Declarada estaba la guerra y desde entonces pasé todo mi tiempo en
luchar con la señora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atrevía a
abrir la boca delante de mi tía, excepción hecha de las veces en que el
cura se hallaba como tercero entre nosotros; me imponía silencio antes
de que hubiese concluido mi frase.
Declaro que este proceder érame penoso en extremo, pues soy charlatana
por naturaleza. Resarcíame algo con el cura, pero esto era absolutamente
insuficiente; tan es así que tomé la costumbre de hablar en alta voz
conmigo misma. Y muy a menudo acaecía, que me plantara delante del
espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.
¡Oh, fiel amigo! ¡mi querido espejo! ¡amable confidente de mis
pensamientos íntimos!
No sé si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia
enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no
especifico el sexo de este talento, estando convencidísima de que los
individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus
cualidades externas.
Si escribiera una obra filosófica, desarrollaría este tema: «De la
influencia del espejo sobre el corazón y la inteligencia del hombre».
No niego que tal vez fuera mi tratado único en su especie, y que de
ninguna manera se asemejaría a la filosofía en que Kant, Fichte,
Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran
felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto más intenso,
cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correría
tras las obras de estos señores; sería claro, explícito, práctico con un
tantico de causticidad, y sería preciso poseer en alto grado el gusto
por la contradicción para no convenir que estas cualidades no son la
distintiva de las mencionadas filosofías. Mas no hallando
suficientemente madura mi inteligencia para tamaña obra, conténtome con
profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en él
todos los días por espíritu de gratitud.
Bien sé, que ante tal declaración, algunos de esos caracteres montaraces
y bruscos que todo lo ven negro, insinuarán que la coquetería entra por
mucho en la simpatía que siento por mi espejo. ¡Dios mío! nadie es
perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que
no es muy seguro, confesaréis que el interés personal, por no decir algo
peor, ocupa el primer puesto en la mayoría de vuestros sentimientos.
Pero volviendo a mi asunto, diré que, habiendo roto completamente con
mis antiguos terrores, no traté ya de moderar mi locuacidad delante de
mi tía. No pasó día en que no tuviéramos a la hora de la comida
discusiones que amenazaban degenerar en tempestades.
Aunque no conociese yo su origen todavía, no tardé en descubrir que era
ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando
apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte,
jamás titubeaba yo en dar la calificación de históricas a ideas sacadas
de mi propia mente. Desgraciadamente, érame imposible luchar contra su
experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de
tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran más que pillos, unos
agentes de Satanás, me moría de rabia porque no podía contestarle nada.
Que tenía bastante buen sentido para comprender que los personajes con
quienes vivía, no podían darme más que una imperfectísima idea del
género humano, en las circunstancias comunes de la vida.
Todos los domingos comía el cura en casa. Y sin duda tenía sus motivos
secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creación
(exceptuando sus héroes antiguos cuyas audacias no podía temer), pues no
oponía sino debilísimas protestas a las afirmaciones de mi tía.
La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un
capón, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.
El cura, que en su casa comía bastante mal y cuyo paladar sabía apreciar
el arte de Susana, llegaba restregándose las manos y proclamando su
apetito.
Pronto nos sentábamos a la mesa, y el principio de la conversación era
no menos invariable que la lista de la comida.
--Hace buen tiempo--adelantaba mi tía, cuya frase, si llovía, no se
modificaba sino en el adjetivo.
--¡Espléndido!--respondía alegremente el cura,--da gusto caminar con un
sol tan hermoso.
Si hubiera llovido, nevado, helado o caído granizo, piedras o azufre,
del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfacción explayándose
sobre lo agradable de un cuarto herméticamente cerrado o ya elogiando el
encanto de un buen fuego.
--Pero no hace calor--continuaba mi tía,--y ¡es sorprendente! en mi
tiempo, por Pascua, ¡ya nos vestíamos de blanco!
--¿Os sentaban los trajes blancos?--preguntábale yo rápidamente.
