Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí
continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.
Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C***
Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y
fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba
más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba
más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones
traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de
carromato, que en el lugar llamaban _maringola_. Aparecía mi tía de
tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro
negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta
desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor
o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento
la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin
llevar sobre sí el cuero de algún animal.
Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas
de su origen.
Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía
un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del
individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.
Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo,
colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su
lado.
Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.
--¡No hagas travesuras--decía mi tía,--y cuidadito con ir a la huerta!
--¡No me revuelva la cocina!--gritaba Susana,--y para almorzar,
conténtese con la ternera fiambre.
El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto
que quería decir:
--Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.
Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos
sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como
árganas.
Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás
maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave
ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para
desalentarme por tan poco.
Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la
biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla
sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí
un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los
pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura
aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.
Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al
otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.
Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había
sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja
escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer
el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres
infructuosas experiencias di con lo que buscaba.
Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la
fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de
mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en
frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi
cuarto, como si hubiera sido un tesoro, _La linda joven de Perth_.
En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un
arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos
sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la
impresión que me hizo la lectura de _La linda joven de Perth_.
Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se
saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más
bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un
modo ideal la obra de su corazón y de su mente.
El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba
conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi
inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me
entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y
de movimiento.
Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con
nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.
Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo
me había pasado aquel accidente.
--¿Accidente?--exclamé sorprendida.
--Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.
--La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera--observó mi
tía.
--Sí, a una escalera--respondí,--es verdad.
--¡Pobrecita!--exclamó el cura desolado,--y ¿caíste de boca?
Yo hice una inclinación afirmativa.
--¿Y te has puesto árnica, hijita?
--¡Bah, no vale la pena!--prosiguió mi tía;--comed vuestra sopa, señor
cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.
El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó
furtivamente.
Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba
en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien
me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor
preámbulo estallé en sollozos.
--¡Dios mío!--exclamó el cura levantándose rápidamente.--¡Querida
Reinita, mi buena hijita!
--No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.
Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante
orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por
ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó
en consolarme.
--No es nada, mi bueno y querido cura--díjele yo enjugando mis lágrimas
y echándome a reír.--Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y
luego, debo estar horrorosa.
--Como de costumbre--dijo mi tía.
El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi
explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me
aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda
diligencia.
Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto
que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de
fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que
era inútil tratar de analizarlo.
Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter
Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías
reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si
han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi
inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.
Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me
olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los
personajes que excitaban mi imaginación.
Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien
había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de
historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los
que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y
cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en
confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy
Robsart.
--¿Qué has estudiado hoy?--preguntábame al llegar.
--Nada.
--¿Cómo nada?
--Me fastidia el estudio--decía yo con tono cansado.
El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los
espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera
dirigido a un piel roja.
Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba,
desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.
Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de
herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era
fea.
Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más
confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con
las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan
lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para
ser amada.
El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con
desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido
de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para
lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.
Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de
no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la
cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que
nunca, producía el efecto de un penacho.
Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca
de mi:
--Volveré con la llave.
Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir
mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.
Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y
las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar
de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que
había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.
Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el
origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en
usarla.
Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal
disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo
inventaba.
Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su
insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me
preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en
su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.
--¡Qué fea está usted hoy, Reina!
Yo salté en la silla.
--Aquí tiene--le dije pasándole el salero.
--No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.
Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue
mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo
el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.
--No soy de su opinión--le repuse secamente,--me encuentro muy linda.
--¡Qué disparate!--exclamó mi tía.--¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto
de la estufa!
--Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre
malogrado--repliquele.
Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba
bromas al respecto.
--He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos
nos llamaban unas diosas.
--¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?
--Mucho; éramos mellizas.
--¡Qué desgraciado sería su marido!--dije yo con tono convencido.
Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.
--Al fin y al cabo--proseguí con calma,--usted tiene naturalmente el
gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...
Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un
plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba
todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente
de toda su maldad para conmigo.
--¡Es usted una serpiente!--exclamó con voz estrangulada.
--No lo creo, mi tía.
--¡Una serpiente!
--Ya lo ha dicho,--respondí tranquilamente.
--¡Una serpiente cobijada en mi seno!--repitió mi tía, que estaba
demasiado colérica para hacer gastos de imaginación.
Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría
hallarme en semejante situación.
--Permitidme--proseguí,--he estudiado ese animal en mi historia natural,
y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de
nadie.
Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis
lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me
pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:
--¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!
Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas
partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes;
en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia
ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de
una parva de heno.
Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad
es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría
amarme así? Pero me consolaba leyendo _Peveril del Pic_. Era esta una de
mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa
de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.
Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque
le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se
escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.
--¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!
Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al
ver al cura de pie, delante de mí.
Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan
consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus
diamantes trocados en avellanas.
Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.
--¡Oh, Reina!...--comenzó.
--Mi querido cura--exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi
corazón,--¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!
--Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.
Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy
limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar
de asunto.
--Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.
--¿Desgraciada, Reina?
--¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es
cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.
¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus
sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de
verdad.
--¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?
--Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los
tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el
alma.
El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy
distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y
miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin
despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de
pecado.
--Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se
desvanecen.
--Entretanto, esas cosas existen--repliqué, coincidiendo, en el
pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de
Francia.
--Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de
Lavalle.
--¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?
--Pero... sí--respondió el cura, con aire lastimoso.
--¿Muy bonita?
--Pero... sí--respondió en el mismo tono el cura.
--¡Ah, qué contenta estoy!--exclamé saltando.--¡Cómo os quiero, señor
cura!
--Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te
has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído
libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.
--¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla
muy bien de él.
Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo,
radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino
que escuchaba con interés lo que le refería.
En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto,
le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.
--Bien--me dijo,--te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo
lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer
más travesuras.
Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto
para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la
misma opinión.
Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue
desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en
el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no
conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en
el corazón o en la imaginación de las jóvenes.