No bien nos instalamos en nuestra mesa al día siguiente, el cura y yo,
abriose con estrépito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia
en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.
--¿Qué hay? ¿Fuego?--interrogó mi tía.
--No, señora; pero a buen seguro que está el diablo en casa. La vaca ha
ido a dar al cebadal que crecía tan hermoso y lo arrasa todo y yo no
puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en
la huerta.
--¡En la huerta!--exclamó mi tía que se levantó lanzándome una colérica
mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto
de sus únicos amores.
--¡Mis lindos capones!--gruñó Susana, que juzgó oportuno aparecer y unir
su nota sombría a la nota chillona de su ama.
--¡Ah, piel de Judas!--gritó mi tía.
Y se precipitó detrás de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un
golpazo.
--Señor cura--dije yo inmediatamente,--¿creéis que en el universo entero
haya otra mujer tan abominable como mi tía?
--¿Qué es eso, qué es eso, mi hijita? ¿Qué quiere decir eso?
--¿Sabéis lo que ha hecho ayer, señor cura? ¡Me ha pegado!
--¡Pegado!--repitió el cura con aire incrédulo, tan imposible le parecía
que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan
delicado como mi persona.
--¡Sí, pegado! Y si no me creéis, os voy a mostrar las marcas.
Y ya empecé a desprenderme la bata. El cura me miró con aire espantado.
--Es inútil, es inútil, basta con que me lo digas, te creo--exclamó
precipitadamente, con el rostro carmesí y bajando púdicamente los ojos
hacia las puntas de sus zapatos.
--¡Pegarme el día de mi santo, el día en que cumplía diez y seis
años!--y continué yo abrochando mi bata.--¿Sabéis que la detesto?
Y con el puño cerrado golpeé sobre la mesa, lo que me dolió bastante.
--Veamos, veamos, mi buena hijita--díjome conmovido el cura,--cálmate y
cuéntame lo que tú le hiciste.
--Nada. En cuanto os fuisteis, me apellidó desfachatada y se lanzó sobre
mi como una furia. ¡Ah, qué odiosa!
--Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.
--¡Sí, está fresca!--exclamé empujando hacia atrás mi silla y poniéndome
a pasear a grandes pasos por la sala; ¡no la perdonaré jamás, jamás!
Levantose también el cura y comenzó a caminar en contra mía, de manera
que continuamos la conversación cruzándonos continuamente, como el Ogro
y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una
de las botas de siete leguas.
--Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta
humillación con espíritu de penitencia, por tus pecados.
--¡Mis pecados!--repliqué, deteniéndome y alzando levemente los
hombros,--bien sabéis vos, señor cura, que son tan pequeños, tan
pequeños, que no vale la pena hablar de ellos.
--¡De veras!--dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.--Entonces,
ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor
de Dios.
--¡Oh, no, a fe mía!--le repliqué decididamente.--Quiero amar a Dios,
pero creo que Él me ama lo bastante para no estar contento al verme
desgraciada.
--¡Qué cabeza!--exclamó el cura.--¡Bonita educación la mía!
--En fin--continué yo, emprendiendo la marcha nuevamente,--quiero
vengarme, y me vengaré.
--Reina, eso está muy mal. Cállate y escúchame.
--La venganza es el placer de los dioses,--proseguí yo, dando un salto
para cazar un moscardón que revoloteaba sobre mi cabeza.
--Vamos, hijita, hablemos con seriedad.
--Pero si yo hablo seriamente--respondí, deteniéndome delante de un
espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animación me
sentaba.--Ya veréis, señor cura, empuñaré un sable y degollaré a mi tía
como Judith a Holofernes.
--¡Esta chica está hidrófoba!--exclamó desolado el cura.--Estese un
momento quieta, señorita, y no diga disparates.
--Convenido, señor cura; pero entonces declarad que Judith no valía ni
un céntimo.
Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada
de rapé en sus fosas nasales.
--Permíteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se
coloque.
--¡Qué poco lógico sois! Halláis espléndida la acción de Judith porque
libertó a unos cuantos ruines israelitas, que no valían seguramente lo
que yo, y que no os debían interesar, puesto que hace tanto tiempo que
están muertos y enterrados... ¿y os parece mal que haga lo mismo por mi
propia libertad? ¡Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!--añadí,
girando varias veces sobre mis talones.
--Veo que tienes buena opinión de ti--respondió el cura, que hacía
esfuerzos por tomar severo aspecto.
--¡Ah, excelente!
--Bueno, y ahora; ¿quieres o no quieres escucharme?
--Estoy cierta--continué yo, siguiendo mi idea,--de que Holofernes era
infinitamente más simpático que mi tía, y de que me hubiera entendido
con él perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impediría
imitar a Judith.
--¡Reina!--exclamó el cura, golpeando el suelo con el pie.
--No os enojéis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no mataré a
mi tía, tengo otro medio de vengarme.
