VI.

Era un domingo.

Los domingos asistíamos regularmente a la misa cantada, que era el único

oficio de la mañana, pues el cura no tenía teniente. Mi tía entraba

primero en nuestro banco blasonado; seguíala yo, Susana luego y Petrilla

cerraba la marcha.

Nuestra iglesia era vieja y pobre.

El primitivo color de las paredes desaparecía bajo una especie de moho

verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba

formado por una cantidad de baches y montículos que invitaban a los

fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio

santificado, para subir más pronto al cielo; el altar estaba adornado

con figuras de ángeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se

las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa,

admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirándolos, que a

ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sería

absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen

mi carácter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente

perfumada, y con su frescura y belleza parecía protestar del mal gusto

del hombre.

Poseíamos un harmonium, del que vibraban sólo tres notas; a veces el

número crecía hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba

según la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien

rugía durante dos horas con una convicción tan ingenua y profunda de que

poseía una hermosa voz, que era imposible criticarle.

El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio,

de modo, que desde mi asiento no se veía más que la cabeza y el busto

del cura que parecía estar en penitencia. Los monaguillos se hacían

mueca detrás de él sin que se le ocurriera sospecharlo.

Después del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como

que las cosas pasaban en familia, y después de tropezar en algunos

pozos, llegaba al púlpito.

Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la

superficie del globo, ninguno que no haya soñado, una vez por lo menos,

en el curso de su existencia.

Sea de elevada o ínfima posición, no puede el hombre vivir sin deseos, y

el cura sufriendo la ley común, había soñado durante treinta años de su

vida la posesión de un púlpito.

Desgraciadamente, era muy pobre, éranlo igualmente sus feligreses y mi

tía que era la única que le hubiera podido ayudar, no respondía a sus

tímidas insinuaciones; a más de ser sórdidamente avara cuando se trataba

de dar, no profesaba la menor consideración por los antojos de su

prójimo.

A fuerza de economías, encontrose al fin el cura con doscientos francos

en su poder. Y entonces resolvió realizar su sueño del modo que pudiera.

Una mañana le vi llegar fuera de sí.

--Mi Reinita, ven, ven conmigo--exclamó.

--¿A dónde, señor cura?

--A la iglesia; ven pronto.

--Pero a estas horas no hay misa.

--Ya lo sé; pero quiero que veas algo espléndido.

Tenía un aspecto tan radiante, su dulce fisonomía respiraba tal

contento, que todavía me río al recordarlo, y su júbilo es para mi uno

de los mejores recuerdos de aquel tiempo.

No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabábase de

colocar el púlpito, y el cura, en éxtasis ante él, me dijo en baja voz:

--¡Mira Reinita, mira! ¿No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un

púlpito. No tiene aspecto muy sólido, pero sin embargo es bastante

bueno. He realizado el sueño de mi vida. Nunca se debe desesperar de

nada, hijita, nunca.

Mirábalo yo, un tanto desconcertada, porque no podía negarme que mi

imaginación me había representado un púlpito, como algo de grande y

monumental. Y lo que yo tenía a la vista era una especie de caja de

madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que,

hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaños para

entrar en ella. Pero un púlpito sin escalera no se ha visto nunca; así

es que para salvaguardar el honor se había logrado colocar dos gradas,

de quince centímetros de alto cada una.

--Mira, Reina, mira qué buen efecto produce--decíame el cura.--Cuando

tenga un poco de plata, le haré dar una mano de pintura, o más bien, lo

pintaré yo mismo; eso me divertirá y será más económico. La verdad es

que pudiera ser un poco más alto, pero bueno es no tener demasiada

ambición.

Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiración, alrededor del

púlpito. Y no se hubiese sentido más feliz aunque sus tableros hubieran

sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel Ángel.

A él no se le ocurría que la realidad como siempre ¡ay! no se parecía al

ensueño; no se empeñaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su

felicidad sin preocupación alguna.

--Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una

espléndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo

declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo más de lo que había

supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer

alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios

mío, haremos abstracción de él; he ahí todo.

¡Oh, sí! su alegría es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel

tiempo.

Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la

esplendidez que lo hacía el cura con los reflejos de su buen natural, y

de su espíritu algo infantil.

--¡Si es que parece exactamente un púlpito!--decía riendo y

restregándose las manos.

Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero oculté mi decepción, y me

extasié lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa

de la forma irregular de la iglesia, hallábase colocado en un hueco, de

tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del

auditorio no veían más que un brazo y un mechón de cabellos blancos que

se agitaban con elocuencia, según las diversas fases del discurso.

Sentíase tan contento el cura al decir: «Voy a subir al púlpito» que

tuvimos que resignarnos a tener sermón todos los domingos.

No bien abría la boca, tomaban las feligreses una postura cómoda para

echar un sueñecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar

alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se

preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por

una tía y el aburrimiento de los sermones.

No sé por qué le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero

un día que se había dejado arrastrar por el calor de la improvisación,

le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se

propuso no abordar más tales asuntos delante de mí. En adelante

contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros

vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.

