El lunes, me levanté lo más contenta. Había soñado esa noche con Pablo
de Couprat, y me desperté lanzando un grito de alegría.
Aumentaba mi júbilo el placer de estrenar un vestido como jamás había
usado, y así que estuve ataviada, me contemplé largo rato en silenciosa
admiración. Y en seguida me eché a brincar y saltar en un acceso de
exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi tío contra
el suelo.
--¿A donde vas así, sobrina?
--A todos los cuartos, tío, para mirarme en todos los espejos. ¿No veis
qué bien estoy?
--Sí, en efecto, no estás mal.
--¿No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?
--¡Lindísimo!--respondió el señor de Pavol, besándome en las mejillas y
encantado con mi alegría.
--¡Ah! tío, ¡qué feliz soy! Opino que el caso extraordinario se
presentará muy pronto.
Tras esto seguí mi camino y me precipité como una tromba marina en el
cuarto de Juno.
--¡Mira!--exclamé, girando con tanta rapidez sobre mí misma, que mi
prima no podía ver más que un torbellino.
--Pero sosiégate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--¿Cuándo
serás medida en tus movimientos? Sí, tu traje te sienta.
--Mira, qué piececito.
--¡Ah, presuntuosa de nacimiento! ¿Quién diría que una campesina como
tú, llegaría tan pronto a tanta coquetería?
--Ya te admirarás más. Sé que la coquetería es una cualidad muy seria.
--Es la primera vez que lo oigo. ¿Quién te ha enseñado eso? Supongo que
no habrá sido el cura.
--No, no; una persona que entendía algo en la materia. ¿Vendrá a
almorzar alguien más que los de Couprat, Blanca?
--Sí, el cura y dos amigos de mi padre.
Nos instalamos en el salón en espera de nuestros invitados y pronto
apareció mi tío acompañado del comandante de Couprat, al que me
presentó.
¡Dios mío, qué aspecto tan simpático, el del comandante!
Sus ojos eran límpidos como los de un niño y sus cabellos y bigotes
blancos como nieve. Su fisonomía era tan bondadosa y benévola, que me
recordó la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera
semejanza. Inmediatamente me sentí atraída hacia él y comprendí también
que la simpatía era recíproca.
--Una parientita, de quien ya he oído hablarme dijo, tomándome las
manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.
Me dejé besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera
sido mucho mejor que en tan delicada operación le hubiese reemplazado su
hijo.
Por fin entró... De buena gana habría dado todo mi dote y mi hermoso
vestido a más, por el derecho de correr a él y abrazarle con todas mis
fuerzas.
Dio un apretón de manos a mi prima, y me saludó tan ceremoniosamente,
que quedé cortada.
--Dadme la mano--le dije,--bien sabéis que nos conocemos.
--No me atrevía a...
--¡Qué tontería!
--¿Qué es eso, Reina?--refunfuñó mi tío.
--Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirándome con
cariño,--pero una hermosa flor.
Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que sentía sin saber
por qué, y permanecí por algún tiempo silenciosa y quieta en mi asiento,
observando al señor de Couprat que conversaba risueñamente con Blanca.
¡Ah, cómo me gustaba! Cómo me latía el corazón mientras lo veía reír con
aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos
francos con los que había soñado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi
tía, mi cura, Susana, el jardín húmedo de lluvia, y el cerezo a que se
había trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.
No tardé en tomar parte en la conversación, y ya había recobrado una
parte de mi buena alegría cuando pasamos al comedor.
Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirigí inmediatamente a
éste, preguntándole:
--¿Por qué no volvisteis al Zarzal?
--No he podido disponer de mis acciones, señorita.
--¿Y habéis, por lo menos, deseado ir?
--Muchísimo, os lo aseguro.
--Y entonces ¿por qué no me disteis la mano al entrar?
--Es que según la etiqueta la iniciativa os correspondía, señorita.
--¡Ah! ¿la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de
ella.
--Estábamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por
cierto,--respondió sonriendo.
--¿A caso la sociedad prohíbe que seamos amables?
--No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los ímpetus
del cariño.
--Pues es una tontería--dije secamente.
Pero su explicación me satisfizo y recobré todos mis bríos.
Sin embargo, conversando con él, noté que no daba la misma importancia
que yo a las palabras que me había dicho en el Zarzal. Pero me sentía
tan feliz, viéndole y habiéndole, que en aquel momento, esta pequeña
decepción pasó por mi alma sin herirla.
El señor de Couprat nos hizo saber que habría varios bailes en el mes de
Octubre.
--Me alegro--respondió Juno.
--Me enseñarás a bailar--le dije saltando sobre mi silla.
--Pido que se me permita ser el profesor--exclamó Pablo de Couprat.
--Pablo es un notable bailarín--dijo el comandante,--todas las señoras
desean bailar con él.
--Y luego es tan buen mozo--añadí yo.
El comandante y su hijo echáronse a reír; el cura y los dos amigos de mi
tío me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el
rostro de mi tío tomó una expresión de descontento y mi prima levantó
las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su
disgusto; movimiento tan lleno de desdén, que estuve por creer que había
dicho una necedad.
Después del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Había vuelto a
encontrar mi alegría y hablaba sin cesar, divertiéndome en imitar el
modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me
habían llamado la atención.
--Reina, eres muy mal educada--decía Blanca.
--Habla así--respondí, apretándome la nariz para imitar la voz de mi
víctima.
El señor de Couprat reía, pero Juno se envolvía en una imponente
dignidad que no me infundía respeto.
Llego un momento en que me hallé junto a él, mientras que mi prima
caminaba delante de nosotros con aire distraído. Noté que él la miraba
mucho, y le interrogué con la mayor inocencia de corazón:
--Es muy linda ¿verdad?
--¡Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo
estremecer.
Un presentimiento y una duda atravesaron mi espíritu; pero a los diez y
seis años, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las
mariposas que revolotean en torno de nosotros, así es que estuve lo más
alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del
señor de Pavol.
Así que se fueron, retirose mi tío a su gabinete y me hizo comparecer
ante él.
--Reina, has estado ridícula.
--¿Por qué, tío?
--No se le dice a un joven, que es buen mozo.
--Pero si me parece que lo es.
--Motivo de más, para no decírselo.
--¡Cómo!--contesté yo sorprendida.--¿Entonces debía decirle que lo
hallaba feo?
--No debías de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinión, pero
guárdala para ti.
--Sin embargo, mi tío, lo más natural es decir lo que se piensa.
--No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo
que no se piensa y ocultar lo que se piensa.
--¡Qué horrible máxima!--exclamé asustada.--No la podré poner en
práctica jamás.
--Ya llegarás a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.
--¡Y dale con la etiqueta!--respondí, marchándome de mal humor.
Por la noche cuando me puse a soñar en la ventana como tenía por
costumbre, una inquietud indefinible y oculta turbó mis ensueños. Pensé
en aquel día, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las
cosas no habían pasado según mis deseos. ¿Qué era lo que yo había
esperado? Lo ignoraba, pero me espeté yo misma un discurso para
convencerme de que el señor de Couprat estaba enamorado de mi, y la
peroración dio término con un enternecimiento de mal augurio.
Al día siguiente, mis inquietudes habían desaparecido a pesar de todo,
pero por la tarde recibí una larga misiva de mi cura, llena de buenos
consejos y con este final:
«Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te
ruego que no te canses de escribirme. No sé que hacerme sin ti, y no voy
al Zarzal, de miedo de llorar como un niño. Me reprocho mi egoísmo,
puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es débil, y
mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte
todavía.
«Adiós, querida y buena hijita mía, terminaré esta carta diciéndote:
desconfía de la imaginación».
Y esta frase, produjo una impresión desagradable en mi ánimo agitado.