--Cuéntame eso--dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejándose caer
sobre un canapé.
Yo me senté a su lado.
--Bueno. ¿Habéis oído hablar de mi tío de Pavol?
--Sí, por cierto. Vive cerca de V***
--Muy bien. ¿Cómo se llama su propiedad?
--El Pavol.
--Entonces, escribiendo a mi tío al castillo de Pavol, cerca de V***
¿llegaría la carta?
--Sin duda.
--Pues bien, señor cura; he hallado mi venganza. ¿No sabéis que si mi
tía no me quiere, quiere en cambio muchísimo a mis pesos?
--Pero, hija mía ¿de dónde has sacado semejante cosa?--díjome
escandalizado el cura.
--Se lo he oído decir a ella misma; así es que estoy segura de lo que
afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al señor de Pavol,
y le pida que me lleve a su casa. La amenazaré con escribirle a mi tío,
y no estoy muy lejos--continué después de un instante de reflexión,--de
hacerlo el día menos pensado.
--¡Bah! siquiera eso es una cosa inocente--dijo sonriendo el buen cura.
--¡Veis, veis: vos mismo me aprobáis!--exclamé batiendo palmas.
--Sí, hasta cierto punto, hija mía, porque es evidente que no se te debe
pegar; pero te prohíbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas
sino en caso de legítima defensa, y recuerda que si tu tía tiene
defectos, tú en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.
Yo hice una mueca petulante.
--No os prometo nada... o más bien, mirad, hablando con franqueza, os
prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabáis de decirme.
--¡Esto es una verdadera insubordinación!... Reina, concluiré por
enfadarme.
--Es más que una insubordinación--repliqué gravemente,--es una
revolución.
--¡Me va a hacer perder la paciencia y la vida!--murmuró el
cura.--Señorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi
autoridad.
--Escuchad--proseguí con zalamería,--os quiero con todo mi corazón, aun
más; sois la única persona que quiero en el mundo.
La faz del cura se dilató radiante.
--Pero detesto, execro a mi tía; mis ideas no cambiarán a ese respecto.
Tengo mucho más talento que ella...
Aquí, el cura, cuyo rostro se había nublado, me interrumpió con una
mordaz exclamación.
--No protestéis--proseguí yo, mirándole de soslayo,--bien sabéis que
sois de mí misma opinión.
--¡Qué educación, qué educación!--murmuró el cura con tono lastimero.
--Señor cura, tranquilizaos, mi salvación no peligra; tarde o temprano
nos encontraremos en el cielo. Continúo: teniendo, pues, mucho más
talento que mi tía, me ha de ser fácil atormentarla de palabra. Anoche
me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a
las estrellas por testigo.
--Hija mía--díjome con seriedad el cura,--no me quieres oír, y te
arrepentirás.
--¡Bah, lo veremos!... Ahí viene mi tía; está furiosa, porque soy yo
quien soltó la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con
vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte;
tengo marcas negras en los hombros.
Entró mi tía como un huracán, y el cura completamente estupefacto, no
tuvo tiempo para contestarme.
--Ven acá, Reina--gritó ella, con la faz amoratada por la ira y la
desordenada carrera que había tenido que dar en pos de los conejos.
Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de
inteligencia a mi aliado.
--Os dejo con el cura.
Felizmente la ventana estaba abierta.
Salté sobre una silla, trepé al alféizar y me deslicé hacia el jardín,
con gran pasmo de mi tía, que se había plantado en la puerta para
cortarme la retirada.
Declaro que fingí escaparme, pero que en realidad me quedé escondida
detrás de un laurel y que caí en un acceso de júbilo sin igual, oyendo
los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi tía.
Y a la tarde, durante la comida, ostentó el benigno aspecto de un perro
a quien se le arrebata un hueso.
Reñía a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegábale al gato,
arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y
por último, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tomó una
botella y la tiró por la ventana.
Inmediatamente tomé yo un plato de arroz, del que aun no se había
servido y lo lancé detrás de la botella.
--¡Ah miserable pilla!--vociferó mi tía, lanzándose sobre mí.
--No se me acerque--le dije retrocediendo;--si me llega a tocar, esta
noche misma escribo a mi tío de Pavol.
--¡Ah!...--dijo mi tía, quedando petrificada y con el brazo extendido.
--Si no es esta noche--proseguí,--será mañana o pasado, porque no quiero
que se me pegue.
--Tu tío no te creerá--gritó mi tía.
--¡Ya lo creo que sí! Los dedos de usted han dejado huella en mis
hombros. Sé que es muy bueno y me iré con él.
No tenía por cierto ninguna noción a cerca del carácter de mi tío,
puesto que sólo contaba seis años cuando lo vi por primera y última
vez. Pero me pareció que debía hacerle creer que sabía mucho a su
respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.
Y salí majestuosamente, dejando a mi tía desahogándose entre los brazos
de Susana.