío, acudió semiasustada.

--¡Reina! ¿qué haces?

--¡Ya ves, bailar!

--¡Dios, mío! ¡qué niña eres!

--Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, día y noche bailaría.

--Vamos, Reina, hace frío y puedes resfriarte; acuéstate.

Arrojé mi almohada a un rincón y me metí en la cama. Blanca sentose a

los pies e improvisó una arenga. Esforzose en probarme que la calma es

una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe

hacerse a su tiempo y lugar, y que, después de todo, no le parecía que

una almohada fuese un compañero de danza muy agradable y...

--¡En cuanto a eso estoy conforme! díjele interrumpiéndola,--sólo son

agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen

bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la

mejilla al bailar ¡ah! de veras, es deli...

En esto me dormí, y no desperté hasta las tres de la tarde.

Así que estuve vestida, me mandó llamar el señor de Pavol. Acudí

inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi tío

germinaba un sermón. Al ver su aire solemne comprendí lo acertado de mis

conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los

sermones, como en las demás circunstancias de la vida, aproximé un

sillón y me arrellané en él, confortablemente; entrelacé las manos sobre

mis rodillas y cerré los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclamé:

--¿Y? ¡Empezad, pues, tío!

--Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud más

respetuosa.

--Pero tío--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi

intención faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para

oíros mejor.

--Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.

--Puede ser, tío, respondí tranquilamente, mi cura también me decía

muchas veces que le haría morir de pesar.

--Hablando francamente ¿crees que tenga ganas de que me lleve el diablo

por causa de una chicuela mal educada, como tú?

--Os diré primero, que no creo que nunca os llevará el diablo, y

segundo, que me desolaría si os perdiera, pues os quiero con todo mi

corazón.

--¡Hum!... ¡es una suerte! ¿Quieres decirme ahora porqué a pesar de mis

lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan

inconveniente?

--Especificad las acusaciones, tío.

--Sería cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido

inconveniente; parecías una loca. Entre muchas necedades, has llamado

por su nombre de pila al señor de Couprat, así que le viste; yo estaba

cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el

brazo, le pareció muy chocante.

--¡Oh, eso sí! ¡lo creo capaz de todo; parecía un ganso!

--Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.

--Pero, tío, es nuestro primo, lo vemos todos los días. Blanca y yo le

llamamos siempre Pablo cuando hablamos de él, y aun cuando nos dirigimos

a él directamente.

--Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie está

obligado a conocer el parentesco ni el grado de relación de las

personas.

--¿Así es que, según vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de

otro delante de gente?

--Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.

--Pues, eso es ni más ni menos, una hipocresía.

--En nombre del cielo, sé hipócrita, no te pido otra cosa. Parece

además, que has dicho a cinco o seis jóvenes que eran muy buenos mozos.

--¡Cierto, ya lo creo!--exclamé en un ímpetu de simpatía al recordar a

mis compañeros.--¡Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte

les había trampeado piezas y para que no se contrariaran...

--Por el momento, a quien contrarías mucho es a mi, Reina; hace siete

semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario

mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegrías,

y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y

desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...

--¡Al fin y al cabo!--interrumpí, satisfecha,--así es como me gustan los

sermones.

--No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.

--Vamos a ver, tío, razonemos: la primera vez que me visteis, me

dijisteis: eres terriblemente linda.

--Y ¿qué hay con eso, sobrina?

--¿Qué hay? Que con ello veréis, que uno no puede refrenar siempre un

movimiento primo.

--Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo,

hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el

aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te

corresponde.

--¡La dignidad!--exclamé,--y ¿para qué?

--¿Cómo para qué?

--No comprendo, tío. ¿Cómo me predicáis dignidad, cuando el gobierno

tiene tan poca?

--No veo la relación... ¿Qué nueva locura es esa?

--¿No decís tío, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La

verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y

entonces, ¿por qué los simples particulares hemos de tener más que los

ministros y los senadores?

Mi tío se echó a reír.

--Difícil es reñirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los

dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te

dejaré ir más a ninguna tertulia.

--¡Oh, si hicieseis semejante cosa, mereceríais las torturas de la

Inquisición!

--Como la Inquisición está abolida no se me torturará; pero tu me

obedecerás, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina mía adquiera

hábitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos años,

mañana la podrán hacer pasar por... ¡hum!

--¿Por qué, tío?

El señor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.

--¡Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.

--Y tal apreciación no iría muy descaminada, puesto que el Zarzal y una

selva son la misma cosa.

--En fin, sobrina, convéncete de que te he hablado seriamente; vete y

reflexiona.

Comprendí que no se podía tomar a broma este formidable reto. Me encerré

en mi cuarto donde reflexioné veintiocho minutos y medio, durante los

cuales sentí germinar en mi corazón el loable deseo de trabar relación

con la mesura.

Mi tio y mi cura · 第 18 / 25 题