Mas, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque
este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada
al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta:
«Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos
que participaros, tantas confidencias que haceros, que no sé por dónde
empezar. Figuraos que aquí es el cielo más lindo que en el Zarzal, que
los árboles son más altos, las flores más frescas, que todo es risueño,
que un tío es una feliz invención de la naturaleza, y que mi prima es
bella como una hada.
«Por más que me digáis, me riñáis y me prediquéis, mi querido cura, no
me quitaréis de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas
como Blanca de Pavol, tenía por cierto, mucho juicio. Vos mismo, señor
cura, os enamoraríais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro,
sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y
luego es alta... me hubiera gustado mucho más que fuera baja... me
hubiese consolado.
«No os hablaré de mi tío, porque sé que lo conocéis, pero me parece
desde luego que lo voy a querer mucho y él lo mismo a mí.
«Es una gran dicha tener linda cara, señor cura, mucho mayor de lo que
vos me decíais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les
contaré a mis nietecillos, que ése fue el primer descubrimiento
delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aquí a allá, hay tiempo.
«Aunque mi vida sea aquí una continua sorpresa, ya estoy, con todo,
bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo,
muchas veces lanzaría exclamaciones de asombro si no me retuviera el
miedo de quedar en ridículo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido
cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.
«Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos
de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones,
mi pobre cura; a pesar de vuestra admiración por ciertos vestidos míos,
he llegado aquí hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.
«¡Cuán agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante
las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha reído
de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. ¡Qué diría del Zarzal!
Después de una sesión de tres horas en casa de la modista, mi prima, que
es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompañada de la sirvienta
hice algunas compras. Mi tío habíame dado dinero para que lo gastara en
cosas útiles y prácticas; pero ¿querréis creer que no sé darme cuenta de
lo útil ni de lo práctico?
«Empecé por entrar a una confitería y llenarme de masas y pastelillos;
humildemente acúsome. Mi cura: tengo una gran pasión por las masas y los
pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como
provechoso (con lo que estaréis de acuerdo, porque al fin y al cabo,
tenemos obligación de alimentar este cuerpo de barro), cuando noté en
una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atravesé en seguida y
me compré cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que había
en la casa. Después de tal compra, no sólo no me quedó un céntimo, sino
que me había endeudado; pero ¿qué importa? puesto que soy rica. Mi prima
rió mucho; pero mi tío me reprendió. Pretendió hacerme comprender que la
razón debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo,
y que sin ella no se hace más que tonteras. Por ejemplo: se compra
cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias
y camisas. Escuché su discurso en actitud contrita y humillada, querido
cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carácter indómito dio a
la razón un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonomía
seca y desabrida: este personaje se parecía a mi tía de tal modo, que
incontinenti tomé ojeriza a la razón. Tal ha sido el resultado de la
elocuencia desplegada por mi tío. El caso es que tengo diseminados en mi
cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ríen y gesticulan, y que
por lo menos estoy contenta.
«Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, señor cura. ¿Cómo me
decíais que no existía sino en los libros y que no tenía nada que ver
con las jóvenes?
«¡Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayáis engañado muchas
veces como a una tonta!
«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto.
Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en
el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no
me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o
prender fuego al castillo.
«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de
ser linda, poseo un buen dote.
«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que
las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy,
pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será
codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que
lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos
que... Pero ¡chist!
«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo
el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi
corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más
no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras.
¡Dios mío, que cosa linda es la vida!
«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os
extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me
gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien
arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta
en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal.
A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada
instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os
llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.
«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé
porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese
todo está lleno de cariño.
«Os quiero con toda el alma, señor cura.--_Reina_».
Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con
beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto
alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que
veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos
sueltos y cara preocupada.
--Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott--le
dije contemplándola con admiración.
--Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,--vengo a charlar
contigo.
--Me alegro. Pero no estoy bien despierta todavía y puede que mis
ideas...
--¿Aun cuando se trate de casamiento?--prosiguió Blanca, que ya conocía
mi opinión sobre tema tan serio.
--¿De casamiento? Ya estoy despierta--exclamé, incorporándome
rápidamente.
--¿Deseas casarte, Reina?
--¡Si deseo casarme! ¡Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo más pronto
posible. Amo a los hombres, los quiero mucho más que a las mujeres,
excepto cuando las mujeres son tan lindas como tú.