Durante una hora nos ponía a la vista la gran iniquidad en que estábamos

sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se hacía completamente

lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos

hacía palpar los suplicios que merecían las almas manchadas por el

pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos

horribles ideas, emergía poco a poco de las regiones infernales,

permanecía algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba

tranquilamente en el cielo, y descendía del púlpito, con el paso

triunfal de un conquistador que acaba de cortar algún nudo gordiano.

El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que

gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que

se bañaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con

sus flores retóricas.

Era, pues, un domingo. Hacía un calor asfixiante y volviendo a casa,

Susana nos dijo:

--Tendremos tormenta antes de que concluya el día.

Esta profecía me agradó; una tormenta era un feliz incidente en mi vida

monótona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los

relámpagos, aunque solía temblar de pies a cabeza cuando los estallidos

se sucedían con mucha rapidez.

Durante la primera parte de la tarde, erré como alma en pena, por el

jardín y el bosquecillo. Me moría de aburrimiento y pensaba con

melancolía, en que nunca me pasaría ninguna aventura, y en que estaba

condenada a vivir perpetuamente al lado de mi tía.

Cuando volví a casa, a eso de las cuatro, subí al corredor del primer

piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con

los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y

nos traían la tormenta anunciada por Susana.

Preguntábame de dónde venían y lo que habían visto en su curso, lo que

me, podrían contar, a mi que no sabía nada de la vida y del mundo, a mi

que ansiaba ver y conocer. Se habían formado tras aquel horizonte que yo

nunca había franqueado y que me escondía misterios, esplendores (a lo

menos, así creía yo), alegrías y goces sobre los que meditaba en

silencio.

Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un

rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo

alrededor del talle.

Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:

--¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.

Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse

en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una

estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.

Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar

entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al

sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a

quien hablar.

Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura

enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado

de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal

aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y

observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.

De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la

escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista

de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar

golpes de puño contra la puerta.

Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese

instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no

demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus

gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para

guarecerse en el Zarzal.

En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y

no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.

Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos

produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo

nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba

por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes

facultades y hace estúpidos a los hombres superiores.

Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos,

latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que

estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero

contento.

--Señor cura--exclamó yo, corriendo hacia él,--hay un hombre en el

salón.

--¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.

--No, no señor cura, es un verdadero hombre.

--¿Cómo, un verdadero hombre?

--Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien

vestido. Entremos pronto.

Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi

tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía

agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía

estar tan a sus anchas como en su propia casa.

Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más

hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y

expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes

de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una

risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba

alegría y amor a la vida.

Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos

presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como

para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el

nombre de Pablo de Couprat.

--¡De Couprat!--exclamó el cura;--¿sois tal vez hijo del excelente

comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?

--Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?

--Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente

hombre!

--Sé que mi padre es querido por todo el mundo--respondió el señor de

Couprat, con el rostro más radiante que nunca.--Y el comprobarlo es

siempre para mi una nueva dicha.

--Pero--continuó el cura,--¿no sois pariente del señor de Pavol?

--Exactamente: primo en tercer grado.

--Pues he aquí a su sobrina--dijo el cura presentándome.

A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de

Couprat expresaba alguna admiración.

--Me felicito de conocer tan encantadora prima--díjome con aplomo y

tendiéndome la mano.

Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi

mano entre la suya sin la menor turbación.

--No primo, exactamente--dijo el cura narigueando su rapé con

júbilo;--el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era

una señorita de Lavalle.

--No importa--exclamó el señor de Couprat,--no renuncio a nuestro

parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían

matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.

Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre

nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión,

que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha

pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello

más que un recuerdo vago y casi desvanecido.

Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela

que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo

héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre,

tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en

una cualidad trascendental.

Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis

imaginarios héroes.

A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados,

radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo

adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.

Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia,

y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a

compartir nuestra mesa.

Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un

desenfado que me encantó.

Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.

--Susana--dije entrando con agitación en la cocina,--el señor de Couprat

come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?

--¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!--refunfuñó Susana;--hay lo que hay y nada

más.

--Has dicho una gran verdad, Susana; pero contéstame. ¿Un capón será

bastante?

--No es un capón, señorita, es un pavo; mire usted.

Y Susana, con un sensible ímpetu de orgullo, abrió el asador y me hizo

admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla,

pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantábase de trecho en

trecho, probando así la delicadeza y blandura de la carne que cubría, y

ofrecía a mis ojos un satisfactorio espectáculo.

--¡Bravo!--dije yo.--Pero Susana ¿habrá resultado bien la cuajada? ¿Hay

mucha? Y, mira, ¡sazona bien la ensalada!

--Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, señorita. Por otra parte

ese señor no es ni un príncipe ni un emperador, según pienso. Es un

hombre como otro cualquiera y se conformará con lo que le den.

--Susana, ¡un hombre como otro cualquiera!--exclamé indignada.--Entonces

¿no lo has visto?

--Ya lo creo que lo he visto, señorita, y hasta puedo afirmar que lo he

oído. ¿Acaso le es permitido a ningún cristiano aporrear de ese modo la

puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de él si queréis, que

a mí...

Abrí la boca para contestarle agriamente, pero contúvome la prudencia,

pues pensé que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de

chamuscar el pavo.

