X.

El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo

de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.

Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había

usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa

admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de

exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra

el suelo.

--¿A donde vas así, sobrina?

--A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis

qué bien estoy?

--Sí, en efecto, no estás mal.

--¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?

--¡Lindísimo!--respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y

encantado con mi alegría.

--¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se

presentará muy pronto.

Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el

cuarto de Juno.

--¡Mira!--exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi

prima no podía ver más que un torbellino.

--Pero sosiégate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--¿Cuándo

serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.

--Mira, qué piececito.

--¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como

tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?

--Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.

--Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que

no habrá sido el cura.

--No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a

almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?

--Sí, el cura y dos amigos de mi padre.

Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto

apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me

presentó.

¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!

Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes

blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me

recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera

semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también

que la simpatía era recíproca.

--Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las

manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.

Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera

sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su

hijo.

Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso

vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis

fuerzas.

Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente,

que quedé cortada.

--Dadme la mano--le dije,--bien sabéis que nos conocemos.

--No me atrevía a...

--¡Qué tontería!

--¿Qué es eso, Reina?--refunfuñó mi tío.

--Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirándome con

cariño,--pero una hermosa flor.

Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber

por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento,

observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca.

¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con

aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos

francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi

tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se

había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.

No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una

parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.

Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a

éste, preguntándole:

--¿Por qué no volvisteis al Zarzal?

--No he podido disponer de mis acciones, señorita.

--¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?

--Muchísimo, os lo aseguro.

--Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?

--Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.

--¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de

ella.

--Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por

cierto,--respondió sonriendo.

--¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?

--No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus

del cariño.

--Pues es una tontería--dije secamente.

Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.

Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia

que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía

tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña

decepción pasó por mi alma sin herirla.

El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de

Octubre.

--Me alegro--respondió Juno.

--Me enseñarás a bailar--le dije saltando sobre mi silla.

--Pido que se me permita ser el profesor--exclamó Pablo de Couprat.

--Pablo es un notable bailarín--dijo el comandante,--todas las señoras

desean bailar con él.

--Y luego es tan buen mozo--añadí yo.

El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi

tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el

rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó

las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su

disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había

dicho una necedad.

Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a

encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el

modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me

habían llamado la atención.

--Reina, eres muy mal educada--decía Blanca.

--Habla así--respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi

víctima.

El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente

dignidad que no me infundía respeto.

Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima

caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba

mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:

--Es muy linda ¿verdad?

--¡Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo

estremecer.

Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y

seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las

mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más

alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del

señor de Pavol.

Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer

ante él.

--Reina, has estado ridícula.

--¿Por qué, tío?

--No se le dice a un joven, que es buen mozo.

--Pero si me parece que lo es.

--Motivo de más, para no decírselo.

--¡Cómo!--contesté yo sorprendida.--¿Entonces debía decirle que lo

hallaba feo?

--No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero

guárdala para ti.

--Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.

--No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo

que no se piensa y ocultar lo que se piensa.

--¡Qué horrible máxima!--exclamé asustada.--No la podré poner en

práctica jamás.

--Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.

--¡Y dale con la etiqueta!--respondí, marchándome de mal humor.

Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por

costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé

en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las

cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había

esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para

convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la

peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.

Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo,

pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos

consejos y con este final:

«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te

ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy

al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo,

puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y

mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte

todavía.

«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote:

desconfía de la imaginación».

Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.

Mi tio y mi cura · 第 16 / 25 题