VIII.

Inmediatamente de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez

durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié

en la casa parroquial.

El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora

de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan

rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace

fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos

telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al

entierro.

Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo

repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al

Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a

C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a

recibirme allí.

Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el

otro mundo sin gran cortejo de simpatías.

Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de

tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches

de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y

en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un

hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado

en un soberbio arranque de misantropía:

--No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una

niña decente, y lo que veo me espanta.

Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de

ella para satisfacer a los manes de mi tía.

Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y

pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de

hora en hora ante la idea de nuestra separación.

El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos

instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de

reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo

contener el llanto.

El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado

triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible

acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de

diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas

mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por

su ausencia.

--Mi hijita querida--me dijo después de un largo silencio,--¿no te

olvidarás de tu viejo cura?

--Jamás, jamás--respondile con vehemencia.

--No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación,

Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una

inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da

mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los

incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.

--Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro

que me gustan mucho las fogatas.

--Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!

--Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede

darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría

sobre el fuego...

--Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?

--¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.

--Quiera Dios, que no sea así--exclamó el cura.--El agua fría, mi hijita

querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día,

ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de

agua para calmar mi emoción.

--Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy

marcado por la coquetería.

--Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,--me dijo el cura

con su bondadosa sonrisa;--pero no es bueno abusar, Reina. Por otra

parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin

contar con que tu tío te sabrá guiar bien.

--¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de

que agradaré, siendo tan linda...

--Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados

y de la vanidad.

--¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

--¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura

revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu

edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con

el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!

--¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre

que sus ideas han de andar fuera de moda.

--Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los

pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por

una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.

Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la

hora de la partida.

--Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

--Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

--Cierto es--respondió el cura, que con la preocupación perdía la

cabeza.--Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.

Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos

para mascullar algunas migas de pan y pastel.

--¡Ah!, ¡cuánto siento--exclamé, estallando en sollozos,--cuánto siento

dejaros, mi querido cura!

--No lloremos, no lloremos; es absurdo--dijo el cura, sin darse cuenta

que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

--¡Ah! señor cura--continué yo, presa de un repentino remordimiento,

¡cómo os he hecho enojar!

--No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.

--¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y

logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a

reventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía

acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el

arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía

provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y

el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de

estar juntos un poco más.

--Os escribiré todos los días, señor cura.

--No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes;

pero con toda intimidad.

--Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

--Veremos--replicó el cura con sonrisa incrédula.--Harás una vida tan

nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu

exactitud.

Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir.

Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:

--Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.

--Eso pasará, pasará--respondió con voz entrecortada.--Adiós, mi hijita

querida; no me olvides y precávete, precávete...

Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un

baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían

mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

--¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!--exclamé.

Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis

lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba

irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más

violenta agitación, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el

consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:

--Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.

Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho,

quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a

ver tan pronto al señor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi

ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la

vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.

Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la

impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el

vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana,

eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas

torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de

la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida

por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y

como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él

un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad

hacían honor al talento práctico de Susana.

Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo

que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían

para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.

Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio,

disimular cuidadosamente mis asombros.

Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me

creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos

dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la

rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.

Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y

enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo

de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:

--Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que

esperar.

Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo

cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:

--No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.

--Es también mi opinión, mi tío,--díjele bajando los ojos con modestia.

--Ah ¡esa es tu opinión!

--Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que

me ha dado el cura para vos, mi tío.

--¿Y porqué no ha venido?

--No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.

--Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero,

sobrina?

--Sí, tío; está en mi bolsillo.

--¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?

--Porque es espantoso.

--¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo?

No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago

registrar tu equipaje.

Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el

sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era

muy poco higiénico para tal producto de la industria humana.

Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.

--Ah, señorita--díjome Petrilla,--siento tanto dejaros, como sentiría si

dejase la mejor de mis vacas.

--¡Mil gracias!--repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.

Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me

temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos

furtivos y sonoros.

--¡Adiós, Juan!

--Hasta la vista señorita--dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un

modo de demostrar emoción como cualquier otro.

Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío,

completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y

por la novedad de mi posición.

Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.

Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos

gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un

aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud.

Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un

efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía

más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques

de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico.

Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un

movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen

entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto

gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la

palabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan

pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el

mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi

una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había

traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos

del cura.

--Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen

mozo?

--De ningún modo.

Mi tío hizo una ligera mueca.

--Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. ¿Y por qué estás tan pálida?

--Porque me muero de miedo, tío.

--Miedo, y ¿de qué?

--Marchamos tan rápidamente. ¡Es espantoso!

--Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilízate, no hay ningún

peligro.

--Y mi prima, tío, ¿está en el Pavol?

--Por cierto, y está muy deseosa de conocerte.

Dirigiome mi tío algunas preguntas acerca de mi tía, y de mi vida en el

Zarzal; luego tomó un diario y no abrió la boca hasta llegar a V***.

Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía

conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros

de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la

triste figura que hacían en tan elegante vehículo.

Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para

confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de

mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran

cantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje

hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

--Tío--le dije,--si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.

--Con mucho gusto, sobrina--respondió mi tío doblando inmediatamente su

diario.--Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De

qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política,

de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?

--Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres,

creo, tío, que sé tanto como vos.

--Es muy posible--replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi

aplomo.--Pues bien, elige tema.

--Decidme, tío, ¿no sois algo impío?

--¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?

--Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.

--¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.

--No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más

interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al

decir que todos los hombres eran unos herejes.

--Que, ¿le faltaba el sentido común?

--Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única

vez--respondí con calma.

El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.

--¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te

llevabas bien con la señora de Lavalle?

--Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez.

Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y

¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era

una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.

--Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me

felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a

ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada

y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy,

puesto que no eras feliz.

--¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?

--Sí, por cierto--respondió el señor de Pavol, con vivacidad.

--Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré

pronto.

--¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y

hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.

--¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?

--Sí--respondió mi tío, algo ceñudo.

--Tanto mejor--dije restregándome las manos.--Y mi prima ¿es alta?

--Alta y linda--respondió complacido el señor de Pavol,--una diosa en

carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te

convencerás de ello, pues ya llegamos.

En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al

castillo.

Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.

Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga

una gracia a un súbdito.

--¡Dios mío, qué hermosa sois!--le dije, contemplándola con sorpresa.

Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima

se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su

fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la

admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.

Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un

perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con

pestañas obscuras y bien trazadas cejas.

De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de

diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que

amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido

movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al

descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de

Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo

a rasgo a Juno; el nombre le quedó.

Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi

tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.

--¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?

--No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.

--Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho

que eras linda.

--¿Pablo de Couprat?--exclamé.

--Cierto--dijo mi tío,--me he olvidado hablarte de él. Parece que se

guareció en el Zarzal un día de tormenta.

--Bien lo recuerdo--respondí ruborizándome.

--¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?

--Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te

ha vestido así, Reina?

--Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y

estupidez--contesté con fastidio.

--Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten,

sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle.

No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en

seguida Juno te acompañará a tus habitaciones.

Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente,

y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel

Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver

cumplirse mi destino.

Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos

más que un punto imperceptible.

Mi tio y mi cura · 第 14 / 25 题