--No se debe decir que se ama a los hombres--dijo Blanca con tono
severo.
--¿Por qué?
--No sé bien el por qué, pero te aseguro que el decirlo no es propio de
una niña.
--¡Tanto peor!... Yo pienso así; respondí hundiéndome en mis frazadas.
--¡Qué niña!--exclamó Blanca, mirándome con una especie de piedad que me
pareció chocante.--He venido a hablarte de papá, Reina.
--¿Qué pasa?
-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya
varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa.
Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si
siempre se opondrá a que me case.
--Pregúntaselo.
--¡Ah! ahí está el busilis--prosiguió Blanca, algo turbada;--te declaro
que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.
Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que
me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante,
Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había
colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería
jamás a intimidarme.
--A mi no me asusta nadie--exclamé, tomando mi almohada y largándola de
paseo al medio del cuarto.
Blanca me miró con asombro.
--¿Qué haces, Reina?
--¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi
almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de
proceder sacaba de quicio.
--Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre.
Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para
tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar
critica?
--Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a
mi tío y arreglo todo.
Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para
notificarle que iba a entrar en batalla.
Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya
desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo
eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al
palenque.
--¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?
--No por cierto--respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.
--¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?
--¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos
responderían: sí; los misántropos: no.
--Con todo ¿su opinión, tío?
--No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la
Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana
especie.
--Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando
criticáis el matrimonio.
--¿Ah, sí?--dijo mi tío.
--Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo
tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis
aceptar el matrimonio para todo el mundo.
--¡Caramba!--prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal
expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar!
¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?
--El matrimonio--exclamé entusiasmada,--es la más hermosa de las
instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la
persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es
encantador!
--¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?
--Porque yo... en fin, yo pienso así--exclamé dedicando a mi pasado una
sonrisa llena de misterios.
--El matrimonio entrega una víctima al verdugo--murmuró mi tío.
--¡Ah!
Juno y yo protestamos con la mayor energía.
--¿Y quién es la víctima, papá?
--¡El hombre, canarios!
--Pues, peor para los hombres--repliqué, que se defiendan. Lo que es yo,
estoy decidida a volverme verdugo.
--Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?
--A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del
matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y
yo, deseo que sea cuanto antes.
--¡Reina!--gritó mi prima estupefacta con mi audacia.
--No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves
a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.
--¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por
nadie.
--Sí, por cierto--dijo Blanca riendo,--¿a quién conoce?
Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo
de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar
tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a
resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al
escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin
embargo, logré dominarme.
--En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede
vivir sin amar.
--Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?
--Pero, de la vida, tío--le respondí tranquilamente.--Recordad las
heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.
--¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado
conferencias sobre el amor?
--¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en
cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo.
Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un
vidrio, entré por la ventana.
--¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca
del amor?
--Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que
trato.
--¡Canarios!--dijo mi tío riendo.--Sin embargo, acabas de decirnos que
no quieres a nadie.
--¡Es cierto!--repliqué rápidamente, medio turbada con mi
indiscreción.--Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la
experiencia?
--¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y
luego me parece que tú tienes buena cabeza.
--Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al
marido?
--A ningún otro--respondió sonriendo el señor de Pavol.
--Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido,
naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin
amar, concluyo, que es necesario casarse.
--Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.
--¡Oh, eso no me importa!--respondió Blanca.
--¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.
--Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso
extraordinario.
--Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?
--Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.
Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me
levanté para brincar.
--¡Entonces, no esperaré!--exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en
donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.
--¡Qué desfachatada eres, Reina!
--¡Desfachatada! ¿Así es como agradeces el que haya hecho lo que tú
misma me has pedido?
--Es que dices las cosas muy pan, pan...
--Así es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.
--Y después, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a papá.
--¡Oh, no! me dolería mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo
quiero con locura. Conque, así no cambiemos las cosas, Blanca; el que
nos ha hecho rabiar es él, atacando el matrimonio, y tú no puedes
quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que querías saber.
--¡Eso es cierto! dijo Blanca con aire soñador.
Pronto, y a sus expensas, supo el señor de Pavol, que si las mujeres
hechas no valen nada, menos valen aún las jóvenes, pues pisotean sin
pestañear las ideas de sus padres y sus tíos.