Mi tía que no dejaba de prever alguna impertinencia, me dirigía una
mirada preventiva antes de responder:
--Sí, por cierto; bastante.
--¡Oh!--exclamaba yo, con un tono que no permitía ninguna duda a cerca
de mi íntima convicción.
--Y en mi tiempo--continuaba,--las niñas no hablaban sino cuando se les
dirigía la palabra.
--Entonces ¿usted no hablaba cuando joven, tía?
--Cuando me hacían alguna pregunta y nada más.
--¿Y todas las niñas se os asemejaban, tía?
--Sí, por cierto, sobrina.
--¡Qué época horrible!--suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.
Mirábame el cura con aire de reproche, y la señora de Lavalle paseaba
sus miradas sobre los diversos objetos que yacían sobre el mantel,
evidentemente con la tentación de tirarme con alguno a la cabeza.
Llegada la conversación a este punto... agudo, decaía de pronto, hasta
el momento en que los acerbos sentimientos de mi tía, regolfados por los
esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una máquina sometida
a excesiva presión. Su furia se desbordaba sobre la creación entera.
Hombres, mujeres, niños, todo caía. De los míseros hombres no quedaba,
al final de la comida, más que una horrible mezcla, no ya de carnes y
huesos machacados, sino de monstruos de toda especie.
--Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,--decía en el idioma
armonioso y elegante que le era peculiar.
El cura que estaba en la desoladora convicción de no ser una mujer,
bajaba la cabeza y parecía lleno de contrición.
--¡Herejes, bandidos!--proseguía mirándome con un aire terrible, como si
yo hubiese pertenecido a la especie en cuestión.
--¡Hum!--hacía el cura.
--¡No piensan más que en gozar y en comer!--continuaba mi tía, que se
acordaba de la miseria que le había legado su marido.--¡Agentes del
diablo!
--¡Hum, hum!--proseguía el cura, moviendo la cabeza.
--¡Señor cura!--exclamaba yo impaciente--¡hum, hum! no es un argumento
muy convincente.
--Permitidme, permitidme--contestaba el buen hombre, perturbado en el
saboreo de su comida;--creo que la señora de Lavalle va más allá de su
idea al emplear esta expresión: agentes del diablo; pero también es
cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran
confianza.
--Entonces vos sois como Francisco I, ¿preferís las mujeres?--decía yo
con mi airecito cándido.
--¡Voto a bríos!--exclamaba mi tía, que había substituido algunas
palabras demasiado enérgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que
le parecía muy aristocrática--¡voto a bríos! ¡cállate, necia!
Pero el cura le hacía una seña misteriosa y la excelente señora se
mordía los labios.
--¿Y vuestros héroes, señor cura? ¿Y vuestros griegos? ¿Y vuestros
romanos?
--¡Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!--replicaba el
cura convencido de que decía una gran verdad.
--¿Y los curas?--continuaba yo.
--Los curas están fuera de combate--respondíame con bondadosa sonrisa.
Esta clase de conversación, sembrada de sobreentendidos, gozaba del
privilegio de exasperarme enormemente. Tenía conciencia de que un mundo
de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardaría en descubrir, me
estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi tía sobre la humanidad fuese
absolutamente justo, y comprendía que ignoraba muchas cosas, y que
corría el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.
Una mañana, meditando sobre esta lamentable situación, ocurrióseme la
idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los
días: Juan el quintero, Petrilla y Susana.
Como esta última había vivido en C***, decidí que sus apreciaciones
debían de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la
dejé para postre.
Arropándome en una capucha, tomé mis zuecos y me dirigí hacia la quinta,
situada a un kilómetro de la casa.
Chapuzando, chapoteando y enterrándome, llegué hasta donde estaba Juan
que limpiaba su arado.
--¡Buen día, Juan!
--¡Buen día, señorita!--contestó Juan, quitando su bonete de lana, lo
que permitió a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta
era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban
sometidos a presión, se entregaban a ese pequeño ejercicio.
--Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante--díjele,
haciendo hincapié sobre el adverbio para despertar su inteligencia que
yo sabía dispuesta a andar a la briba, así que se la interrogaba.