Poco tiempo después pasamos al comedor, y no pude menos que echar una

mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caían en jirones.

¡Y luego Susana tenía un modo tan original de tender la mesa! Tres

saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los

cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras

otra, mientras que el único botellón del agua hallábase colocado de tal

modo que cada comensal tenía seguramente que dislocarse para alcanzarlo,

puesto que la mesa era enormemente ancha.

Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la convicción de que el

fantástico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetría.

Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben

tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de

adaptarse al medio en que se hallaba.

Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar,

felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la

aparición del pavo.

--Es preciso convenir, señor cura--dijo,--que la vida es una dulce

invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.

--No hablemos mal de los filósofos--respondió el cura,--suelen tener

algo bueno.

--Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si

fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los

filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que

así pudieran devorarse mejor.

--¿Quién es Heráclito?--preguntó mi tía.

--Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse

¡Dios mío! una cosa más ridícula?

Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...

--Tal vez--insinué yo,--viviera con varias tías, y eso le habría agriado

el carácter.

El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una

carcajada.

El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que

trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.

--La historia, primita, no dice nada al respecto.

--En todo caso--continué yo,--libraos de atacar a los antiguos; el señor

cura os arrancaría los ojos.

--¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos

un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.

--Permitid--dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a

sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi

opinión,--permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos

actos heroicos que...

--¡Ilusiones, ilusiones!--interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos

pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con

increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos

más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!

Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.

Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable

velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos

con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.

--Ya os había prevenido--nos dijo riendo,--que tenía una hambre de

caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.

--¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!--exclamó mi tía que tenía la

habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no

debía decirse.

--Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora--respondió

con toda seriedad mi nuevo primo.

--¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.

--Parece que sois completamente feliz--le dijo el cura restregándose las

manos.

--¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente,

veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?

--Algunas veces--respondió sonriendo el cura.

--¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces,

porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe

es la tontera humana.

--Pues he ahí una desgracia.

--Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de

deducir que se le deba imitar.

--Os gustan las paradojas ¿verdad?

--No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa

de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo

suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que

descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y

pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un

defecto: el de acabarse tan pronto.

El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía

miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que

había contado para banquetear durante algunos días.

Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y

metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:

--He hecho café; ¿lo traigo?

--Quién te ha mandado...--comenzó mi tía.

--Sí, sí--dije interrumpiéndola con vehemencia,--traelo en seguida.

Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no

compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la

volvimos a ver en la sala.

--Tenéis una excelente cocinera, prima mía,--dijo Pablo de Couprat,

paladeando su café.

--Sí, pero tan rezongona...

--Eso no es más que un detalle...

--¿Y qué os parece mi tía?--le pregunté en tono confidencial.

--Pero... bastante majestuosa--respondió de Couprat, algo en aprieto.

--¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?

--¡Reina!--murmuró el cura.

--Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo

quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas

cualidades de mi tía.

--Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base

de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido

común.

--¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!

--¡En cuánto a eso respondo de ello!--exclamó riendo,--y no tendríamos

necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo

mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.

--No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por

las mujeres una acentuada antipatía.

--¿De veras?--preguntó riendo,--¿conocéis los gustos de Francisco I?

Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una

expresiva guiñada, como diciéndole:

--No os asustéis; ya comprendo.

Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para

interpretar su oculta significación.

--A propósito de tío--dije luego--¿conocéis mucho al señor de Pavol?

--Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.

--¿Y qué tal es su hija?

--Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro

años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.

--¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!--exclamé.--Nos veríamos con

frecuencia.

--¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais

más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción

de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas,

no sé que tenga el más mínimo vicio.

--Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto

las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una

mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.

--Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.

--Os lo perdono--le dije con vivacidad.--Según eso, ¿me halláis linda?

Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era

preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión

neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el

principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi

pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso

de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no

sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.

--¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos

ojos ni boca más bonita.

--¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi

tía.

--Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó

para ella la edad de la coquetería.

--La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser

coqueta?

--Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el

buen sentido de la palabra.

--Vos no me habéis enseñado eso, señor cura--exclamé.

El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de

las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba

su café, que le sabía a amargura.

--El señor de Couprat se burla de ti.

--¿Es cierto eso, primo?

--De ninguna manera--respondió Pablo, que parecía que se divertía

grandemente.--Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no

es una mujer.

--Pues entonces trataré de serlo.

--Señorita de Lavalle--dijo el cura levantándose,--pasemos al salón.

--¡Bah!--pensé,--ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada

malo.

La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo

a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso,

seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que

su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.

Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los

pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos;

sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis

pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.

¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!

De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó

caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y

de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis

hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto

nada más lindo.

--Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera--me decía

yo,--¿cómo es posible ser tan tonta?

Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos.

Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente

nuestra conversación.

Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba

en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta,

no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase

terciar entre nosotros.

¡Qué velada tan agradable!

Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta

el patio.

Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose

a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:

--Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.

--¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?

--Seguramente, y dentro de poco, según espero.

Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana

tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un

placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia

de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme

a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del

cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente

dragón regordete y bondadoso.

Mi tio y mi cura · 第 12 / 25 题