Después de la partida del señor de Couprat viví varios días en una
especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba
múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues
fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar
una cantidad de sensaciones.
Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y
mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar
absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el
alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora
semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un
dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la
bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de
hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o
frívolos.
Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos
sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y
contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía,
de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que
había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si
hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.
Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones
hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma
por tan diversas fases?
Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación
a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan
vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar
directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me
habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no
olvidar jamás.
Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de
reposo, y a poco recaía en poder de ellas.
Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar
ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi
hacerse la luz sobre un importante punto.
Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora
del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.
Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no
dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente
correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había
parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su
corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi
lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por
consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.
Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy
bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la
simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por
Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo
quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras
que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de
Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos
misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni
sombra de mal.
--Un cura--pensaba yo,--debe tener sobre el amor ideas erróneas y
extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin
embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y
tengo que saberlo.
Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones
a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este
escabroso asunto.
El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en
una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para
no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación
de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme
por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos
los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.
Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún
tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se
afanaba en explicarme mis problemas.
--Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y
aquí, dados 2/5 multiplicados por...
--Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay
sobre la tierra?
--No, Reina, ¿qué cosa?
--El amor, señor cura.
--¿De qué estáis hablando hija mía?--exclamó inquieto el buen anciano.
--¡Oh! de algo que conozco perfectamente--respondí, sacudiendo la cabeza
con aire de suficiencia.--Lo que no me explicó es por qué no me habéis
hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.
--He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas
que son puramente imaginarias.
--¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que
se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!
--Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar
de él.
--¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!
--Desgraciado de mi--exclamó el cura,--que tengo que habérmelas con
semejante cabeza.
--No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo,
desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.
--El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha
tomado por una chiquilina sin importancia.
--Nada de eso--repliqué ofendida,--nada de eso, puesto que me ha besado
la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?
--Vamos a ver--respondió el cura que estaba como sobre espinas.
--Pues estuve a punto de saltarle al cuello.
--¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.
--Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no
se me hubiera ocurrido eso.
--¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.
--¡Oh! porque...
Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de
reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar
una actitud que fuera conveniente.
--Mi buen cura--le dije con voz insinuante,--si fueseis tan amable
como...
--¿Qué más, Reina?
--Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me
andan por la mente.
Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una
gran resolución.
--Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente
de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con
divagaciones.
--Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso
mucho en el amor porque...
--¿Por qué?
--No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo
hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con
todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se
trata del señor de Couprat?
--¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?
--Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi
mano, mientras que si fuerais vos...
--Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas
nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.
--¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que
llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata,
es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo,
y luego un cura no se puede casar nunca.
--Sí, sí--respondió maquinalmente el cura.
--Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?
--Sin duda alguna, sin duda.
--Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres
amen a varias mujeres.
--Yo no sé eso--repúsome fastidiado el cura.
--Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra
mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y
era casado.
--Francisco I era un perdido--exclamó el cura exasperado,--y ese
Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.
--Cada cual tiene su carácter--respondíle,--y no sé por qué se les haría
un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora
de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he
descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de
amar, como yo no...
--¿Qué, Reina?
--Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los
perdidos, porque Buckingham es lo más interesante...
--Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de
hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.
--¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay
tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño--continué como
soñando.--Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra
indignación?
--Basta, Reina--dijo el cura fuera de sí.--Tienes un modo de formular
las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay
temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque
eres demasiado joven.
Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus
pasos y le grité desde la puerta:
--¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo
más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!
En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle
fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial,
para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al
que hacía los honores con tantos bríos como apetito.
--Señor cura--le dije en tono relativamente humilde,--¿estáis enojado?
--Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.
--Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.
--Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.
--¡Oh! que no comprendo...--exclamé yo, estallando inmediatamente,--en
cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra
sostendré que...
--¡Bah!--exclamó desalentado el cura,--ya has faltado a tu promesa de
hace un momento.
--Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de
todo esto.
--Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.
Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.
Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no
volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una
irritabilidad de mal augurio.
Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis
esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una
sombría tristeza.
Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le
echó de casa.
Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente
conversación:
--Señora--dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.
--¿Sobre?
--La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a
su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de
algunas novelas. Le hace falta distracción.
--¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover:
estoy enferma.
--Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario
escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa
durante algún tiempo.
--¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no
querría volver aquí.
--Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que
nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad
hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea
muchas cosas de las que no tiene la menor idea.
--No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.
--Pero, señora--replicó el cura que se acaloraba,--os repito, que es
urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho,
estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.
--Poco me importa eso--repuso mi tía, que era incapaz de comprender las
razones del cura.
--Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es
exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a
Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas
no es más que una niñería.
--¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!--pensé yo.--Tratar de
niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al
señor de Couprat.
--Señor cura--contestó mi tía, con su voz más áspera,--ocupaos de lo que
os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.
--Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir
que sufra--replicó el cura con una entonación que no le conocía.
Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor
distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la
ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le
repito que es preciso escribir al señor de Pavol.
--Esto es demasiado--exclamó mi tía, furiosa;--¿no soy yo el ama en mi
casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.
--Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si
no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de
ver constantemente a mi Reinita.
El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.
--¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a
ser de nosotros, si no nos vemos más?
--Qué ¿has oído la discusión, hijita?
--Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué...
--Vamos, vamos, Reina, un poco de calma--prosiguió el cura que estaba
tembloroso y encendido.--Esta misma noche escribiré a tu tío.
--Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a
buscarme en seguida.
--Esperémoslo--respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y
con tristeza.
Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol
esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas
semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después,
la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi
existencia.