--Mande usted, señorita.
--Dice mi tía, que todos los hombres son unos bandidos, ¿qué piensa
usted a este respecto, Juan?
--¡Unos bandidos!--repitió Juan, que agrandó los ojos como si percibiera
un monstruo delante de sí.
--Sí, pero es la opinión de mi tía, y quiero tener la de usted.
--¡Caramba! sí, con todo, bien podría ser.
--Pero eso no es una opinión, Juan. Vamos a ver, ¿cree usted sí o no,
que los hombres sean generalmente unos bandidos?
Juan apoyó la punta de su nariz sobre el índice de su mano derecha, lo
que es signo seguro de profunda meditación.
Después de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y
decisiva:
--Óigame señorita, le diré a usted: puede ser que sea así, y puede ser
que no.
--¡Cernícalo!--díjele indignada al contemplar tal fenómeno de estupidez.
Abrió los ojos, abrió la boca, abrió las manos, y hubiera abierto toda
su persona, si hubiese podido, para expresar más su asombro.
Volví al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan
y de mí misma.
--¡Petrilla, ven!--grité.
Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechería, acudió
inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos
y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, según su
costumbre.
--¿Cuál es tu opinión acerca de los hombres?--pregunele de pronto.
--Acerca de los hom...
Y Petrilla, de manzana se volvió amapola, dejó caer sus ortigas, tomó
una punta de su delantal, levantó la pierna izquierda y quedó posada
sobre la derecha mirándome de un modo embobado.
--¿Y? ¡Responde! ¿Qué piensas de los hombres?
--Señorita, usted sin duda quiere jugar.
--No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.
--¡Caramba! señorita--respondiome Petrilla, parándose de nuevo sobre sus
piernas,--si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo más
desagradables.
Este modo de examinar la cuestión, me dio que pensar.
--No hablo de lo físico--proseguí yo, alzando los hombros,--sino de lo
moral.
--Yo los encuentro muy simpáticos, por cierto--respondió Petrilla,
brillándole los ojos.
--¡Cómo! ¿no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?
Petrilla se echó a reír a carcajadas.
--Vea señorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...
Aquí se interrumpió para darse un gran coscorrón en la cabeza. Torció su
delantal, bajó los ojos, y me pareció que estaba por tomar las de
Villadiego.
--¿Y después? ¡Termina!
--Seguramente, señorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.
Y dirigiéndome la más hermosa de sus reverencias, desapareció en las
profundidades de su lechería con cuya puerta me dio en la nariz.
--¿Por qué diría disparates?... Vamos; no tengo más que recurrir a
Susana; lo que falta es que no quiera hablar.
Entré a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla
funcionar activamente.
Me pareció que estaba en uno de sus malos días, y pensé que sería
conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi
pregunta.
--¡Qué lindas y brillantes están tus cacerolas!--díjele con amabilidad.
--Se hace lo que se puede--refunfuñó Susana,--y a quien no le guste, que
se queje.
--Mira, Susana, tú que haces tan bien el guiso de pollo, ¿quieres
enseñarme a hacerlo?
--Eso no os incumbe, señorita; quedaos en vuestros departamentos y
dejadme tranquila en mi cocina.
No surtiendo ningún efecto mis medios de corrupción, enderecé el fuego
hacia otro punto.
--¿Sabes una cosa, Susana? ¿Sabes que debes haber sido muy linda en tu
juventud? En tanto--pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su
marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.
Había tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonreírme.
--Todos tenemos nuestra primavera, señorita.
--Susana--proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura para
llegar más rápidamente a mi objeto,--tengo ganas de hacerte una
pregunta...
--¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?--añadí
pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre
ambos sexos.
Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y me
respondió con una convicción contundente:
--Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.
--¡Oh!--protesté yo, ¿estás segura de ello?
--Tan cierto, como que os lo digo, señorita.
Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por
tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran
representado a los bípedos, blanco de su antipatía.
Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado por
Susana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y que
a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor
del cero.